La Belleza recuperada
Si el arte es sólo emocionar o impactar, se condena a sí mismo a la nada, desaparecerá.

Atraídos por la Belleza de la liturgia, muchos jóvenes vuelven a la Verdad que esa Belleza expresa.
Leo con alegría que la juventud comienza a dar un giro hacia la religión y la trascendencia y que lo hacen con la belleza del arte en todas sus manifestaciones.
Es de agradecer la finura de espíritu del fundador de Hakuna, José Pedro Manglano, que supo descubrir esta enorme herramienta de cambio que es la música, y aunque esta también haya servido en el pasado para propagar algunas herejías arrianas por los marineros, la música ha sido la forma de aprendizaje de los semitas, que recitaban salmos antes de las reuniones familiares, transmitiendo oralmente la sabiduría acumulada de sus antepasados.
El arte ha ido evolucionando junto al devenir del pensamiento, pero es a comienzos del siglo XX cuando rompe con el pasado y la tradición. Surge un movimiento que hoy conocemos como “posmodernismo”, que se caracteriza por afirmar que todo lo anterior hay que descartarlo y comenzar de nuevo, siendo Zygmunt Bauman su más destacado propagador al acuñar el término “modernidad líquida”.
Un filósofo de esos años, José Ortega y Gasset, lo detectó con claridad en 1925 y escribió un pequeño libro titulado La deshumanización del arte en el que entre otras cosas dice: “El arte nuevo no es arte para los hombres en general, sino para una clase muy particular de hombres que podrán no valer más que los otros, pero que, evidentemente, son distintos”. Más adelante se plantea el núcleo de esta deshumanización y escribe “¡Quién sabe lo que dará de sí este naciente estilo! La empresa que acomete es fabulosa, quiere crear de la nada. Yo espero que más adelante se contente con menos y acierten más. Pero, cualesquiera que sean sus errores, hay un punto, a mi juicio, inconmovible en la nueva posición: la imposibilidad de volver hacia atrás”.
Este certero análisis plantea una cuestión de fondo muy profunda. Santo Tomás propone como trascendentales cuatro: Uno, Verdadero, Bueno y Bello. Este descubrimiento lo realiza de forma lógica, de tal manera que son aceptados por la mayoría de filósofos. Por eso la Belleza forma parte del arte litúrgico desde los comienzos de la iglesia y es elevada como camino para trascender. El arte siempre ha formado parte de la celebración litúrgica y de la transmisión de la fe, siendo un vehículo de catequesis tan visual o auditivo que todo el mundo lo puede asimilar intuitivamente.
José Ortega y Gasset acierta en su análisis al afirmar que este arte se ha deshumanizado, pero, en mi opinión, sí que es posible dar un paso que supere la situación actual si se concibe al ser humano como un quién y no como un qué.
Otro filósofo español llamado Leonardo Polo (1926-2013), partiendo de los filósofos clásicos, afirma: “Sólo si se distingue el ser humano del ser del que trata la metafísica se descubren nuevos trascendentales; por ejemplo, la libertad. El carácter trascendental de la libertad no es admisible desde el acto de ser”.
A mí me sorprendió que la Belleza no fuese un trascendental para Polo, idea que había concebido desde mis años jóvenes. Así que pregunté y obtuve la respuesta de que la Belleza estaba inserta en la Verdad. Es decir, ni la mentira ni el engaño pueden ser fuente de belleza. La conclusión es clara: el error de la inteligencia no puede hacer crecer a la persona humana, que está creada en libertad para el conocer y amar de forma irrestricta.
Este cambio, al introducir la libertad personal, implica que no debe ser el “yo” el centro de la obra de arte, sino la persona como ser trascendente: la personalización del arte.
Para Polo, el ser humano es rebosante, es un “además”, que recibe la naturaleza de sus padres y que recibe su existencia del Creador, siendo esto último lo que le hace ser persona trascendente y diferenciarse de todos los animales.
Como citaba Ortega y Gasset, los artistas no pueden crear de la nada, no pueden dar la libertad a otros. Los artistas actuales propusieron la libertad como bandera para realizar el cambio y con esa “libertad” han llegado hasta su propia irrelevancia al abandonar la libertad personal.
Si el artista se separa de su Creador propondrá estímulos dirigidos al “yo”, dirigidos al poseer, al tener y no al amar donal, aquel amor que es la única forma verdaderamente humana de amar.
Si el principal fin del arte es producir impactos para ser reconocido, entonces el arte se devalúa como algo perteneciente al universo y no hace crecer a la persona. En este escenario, el artista es el protagonista y no la persona que lo contempla. Entonces la obra mostrada es arte porque así lo dice el artista, independientemente de quién lo contemple. No es un don para el “otro”, sino algo para el auto-reconocimiento del autor ante los demás.
Sin embargo, en el caso de estos nuevos movimientos, entre ellos Hakuna, lo nuclear es donar un mensaje que haga crecer al hombre como ser trascendente.
Hay dos formas de crecer en el conocimiento del Creador: una es conocer-Le en nuestra intimidad personal, como propone San Agustín y como propuso Jesucristo a Santa Teresa en una visión, y otra es conocer-Le en los demás. Porque cada persona es una criatura única y diferente, puede aportarnos su propio conocimiento del Creador con el que podemos enriquecernos nosotros. Y esto sí que es crecer.
Si el arte es sólo emocionar o impactar, se condena a sí mismo a la nada, desaparecerá. Si el arte, por el contrario, quiere aportar y permanecer para siempre, entonces ha de profundizar en que lo perenne está en la persona, en su intimidad personal, en lo que los semitas llamaban Espíritu: “Engrandece mi alma al Señor y se alegra mi Espíritu en Dios mi Salvador” (Lc 1, 46-48).
Sólo me queda añadir lo que dijo Benedicto XVI sobre la belleza: “La belleza auténtica abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de ir hacia el Otro, hacia el más allá”; y termina diciendo: “Aunque nuestros contemporáneos no siempre están abiertos a la belleza que se armoniza con la verdad y la bondad, están deseosos y nostálgicos por esa belleza auténtica, no superficial y efímera”.