Religión en Libertad
Al eliminar el vínculo natural entre las relaciones y la procreación, la píldora desvirtuó la visión sobre el sexo de la mayor parte de la sociedad.

Al eliminar el vínculo natural entre las relaciones y la procreación, la píldora desvirtuó la visión sobre el sexo de la mayor parte de la sociedad.Towfiqu Barbhuiya / Unsplash

Creado:

Actualizado:

En:

El siglo XX fue testigo de una transformación profunda y sin precedentes. Las dos guerras mundiales no solo reconfiguraron gran parte del mundo, sino que lo dejaron dividido bajo la influencia de dos poderosos sistemas ideológicos: el liberalismo y el comunismo. A esto se sumó una avalancha de avances científicos y tecnológicos que sacudieron los cimientos morales y culturales de la sociedad pavimentando el camino a la más devastadora de las revoluciones, la revolución sexual.

Dicha revolución, que hiriera el corazón mismo de la sociedad, comenzó con algo muy pequeño, una píldora que fue comercializada en los Estados Unidos en mayo de 1960. El primer anticonceptivo oral (Enovid), a simple vista inocuo, fue tan poderoso que sedujo a muchas mujeres con la promesa de otorgarles total “control” de su cuerpo y de su futuro al poder decidir cuántos hijos tener y cuándo tenerlos. A partir de ese momento, la píldora, de la mano de la revolución sexual, se abrió paso rápidamente en muchos países, principalmente de Europa, donde se generalizó desde mediados de la década de 1970.

La píldora anticonceptiva, al eliminar el vínculo natural entre las relaciones sexuales y la procreación, logró distorsionar la visión de la mayor parte de la sociedad sobre la sexualidad humana. A partir de ella, el sexo (apetito que debe ser formado con las virtudes, ejercitado en el santo matrimonio y dirigido al noble fin de la procreación) se comenzó a considerar como una imperiosa necesidad que, como tal, no puede ser limitada por la moral, ni siquiera por la ley natural. 

Con ello, las relaciones prematrimoniales entre los novios y aun el sexo casual fueron normalizándose, fomentando la promiscuidad bajo una única norma, el consentimiento. Pues los anticonceptivos, aun cuando prometen el control total, en realidad lo que fomentan es el desenfreno total. Como bien lo señalase Chesterton: “El control de la natalidad significa menos natalidad y ningún control”.

Desafortunadamente, actualmente son pocos los que creen que el buen uso de la sexualidad se limite al matrimonio. Y, aun entre estos, se ha infiltrado la mentalidad anticonceptiva que ve a los hijos no como el fruto natural de la unión intima de un hombre y una mujer, sino como un inoportuno sujeto que debe ser evitado o, al menos, limitado. Al grado que hoy en día se considera “natural” tener relaciones íntimas siempre y cuando se desee, sin pensar siquiera en la posibilidad de engendrar un hijo. De ahí que, cuando ocurre un embarazo se le califique de accidental, no deseado, no planificado, etc. 

Como bien advirtiese C.S. Lewis, uno de los efectos negativos de los anticonceptivos es que se niega o limita la existencia a posibles generaciones futuras por la “razón” que se considere conveniente (La abolición del hombre), ya que el anticonceptivo “separa los placeres de las consecuencias y condiciones que les impone la naturaleza” a fin de que una pareja “pueda entregarse a Venus sin temer a ningún bastardo impertinente” (El regreso del peregrino).

Precisamente porque los anticonceptivos “aseguran” el disfrute de las relaciones íntimas sin bebés, su uso, lejos de reducir el número de los llamados embarazos no deseados, los aumenta, por lo que la anticoncepción conduce inevitablemente al aborto. No es casual que en todos los sitios la legalización de la anticoncepción, que promete "sexo sin consecuencias", haya precedido a la del aborto, mediante el cual, cuando falla el método, se elimina la consecuencia (el bebé), que ya no se considera natural sino “accidental”; y, por lo mismo, se apela al “derecho” a terminar con el “inesperado” embarazo. 

De ahí que, más de 63 millones de abortos hayan tenido lugar en los Estados Unidos desde su descriminalización en 1973, pocos años después de que se generalizara el uso de los anticonceptivos, los cuales se pueden obtener con gran facilidad desde la más tierna adolescencia.

Al anteponer nuestros caprichos y deseos a los planes de Dios, hemos suplido la confianza en Él por unos falibles y nocivos anticonceptivos. De ahí que el llamado control de la natalidad haya cambiado la entrega por el egoísmo, la confianza por la suspicacia y al acto que produce vida lo haya hecho, artificial y perversamente, estéril, cuando no mortal (pues ciertos anticonceptivos son abortivos). 

Como alertase en su encíclica Humanae Vitae [De la vida humana, 1968] el Papa Pablo VI, el uso de estos métodos abría “el camino fácil y amplio a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad”. Tenía razón, ya que a partir de la píldora han aumentado exponencialmente las relaciones premaritales, la promiscuidad, la cohabitación, el adulterio y el divorcio, así como la homosexualidad, la pornografía y hasta el transgenerismo.

Separar artificial y violentamente el sexo de su propósito divino mediante la anticoncepción es una grave violación de la ley natural. Además, con los anticonceptivos, la guerra contra la familia se ha introducido hasta la misma alcoba matrimonial, en la cual la llegada del hijo depende exclusivamente del deseo y la voluntad de los padres y no de la aceptación de la naturaleza ni de la voluntad de Dios, distorsionando con ello su obra más bella

Por ello, en nuestro mundo materialista y hedonista es más necesario que nunca defender la firme postura de la Iglesia católica, no solo contra el aborto sino contra la anticoncepción, pues el desastre moral que han traído ambos es evidente: no solo en cuestión moral sino también poblacional, pues el invierno demográfico ya asoma en el horizonte de Occidente.

Parafraseando a Chesterton: el control de la natalidad es algo despreciable, pues se evita un nacimiento porque se prefiere viajar, comprar un auto nuevo y hasta ir al cine. Por ello, en nuestra sociedad, priman los placeres mecánicos, lo superficial y fútil, sobre la creación y contribución de un nuevo bebé capaz de poner a prueba al universo entero (Babies and distributism).

Y todo, porque, seducidos por la engañosa promesa de gozar de una libertad y autonomía total, acabamos despreciando las cosas más sencillas, que son, también, las más importantes: el atarse a los brazos y al amor de esa nueva vida que anuncia el rejuvenecimiento de toda la civilización.

Pidamos a Dios que cambie nuestro corazón de piedra por uno de carne, de manera que seamos capaces de recibir con generosidad y esperanza a cada hijo que Dios confíe a nuestro cuidado, recordando que, como señalase, Chesterton, que “lo más extraordinario del mundo es un hombre común, una mujer común y sus hijos comunes”.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking