La verdad y la sensibilidad no siempre se encuentran
Cuando los maestros o los pastores permanecen ensimismados en cosas pequeñas, los hombres se desentienden de ellos.
El camino a la Verdad exige pensar, no ponerse a remolque de la voluntad o del sentimiento.
La historia de la fe y la razón viajan unidas desde el momento en el que Pablo de Tarso fue impulsado por el Espíritu a pasar a Macedonia. Este es el momento en el que la Iglesia primitiva se desliga de la sinagoga para cumplir el mandato “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Marcos 16, 15).
Fue en Grecia donde se dio un fenómeno cultural, que duró sólo unos cincuenta años, cuando unos filósofos comprometieron sus vidas por buscar la verdad con la sola inteligencia. Este suceso, que tuvo lugar unos trescientos cincuenta años antes del nacimiento de Cristo, no es ajeno a la Revelación, como acabamos de ver, sino constitutivo de la predicación universal de la Iglesia. Platón, Aristóteles y Sócrates entre otros, forman la base filosófica de la trasmisión del mensaje cristiano.
Tampoco podemos olvidar que justo después de la venida de Jesucristo hubo un enorme esfuerzo para conocer y transmitir la verdad. Son los llamados Padres de la Iglesia primitiva los que, en los primeros siglos, aplican el concepto de persona y fijan los términos del Credo que hoy día rezamos. Ellos también dedicaron su vida a transmitir la alegría que habían conseguido al encontrarse con Cristo, el cual se les había mostrado como “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14, 6).
Así llegamos al siglo XIII, cuando otros pensadores fundan la Escuela de París alcanzando otra cima intelectual tanto filosófica como teológica. San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino, entre otros, gastaron su vida para asentar la razón como camino hacia la verdad. Es otro corto período done se alcanza una sorprendente altura intelectual.
Pero ya en los albores del siglo XIV el franciscano Guillermo de Ockham, en un intento por dar protagonismo a la voluntad divina, introduce la voluntad como superior al inteligir, propuesta que fue asumida por una gran cantidad de filósofos de entonces y también de los posteriores, hasta llegar al siglo XIX. Son muchos los años donde el producir o el hacer toma preponderancia sobre el pensar.
Desde Tomás de Aquino han transcurrido más de siete siglos de filosofar hasta el día de hoy, cuando la filosofía ha llegado a tocar fondo con las corrientes woke como bandera de la irracional posmodernidad.
Es en la posmodernidad cuando la humanidad, que ya ha probado de todo para ser feliz sin conseguirlo, permanece en una gran postración personal, siendo el 'ahora' el que marca el ritmo frenético de nuestra vida y la desconexión con el pensar, para dar paso al sentir.
Pero un suceso de ámbito religioso que ocurrió a mediados del siglo XX, el Concilio Vaticano II, y que sorprendió a los teólogos de entonces, cambió las reglas de juego al proponer para todos “que se han abierto los caminos divinos de la tierra”, como predicó San Josemaría Escrivá en el siglo pasado. Este mensaje rompe las reglas de la filosofía y de la teología de esos años, al poner el foco en la persona.
También en esos años surge un joven teólogo alemán que participa activamente en las principales sesiones del Concilio Vaticano II y del que -aunque han pasado todavía muy pocos años de la marcha al cielo de Joseph Ratzinger- podemos afirmar que con él surge otro momento estelar para el inteligir humano al mostrar la unión de la fe y la razón. Este será el eje intelectual de su pensamiento y de su amplia predicación. Su mensaje lleva a afirmar que la religión católica es la única religión que no es fideísta, al estar sustentada en el Logos. Vuelve a afirmar que la fe y la razón forman parte constitutiva de la Iglesia católica.
Siendo esta propuesta un verdadero bálsamo para la humanidad del siglo XXI, se encuentra con la dificultad de su puesta en marcha. Este mensaje reclama una nueva antropología que esté fundamentada en la verdad de la persona humana, porque en la actualidad hemos establecido el sentimiento como fuerza impulsora del progreso personal.
Cuando la humanidad está en la cumbre de la tecnología, cuando la juventud tiene una sobreabundancia de conocimientos técnicos, cuando parece que la IA nos va a resolver nuestros problemas, es entonces cuando surgen movimientos que no aceptan vivir como la sociedad les propone.
Son movimientos de miles de seguidores que, no teniendo ningún empacho en mostrarse como son, “desnudan” a la sociedad al buscar la verdad. Pero la verdad permanece velada y ellos siguen teniendo sed. Necesitan sustentar su vida no en las emociones, no en las redes sociales, no en la compañía de un chat, sino en llenar su inteligencia de aquel conocer que crece irrestrictamente hacia la verdad trascendental, lo que no se consigue con la sola razón lógica, ni con la voluntad, ni con el sentimiento. Han dado un paso de gigante, pero aún no han llegado a su liberación completa porque, sólo “la verdad os hará libres” (Juan 8, 32).
Un filósofo contemporáneo con Benedicto XVI y muy conocedor de Aristóteles, llamado Leonardo Polo, propone en su Antropología Trascendental que el conocimiento mediante hábitos -que es superior al objetivante- nos permite conocer a la persona humana en su intimidad como hijo semejante a su Padre Dios. En definitiva, ese conocimiento sapiencial, junto a la libertad trascendental, nos conducen al verdadero amor personal que no es posesivo sino donal.
Este equilibrio formado por la libertad personal, el conocimiento sapiencial y el amor donal sí es verdaderamente humano y perdurable, liberándonos de la voluntad como poseer y de la sensibilidad fugaz como bases insuficientes para crecer plenamente como personas.
Y Polo nos propone que, a pesar de todos los avances técnicos y de la explosión de la sensibilidad, el inteligir debe volver a tomar su posición predominante en el recto crecer humano. Porque el sentirse bien no puede ser el motor del crecimiento sostenido, al pertenecer la sensibilidad a la naturaleza humana y no ser susceptible de hábitos (virtudes), mientras que la verdad se refiere directamente a la persona.
Esta sociedad posmoderna seguirá desnortada si no vuelve a cimentar su crecimiento en aquella facultad que el Creador nos ha dado a todos: el inteligir irrestricto; precisamente para conocerle a Él.
En resumen, estos nuevos movimientos nos envían un doble mensaje:
- Que cuando los cauces proporcionados por el Creador se cierran, las aguas se desbordan, pero no cesan. Es la necesidad existencial de vivir creciendo en libertad.
- Que cuando los maestros o los pastores permanecen ensimismados en cosas pequeñas, los hombres se desentienden de ellos. Por eso tienen el deber de buscar los verdaderos pastos para sus ovejas, aunque pierdan la vida en ello.
Y si me permiten un consejo, yo les animaría a que busquen la Verdad activando la inteligencia en todo su recorrido, para no caer en el fideísmo y llegar a ser irrelevantes.