El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.
Aunque el mundo se odia a sí mismo, Cristo nos ama
🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 87, 4 🔹

🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 87, 4 🔹
Si se quiere saber cómo se ama a sí mismo, el mundo de perdición aborrece la redención: amando con falso, no con verdadero amor, porque ama lo que le perjudica. Aborrece la naturaleza y ama el vicio 🔹San Agustín. Tratado sobre el Evangelio de San Juan 87, 4 🔹
San Agustín nos plantea que el "mundo", entendido como el sistema de valores alejado de Dios, vive en un estado de autoengaño trágico. El mundo cree que se está dando un banquete cuando, en realidad, está ingiriendo veneno.
Amar es un peso que nos mueve; el problema es que el hombre caído ha perdido el centro de gravedad. San Agustín nos advierte que el hombre que ama el vicio no se ama a sí mismo, sino que se destruye. Para la mística cristiana, el pecado es una enfermedad de la voluntad. Al amar lo que le perjudica, el alma se rompe y fragmenta.
San Agustín tiene una visión positiva de la naturaleza, creada por Dios. Por el contrario, el vicio no es "natural", sino una desviación de la naturaleza. La mística nos invita a "volver a la naturaleza original". La mística que nos conduce a ser imagen de Dios para encontrar el verdadero amor a la imagen de Dios en nosotros.
La espiritualidad cristiana no concibe la redención como una ley externa, sino como la medicina necesaria para que el amor vuelva a ser "verdadero". Amar a Dios es el único modo de aprender a amarse a uno mismo correctamente.
Para la Nueva Evangelización es importante desmascarar los "amores tóxicos". En la sociedad actual, donde la libertad se confunde a menudo con la satisfacción inmediata de cualquier impulso, esta frase es un mapa de navegación para el evangelizador moderno. Hoy en día la palabra "redención" suena a castigo. El evangelizador debe mostrar que Dios no prohíbe el vicio por ser "divertido", sino porque nos hace daño. Dios es el "Padre preocupado" que nos quita de la mano lo que nos quema.
Frente al amor líquido y superficial, la Nueva Evangelización debe proponer la belleza de la virtud. Debemos demostrar que vivir según la naturaleza, la verdad de lo que somos, da una paz que el vicio nunca puede comprar. Pero el mundo "aborrece la redención" porque no entiende que está herido. Nuestra tarea no es señalar con el dedo, sino invitar a la "clínica" de la Gracia, mostrando que la vida cristiana es el nivel más alto de amor propio.
San Agustín nos deja una advertencia clara: el mayor enemigo del hombre no es un demonio externo, sino su propia capacidad de llamarle "amor" a lo que nos mata. La Nueva Evangelización consiste en encender la luz para que el mundo vea que el vicio, por muy brillante que parezca, no tiene resplandor propio, sino que es solo la sombra de un amor que se equivocó de camino.
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