Religión en Libertad

El efecto Noelia: advertencias sobre una civilización (y II)

La tentación de señalar a otros —al Estado, a los legisladores, a determinados actores sociales— puede convertirse en una forma de evasión.

Noelia finalmente murió por un suicidio asistido en Cataluña.

Noelia finalmente murió por un suicidio asistido en Cataluña.ReL

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Más allá de leyes y responsabilidades externas, una llamada a examinar la raíz cultural y espiritual del problema, interpelando especialmente a los católicos sobre su propia coherencia y su responsabilidad en la configuración de la sociedad.

Y, sin embargo, no basta con identificar el diagnóstico ni con repartir responsabilidades. La tentación de señalar a otros —al Estado, a los legisladores, a determinados actores sociales— puede convertirse en una forma de evasión. Existe una responsabilidad más profunda, que es compartida: la de haber contribuido, por acción u omisión, a la configuración de un clima moral en el que estas prácticas no solo son posibles, sino socialmente aceptadas. No bastan las reacciones emocionales, tan intensas como efímeras, ante el sufrimiento concreto cuando nos toca de cerca. Sin una revisión más honda de nuestras convicciones y de nuestra conducta, tales reacciones resultan, en último término, estériles.

Todo ello remite, necesariamente, al origen. La dignidad intrínseca del ser humano no es una construcción cultural ni el resultado de un consenso social: hunde sus raíces en el Creador, que es Amor. Cuando esta referencia se diluye, se desvanece también el sentido del misterio de la vida y de la trascendencia. La existencia humana queda entonces expuesta a ser medida, valorada y finalmente dispuesta según criterios ajenos a su propia dignidad.

Alterar la percepción de la realidad

Conviene recordar, además, un aspecto decisivo: las leyes no suelen ser tanto el producto arbitrario de la voluntad de unos pocos como la expresión jurídica de un sentir social previamente configurado. Sin negar la influencia del legislador ni de determinadas corrientes ideológicas, el factor determinante reside en la transformación de las conciencias. Primero se altera la percepción de la realidad; después, esa alteración se positiviza en normas que consolidan prácticas ya asumidas.

¿Y los católicos?

¿Qué cabe esperar, en este contexto, de nosotros, los católicos, llamados a ser testigos de la vida y de la verdad, si nuestra presencia en la vida social apenas deja huella? Más allá de la denuncia, se impone una pregunta más exigente: hasta qué punto hemos terminado por asumir, en lo más profundo, la misma cultura de la muerte que decimos rechazar, repitiendo con los labios lo que desmentimos con la vida. 

No basta señalar con el dedo las faltas ajenas —siempre que no nos incomoden—; es necesario mirarse con verdad, reconocer las propias incoherencias y preguntarse qué hacemos, cada día, para contribuir a una auténtica cultura de la vida, que pasa necesariamente por mostrar el origen de su dignidad.

La cuestión, en definitiva, ya no puede plantearse únicamente en términos de leyes o decisiones públicas. Afecta directamente a nuestra propia coherencia: a si vivimos realmente aquello que creemos o si, por el contrario, hemos permitido que el espíritu de nuestro tiempo configure también nuestra conciencia. Solo desde esa verdad —exigente, incómoda, pero liberadora— podrá comenzar una verdadera reconstrucción moral.

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