Religión en Libertad

¿Por qué el liberalismo es contrario al orden social según el derecho natural y cristiano?

La respuesta exige contemplar de cerca la cuestión religiosa, la cuestión política y la cuestión económica.

Cuando se erige en principio la voluntad sobre el ser... En la imagen, 'El juramento del juego de pelota' [20 de junio de 1789, prólogo de la Revolución Francesa], de Jacques-Louis David (1791).

Cuando se erige en principio la voluntad sobre el ser... En la imagen, 'El juramento del juego de pelota' [20 de junio de 1789, prólogo de la Revolución Francesa], de Jacques-Louis David (1791).

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A más de uno podría llamar la atención que el catolicismo, teniendo en cuenta que enseña la necesidad un orden social de acuerdo al derecho natural y cristiano, sea antiliberal. Sí: el catolicismo es antiliberal y tiene excelentes razones para serlo.

Por lo pronto ¿qué entendemos, aquí, por catolicismo

  • En lo que se refiere a la “cuestión religiosa”, puede sintetizarse en dos ideas: la relación armónica entre lo natural y lo sobrenatural, en primer lugar, y, en segundo lugar, en una de sus aplicaciones concretas, la debida unión entre la Iglesia y las comunidades políticas
  • En cuanto se refiere a la “cuestión política”, el catolicismo enseña que la vida política es un auxilio para que los hombres, en esta tierra, alcancen la vida eterna. Como puede apreciarse, esta “cuestión política” se subordina a la “cuestión religiosa” antes mencionada. De este modo puede hablarse de “teología política”. 
  • Por último -sin olvidar otros ámbitos de la vida social-, puede mencionarse la “cuestión económica”, que es tanto como sostener la vigencia de la justicia social, sin perder de vista que la misma no puede reducirse al mero mundo del mercado.

Habiendo caracterizado al catolicismo de este modo, ¿qué decir del liberalismo? Sin caer en una falsa y retórica operación comparativa de contraposición, debe decirse que el liberalismo es, en toda la línea, la contracara del catolicismo. Basta repasar las “cuestiones” antes enunciadas. 

  • En cuanto a la “cuestión religiosa”, el liberalismo es el naturalismo en todos sus grados, según enseña León XIII en la carta encíclica Libertas (20 de junio de 1888). Incluso en su versión “más atenuada”, como es la del oxímoron “catolicismo liberal”, lo que se postula, al fin de cuentas, es la separación entre lo natural y lo sobrenatural. Una muestra visible del liberalismo religioso es el postulado de la separación entre la Iglesia y el Estado. ¿Algo de este liberalismo no estaría presente en la “sana laicidad”? Dejo planteado el interrogante. 
  • En lo que se refiere a la “cuestión política”, para el liberalismo no existe algo llamado “vida eterna”. En su caso, también como en el del socialismo, puede hablarse de un mesianismo inmanentista. Si Cristo, en quien no se cree, tampoco vuelve, organicemos aquí el más perfecto de los mundos posibles... el liberal. 
  • Por último, la “cuestión económica” liberal se resuelve en la primacía de los intereses individuales sobre el bien común. Podrá haber versiones más atenuadas pero, en el fondo, se trata de la misma idea.

Algunos liberales -incluso, también, algunos no liberales- podrían decir que también, al menos en las cuestiones religiosa y política, se trata de postulados comunes con el socialismo. La objeción es atendible y permite avanzar con una precisión: en el núcleo del liberalismo -a diferencia del socialismo- se encuentra la insubordinación de lo individual contra lo común, que es tanto como decir la revolución. Si se considera con cierta mirada más aguda, podría sostenerse que el liberalismo -en otro sentido a la versión vulgata habitual- es todavía más revolucionario que el socialismo por un motivo: el golpe que asesta va a la raíz de la vida social.

Bien ha enseñado San Juan Pablo II en la carta encíclica Sollicitudo rei socialis (30 de diciembre de 1987) que la Doctrina Social de la Iglesia -en el sentido de esta nuestra columna, el catolicismo social- no es “una «tercera vía» entre el capitalismo liberal y el colectivismo marxista, y ni siquiera una posible alternativa a otras soluciones menos contrapuestas radicalmente, sino que tiene una categoría propia. No es tampoco una ideología, sino la cuidadosa formulación del resultado de una atenta reflexión sobre las complejas realidades de la vida del hombre en la sociedad y en el contexto internacional, a la luz de la fe y de la tradición eclesial” (n. 41).

¡A no espantarse, liberales! Plantear una alternativa a vuestra ideología no es ser socialista. Hace falta, en el mejor de los sentidos, “abrir la cabeza” y levantar la mirada. Abrir la cabeza a la realidad de las cosas y no clausurarse en la mera satisfacción de los propios intereses y levantar la mirada al mundo sobrenatural sin conformarse con el mundo “de tejas abajo”.

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