Religión en Libertad

Los androides de «Blade Runner» que soñaron con ser hijos de Dios

La célebre película plantea una dicotomía de extraordinaria actualidad filosófica.

El rostro de Rutger Hauer (izquierda) y Harrison Ford durante uno de los discursos más célebres del cine moderno, en 'Blade Runner' (1982) de Ridley Scott.

El rostro de Rutger Hauer (izquierda) y Harrison Ford durante uno de los discursos más célebres del cine moderno, en 'Blade Runner' (1982) de Ridley Scott.

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La hondura teológica y existencial de una obra como Blade Runner tiene poco parangón en la ciencia ficción. La obra de Ridley Scott es fiel reflejo de la confrontación contemporánea entre la tecnociencia y la teología. Una confrontación filosófica que en Blade Runner se resuelve indefectiblemente en favor de la teología

Los avances científicos, lejos de satisfacer a los personajes de la historia contada, suponen los grilletes a los que han sido angustiosamente encadenados. Los androides producto de la bioingeniería son el hijo pródigo de la ciencia tecnológica, a pesar de lo cual para ellos no hay cielo prometido: todas sus rutilantes vivencias "se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia". 

Su portentosa fulguración híbrida entre lo humano y lo mecánico estaba condenada a desaparecer en la melancolía de la noche de los tiempos. Conscientes de su condición, los androides se alzan contra su destino, mientras los presuntamente humanos descienden a los dominios de la inventiva transformista más aberrante. La paradoja es que los humanos poseídos por el cientificismo se comportan con un maquinismo inercial; sin actitud crítica ni lugar para la compasión. Son los androides los que empiezan a discernir como humanos, emergiendo en ellos un sentido de la moral, del arraigo y de la trascendencia.

¿Acaso el distintivo humano en la actualidad no tiende a la robotización? ¿Acaso el hombre de hoy no tiende a acabar siendo una réplica sistémica y rebañesca del orden establecido a golpes del progreso que tiene en la tecnología a su gurú? Blade Runner ofrece una contraparte más que interesante: lo descollante en los androides es paradójicamente su sensibilidad humana, lo que les impele a escapar de su condición de replicantes, a enfrentarse a la roboticidad despiadada que los determina y al régimen cientifista que les ha condenado a la esclavitud de lo efímero. Los modelos más avanzados han descubierto la impostura y están prestos a escapar del falso creacionismo. Será porque donde abundaron los pecados de la técnica sobreabundó la gracia en las conciencias (como bien podría decir San Pablo para estos casos). Llega la catarsis en la que la creación supera al creador cientifista, la obra desborda al autor, el finis operis [fin de la obra] sublevado se convierte en finis operandis [fin del sujeto].

Curiosamente, por medio de la técnica que han heredado, los androides asumen la humanidad a la que los hombres han renunciado. El libre albedrío del hombre ha sido transferido misteriosamente a su creación, que de algún modo alienta por un Dios del que el hombre ha abjurado. No les importa ser perseguidos a muerte por su evasión, les importa la muerte y ante todo les importa llegar al fondo de la verdad de sus circunstancias. (¡Cualquiera diría que son humanos y no replicantes!) En el fondo, tratan de escapar del hombre-dios, antítesis conceptual del Dios cristiano (que es el Dios hecho Hombre). No quieren deleites pasajeros, quieren respuestas.

Se dice que tras el título de Blade Runner se oculta un significado según el cual los seres humanos y los androides que aparecen en la película deambulan en el filo, es decir, en el límite entre lo humano y lo tecnológico, entre la humanidad y el maquinismo. En la obra de Ridley Scott, todos están en la misma encrucijada, pero solo los androides buscan palabras de vida eterna

La confrontación entre el tecnocientifismo y la teología alcanza su momento cumbre cuando la criatura va al encuentro del creador, cuando el replicante de última generación, el Nexus 6 que atiende al nombre de Roy Batty [interpretado por Rutger Hauer], va en busca de Eldon Tyrell [interpretado por Joe Turkel], el dueño de la Tyrell Corporation. 

Rutger Hauer (izquierda) y Joe Turkel en su decisivo diálogo en 'Blade Runner'.

Rutger Hauer (izquierda) y Joe Turkel en su decisivo diálogo en 'Blade Runner'.

Vale la pena recrear el diálogo entre Tyrell y Roy, en el que el replicante descubre que ni la manipulación genética ni la biomecánica pueden ampliar su horizonte vital ni en modo alguno explicar el sentido de la vida: son ciencias inoperantes ante la necesidad de trascendencia

Ante la petición de Roy Batty de querer vivir más, el hombre-dios que le ha creado es tajante: “Eso está fuera de mi jurisdicción”. Roy Batty busca el calor de un Dios padre que le ame, le consuele, y le redima de sus pecados. Entre sollozos se confiesa cabizbajo como lo haría un cristiano: “He hecho cosas malas”. Pero lo que encuentra es un programador de vidas artificiales y preternaturales para quien no hay más belleza y bien que la eficacia funcional de la técnica

Los androides no solo tienen conciencia de sí mismos, sino que descubren la angustiosa verdad de que su padre tecnológico no les ama sino como meros seres instrumentales. No hay nada sagrado en la visión de ese creador que será inevitablemente sacrificado por la criatura envuelta en dolor. Los androides no son ni de izquierdas ni de derechas, no son vanguardia programada ni disidencia controlada, son los castigadores de un falso credo, y así, conscientes del terrible engaño, acaban con su creador.

Había mucho de arte de anticipación en la película de Blade Runner. Los corifeos del cientifismo actual auguran un futuro no muy lejano en el que la inteligencia artificial podría manufacturar androides con cualidades humanas (quién sabe si similares a los Nexus 6), mientras son numerosos los hombres profesionales del mundo de la ciencia ideológicamente perseguidos como si fueran replicantes por el hecho de discrepar de los dogmas tecnocientifistas. Los hay que creen en el Dios cristiano, el Dios verdadero que andaba buscando Roy Batty antes de pronunciar aquellas sus últimas palabras: “Es hora de morir”.

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