Religión en Libertad

La Iglesia en tiempos de crisis: una reflexión sobrenatural y metafísica

Hay confusión doctrinal, desorden pastoral y debilitamiento disciplinar: ¿qué hacer ante esa situación?

La Iglesia tiene garantizada su supervivencia por promesa divina: su luz siempre está viva, aunque pueda temblar en algunos momentos.Antonio Gravante / Cathopic

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La crisis que atraviesa la Iglesia es real. Hay confusión doctrinal, desorden pastoral y debilitamiento disciplinar. Negarlo sería ingenuo. Pero de esa constatación no se sigue que estemos ante una crisis en el ser mismo de la Iglesia. Para comprender correctamente esta distinción conviene partir primero de su naturaleza sobrenatural y luego iluminarla con las categorías de la metafísica.

La Iglesia no es simplemente una institución histórica ni una organización religiosa entre otras. Es una realidad sobrenatural fundada por Cristo. Él mismo prometió su asistencia permanente y aseguró que las puertas del infierno no prevalecerían contra ella. La Iglesia es el instrumento querido por Dios para la salvación de los hombres y el lugar donde se transmite el depósito de la fe.

Por esta razón la tradición cristiana afirma que la Iglesia es indefectible. Esto significa que no puede perder su misión ni dejar de ser aquello que Cristo quiso que fuera. Puede atravesar épocas de crisis, puede experimentar confusión o desorden en su vida histórica, pero no puede dejar de cumplir su función esencial en la economía de la salvación.

Para comprender con mayor precisión esta afirmación, la teología recurre a la metafísica clásica. La metafísica distingue entre sustancia y accidentes. 

  • La sustancia es aquello que hace que una realidad sea lo que es. 
  • Los accidentes son aspectos que pueden cambiar sin destruir su identidad esencial.

En la tradición tomista, además, toda sustancia posee una forma. La forma es el principio que organiza una realidad y le da su estructura propia. No es un elemento externo añadido posteriormente, sino aquello que constituye la unidad interna de un ser y lo configura como lo que es.

Aplicado a la Iglesia, estas distinciones permiten comprender mejor las crisis históricas. En la vida de la Iglesia pueden existir desórdenes pastorales, ambigüedades doctrinales, debilidades morales o decisiones prudenciales discutibles. Todos estos fenómenos pertenecen al orden accidental de su vida histórica.

Pero la sustancia de la Iglesia, fundada por Cristo y asistida por el Espíritu Santo, permanece. Y esa sustancia posee una forma visible determinada. La Iglesia existe históricamente como una sociedad visible caracterizada por la unidad de fe, de culto y de gobierno.

Dentro de esa forma visible se encuentra su estructura jerárquica. La autoridad, el ministerio pastoral y la comunión con los pastores legítimos no son simples arreglos organizativos ni meras disposiciones disciplinarias. Pertenecen a la forma mediante la cual la Iglesia existe como sociedad visible.

La filosofía política clásica ya había señalado que en toda sociedad la autoridad cumple la función de principio de unidad. Santo Tomás retoma esta idea al explicar que toda comunidad ordenada requiere un principio que coordine sus partes y las dirija hacia el bien común. Sin este principio de unidad, la sociedad se fragmenta.

En la Iglesia este principio de unidad posee además una dimensión sobrenatural. Cristo quiso que la unidad visible de la Iglesia estuviera garantizada por una estructura jerárquica y por un principio visible de comunión. La autoridad no es simplemente un mecanismo administrativo, sino un elemento constitutivo de la forma visible de la Iglesia.

Por eso la comunión con los pastores legítimos no es solo una cuestión disciplinar. La obediencia eclesial participa de esa forma visible mediante la cual la Iglesia permanece una en la historia. Separarse de ese principio visible de unidad no afecta solamente una norma práctica, sino que altera el orden que sostiene la cohesión de la sociedad eclesial.

La tradición espiritual de la Iglesia ha subrayado con fuerza este punto. Santa Catalina de Siena, que vivió en medio de profundas crisis eclesiales en el siglo XIV, insistía en la necesidad de mantener la obediencia a los ministros de la Iglesia incluso cuando estos eran moralmente indignos. En una de sus cartas afirma que, aun si los sacerdotes fueran demonios encarnados, deberían ser obedecidos (excepto si ordenan pecado) en virtud del ministerio que han recibido.

La enseñanza de Catalina no pretende justificar abusos ni negar la posibilidad de corregir errores. Lo que subraya es algo más profundo: el ministerio eclesial no depende de la santidad personal del ministro, sino del carácter sobrenatural de la misión que ha recibido. La autoridad pertenece a la estructura objetiva de la Iglesia.

Esto no significa que toda decisión prudencial de la autoridad sea necesariamente perfecta. Puede haber decisiones discutibles o incluso errores prudenciales. Pero esa posibilidad no autoriza a actuar como si la estructura jerárquica pudiera ignorarse sin consecuencias para la unidad visible de la Iglesia.

La indefectibilidad tampoco implica que cada acto del magisterio sea infalible. Puede haber formulaciones imperfectas o desarrollos que requieran clarificación. Pero esto no equivale a una corrupción del depósito de la fe ni a una pérdida de la identidad de la Iglesia.

Las crisis históricas pueden afectar muchos aspectos accidentales de la vida eclesial. Pueden oscurecer su vida visible, debilitar su disciplina o generar confusión doctrinal. Pero no destruyen ni la sustancia ni la forma de la Iglesia.

Puede haber una crisis profunda. Puede haber desorientación real. Pero no puede haber una crisis en el ser mismo de la Iglesia, porque su identidad está garantizada por la promesa de Cristo.

La fidelidad a la Tradición no consiste en actuar como si la Iglesia hubiera dejado de ser lo que es. Consiste en permanecer dentro de su forma visible incluso en tiempos de turbulencia, confiando en la asistencia divina que sostiene a la Iglesia a lo largo de la historia.

La obediencia en tiempos de prueba no es debilidad. Es una confesión de fe en la naturaleza sobrenatural de la Iglesia y en la fidelidad de Cristo a su promesa. Es, en última instancia, una consecuencia coherente de comprender la Iglesia a la luz de su fundamento sobrenatural y de una metafísica realista.

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