Pascua en tiempos de guerra: la esperanza no ha muerto
Unas reflexiones que parten de las cartas del diablo a su sobrino ideadas por C. S. Lewis y llegan a la doctrina social de la Iglesia.

El gran símbolo de la Pascua, el Cordero de Dios, en los jardines del Oratorio de San José en Montreal (Canadá).
¡Todo indica que la esperanza sigue viva! Parece que los misiles aún no han logrado alcanzarla… acaso porque no sea detectable en sus radares. Es cierto que se contabilizan numerosísimas víctimas; pero nadie ha podido certificar su defunción. Los expertos en estrategia militar han perfeccionado hasta límites insospechados el arte de destruir; pero incluso la misma inteligencia artificial se muestra impotente para acabar con la esperanza que anida en el corazón humano.
Uno de los libros que más huella dejó en mi corazón en mis años jóvenes fue Cartas del diablo a su sobrino, escrito por C. S. Lewis durante la Segunda Guerra Mundial. En él, un diablo anciano, llamado Escrutopo, dirige cartas a su inexperto sobrino, Orugario, explicándole cuáles son las estrategias más eficaces para tentar a los humanos. La obra recoge 31 cartas que vieron la luz semanalmente en el diario The Manchester Guardian, algunas de ellas coincidiendo con los bombardeos de Londres por parte de Hitler.
Inevitablemente, el tema de la guerra se infiltraba en estas cartas, aunque fuese de forma somera: ¿es la guerra un escenario propicio para alcanzar el objetivo último de los demonios, apartar a los hombres de Dios?
Por una parte, todo parece indicar que así es: Dios ama la vida y nos dio el mandamiento del amor fraterno: "Esto os mando: que os améis unos a otros como yo os he amado" (Jn 15, 12). El diablo, por el contrario, odia la creación de Dios, disfruta de su destrucción y se regocija en el odio y la violencia, que son lo más antagónico al mandato de Cristo.
Sin embargo, en estas mismas cartas, Escrutopo comparte con su sobrino una preocupación nacida de su larga experiencia diabólica ("más sabe el diablo por viejo que por diablo", como dice el refrán): aunque resulte sorprendente, con frecuencia las guerras generan seres humanos menos mundanos e incluso más solidarios. Muchos se vuelcan en ayudar a sus vecinos y a cuantos sufren; y, lo que es peor para el demonio, en medio del peligro elevan su mirada al cielo y suplican la ayuda divina. De este modo, los bombardeos terminan siendo, paradójicamente, un escenario en el que muchas almas se acercan a Dios ("en las trincheras no hay ateos", como también se dice). El diablo anciano, Escrutopo, ama la guerra por lo que tiene de desprecio a la vida y al amor; pero, en realidad, estima como más ventajoso para él un escenario en el que los ciudadanos tengan una vida suficientemente prolongada como para llegar a mundanizarse bajo el influjo de la frivolidad y el materialismo.
Pues bien, ¿por qué traigo a colación estas reflexiones de la obra de C. S. Lewis? Porque el influjo espiritual de las guerras contemporáneas sigue siendo ambivalente a día de hoy: es cierto que no son pocos los que están atrapados por el odio -basta asomarse a las redes sociales-, pero no es menos cierto que el rumbo de los acontecimientos está conduciendo a otros muchos a abrir sus corazones a la esperanza. En medio del desconcierto, cada vez más personas comienzan a percibir que el posicionamiento de la Doctrina Social de la Iglesia católica contra la guerra constituye una luz en medio de las ideologías polarizadas y del sinsentido. La esperanza cristiana brilla con más intensidad ante nuestros ojos cuanto más densa es la oscuridad. Y este es el caso de los tiempos de guerra.
Sabemos que nuestra esperanza cristiana está fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Ahora bien, no es una esperanza que nos remita únicamente al más allá: es una esperanza performativa, es decir, una esperanza que transforma el presente desde la certeza del futuro. En contraste con tantos discursos marcados por la lógica del poder -ya provengan de líderes políticos, religiosos fundamentalistas o ideológicos-, la Doctrina Social Católica se presenta como un signo coherente y convincente de la luz que brota del Resucitado.
Concluyo como he comenzado: a pesar de tantos escombros de guerra, hay una buena nueva: la esperanza cristiana no ha quedado sepultada bajo ellos. Jesús vuelve a salir victorioso del sepulcro, porque es la mano de Dios la que corre la piedra con la que estaba sellado.
¡Feliz Pascua de Resurrección! Que este tiempo pascual nos disponga a acoger la fuerza del Espíritu Santo en Pentecostés.