Eutanasia, falsa compasión
A favor de la eliminación de personas por causas crecientes están circulando argumentos absolutamente ilegítimos.

Una escena de 'Arsénico por compasión', comedia de Frank Capra en la cual Cary Grant se enfrenta al argumento eutanásico que hoy muchos aducen en serio.
Una de las grandes comedias clásicas de humor negro, estadounidense, es la película Arsénico por compasión [Arsenic and old lace], dirigida magistralmente por Frank Capra en 1944. La película presenta a un carismático Cary Grant en el papel del periodista Mortimer Brewster, cuya vida da un giro inesperado cuando visita a sus entrañables y, aparentemente encantadoras e inocentes tías. Ahí Mortimer descubre, con horror, que las ancianas, movidas por su peculiar idea de la “compasión”, se dedican a “ayudar” a los hombres solitarios a morir sin sufrimiento. Su método, tan “dulce” como inquietante, consiste en ofrecerles vino de bayas aderezado con arsénico, estricnina y “una pizca de cianuro”. A partir de esto, Mortimer intentará, frenéticamente, poner fin a tan terrorífica y criminal situación. Ante la cual solo encuentra una explicación, que expresa con desesperación en una de las frases más memorables de la película: “¡La locura corre libre por mi familia, prácticamente galopa!”.
Quién nos iba a decir que, unas cuantas décadas más tarde, la locura de favorecer la muerte, que antiguamente helaba la sangre, sería promovida por nuestros “estados de bienestar” bajo el engañoso nombre de “muerte digna”. Así, en nombre de la compasión y del respeto irrestricto a la “sacrosanta autonomía”, se propicia que las personas más vulnerables acaben con su vida, bajo ciertas condiciones y circunstancias cada vez más amplias. Pues en algunos lugares se puede solicitar la eutanasia debido a enfermedades graves o incurables con sufrimientos físicos o psíquicos constantes; enfermedades crónicas incapacitantes y dolorosas; y hasta por comorbilidades múltiples (eufemismo de los achaques propios de la vejez).
Esto ha llegado a tal grado que, hace poco, en Canadá, a un hombre le concedieron la eutanasia debido a su ceguera. Por otro lado, en Holanda se está discutiendo la conveniencia de introducir en la legislación sobre la eutanasia a personas mayores que, en ausencia de enfermedades graves, opten por la “muerte digna” debido a que han tenido una "vida completa" o a que simplemente estén “cansados de vivir”. Además, la eutanasia no es un “derecho” exclusivo de los adultos mayores, por lo que varios jóvenes la solicitan.
Asimismo, tanto en Holanda como en Bélgica el derecho a la “muerte digna” se extiende aún a los menores, quienes pueden pedir la eutanasia bajo ciertas circunstancias. De ahí que, en los países en los cuales se legaliza la eutanasia, se produzca rápidamente un aumento exponencial de las personas que la solicitan.
La eutanasia y el suicidio asistido se fomenta como un acto noble y valiente que acorta el sufrimiento, evita la dependencia y permite “despedirse” de esta vida en el momento y de la manera que uno elige. Pero, en realidad, la legalización de la eutanasia y/o el suicidio asistido pone prácticamente nuestra propia vida y la de nuestros seres más amados en manos de un estado materialista y despiadado. Por lo que, en cualquier momento, éste puede aumentar la presión (a través del personal médico, de la sociedad y hasta de los propios hijos) para que los enfermos, los ancianos, los discapacitados y todo aquel que el “sistema” decida que “sobra” acepten adelantar su cita con la muerte.
Bien lo advirtió Chesterton:
- “La propuesta para acabar con la vida de aquellos que resultan una carga para sí mismos pronto se aplica a aquellos que resultan una carga para los demás. Dado que, por hipótesis, se aplica a una persona casi moribunda o parcialmente paralizada, la decisión recaerá, presumiblemente, en las otras personas”.
Nuestro mundo padece de una obsesión por la juventud, la salud y el vigor. De ahí que se procure, a costa de regímenes y ejercicio, arreglo y vestuario, tratamientos cosméticos y hasta cirugías, tratar de conservar lo más posible la tan preciada lozanía y vitalidad.
Esto ha traído como consecuencia un rechazo generalizado por la enfermedad, la discapacidad y la senectud, condiciones que nos recuerdan nuestra gran vulnerabilidad. Ya que nuestra sociedad, al rechazar la existencia del alma, ha acabado por despreciar el cuerpo y, al apartar a Dios de la sociedad, está destruyendo al hombre mismo. Si en otras épocas los hombres tenían el valor de morir defendiendo a Dios, a su patria y/o a su familia, actualmente, se desdeña la vida a tal grado que muchos han perdido el valor de vivir. De ahí el aumento de abortos, suicidios, suicidios asistidos y eutanasias.
Dice Chesterton que:
- “El suicidio no sólo es un pecado, es el pecado. Es el mal supremo y absoluto, la negativa a interesarse por la existencia; la negativa a prestar juramento de fidelidad a la vida. El hombre que mata a un hombre, mata a un hombre. Pero el hombre que se mata a sí mismo mata a todos los hombres; en lo que a él respecta, acaba con el mundo”.
De ahí que, el suicidio asistido, elevado a derecho amparado por la ley, sea aún más dañino y destructor que el suicidio porque hace partícipes a otros de la propia angustia y, parafraseando a Chesterton, desea el aniquilamiento general. Es innoble porque carece de toda liga con el ser y espiritualmente destruye el universo.
Nuestra sociedad, al rechazar el sentido trascendente y salvífico del dolor, ha desarrollado un verdadero horror por la dependencia, la vulnerabilidad y el sufrimiento. Por ello promueve el que ancianos, enfermos y discapacitados, a los cuales de antemano ha condenado al hastío y a la desesperanza, decidan acabar con su vida, olvidando que ésta solo pertenece a Dios.
Asimismo, se olvida que, especialmente ante circunstancias difíciles, el paciente requiere medicamentos y tratamientos, sin duda fundamentales. Pero, sobre todo, necesita el consuelo y el auxilio espiritual que lo ayuden a fortalecer su fe en Dios y su esperanza. Pues ante el sufrimiento, la fragilidad o la incapacidad el hombre no solo no pierde su dignidad, sino que tiene la oportunidad de crecer y santificarse.
Por ello tenemos que recordar que para el cristiano no hay lugar para la desesperanza, pues el mayor de los sufrimientos, la peor de las injusticias, la más dolorosa y devastadora de las enfermedades, tienen un gran poder salvífico si unimos nuestra cruz a la de Cristo.
Que el amor y la misericordia de Cristo (quien afirmó: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”: Jn 11, 25-26) alumbre nuestros más oscuros días y mantenga siempre viva nuestra esperanza.