Religión en Libertad

Pere Montagut Piquet

Profesor de Teología Espiritual.

Los santos ante los místicos sin alma

Los 'nuevos místicos' cristianos proponen un bienestar puramente emocional y prescinden de los sacramentos, fundamento de la mística auténtica.Marc Olivier Jodoin / Unsplash

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“Es un místico”. Es lo que decimos cuando estamos ante una persona, un discurso, un genio o cuando, simplemente, observamos un porte fuera de lo normal

“Es un místico”

Son los “místicos” que anidan en las “nuevas espiritualidades sin religión” gozando de popularidad y desvinculados de cualquier institución. 

Su éxito social es consecuencia de una demanda creciente de sentido, de un escaso conocimiento de las fuentes de la Revelación y de una mentalidad de consumo inmediato atraída por lo nuevo o alternativo. 

Pero ¿quiénes son estos “místicos” capaces de presentar lo que no es suyo como propio y emplear lo más antiguo como una auténtica novedad? ¿Por qué se sirven del patrimonio cristiano -y religioso en general- para su propio cajón de sastre “espiritual”? ¿Utilizan un lenguaje realmente alternativo? ¿Dónde quedan la inteligencia de la fe, la vida en el Espíritu y los sacramentos? ¿Y la herencia de los santos o la autoridad de la Sagrada Escritura? 

En una época de propuestas “premium”, estos “místicos” aspiran a ser el lujo espiritual de nuestro tiempo. Consumirlos supone aparcar al Dios verdadero -aparentemente tan sabido- para quedarse con un paladar sin Cielo donde habitan palabras tan frágiles como misteriosas. La interioridad de estos “místicos” se sostiene del mismo modo que una mano oculta da vida a un títere. No hay misterio. Pueden encandilar, pero nada es real. Bien podemos decir que son “místicos sin alma”. 

Veamos, pues, tres aspectos de esta “mística” tan peculiar.

1.“Somos teselas de un mosaico sin límites”

A nuestro tiempo le fascinan las espiritualidades eclécticas, que lo abarcan todo sin definirse en nada. Los “místicos sin alma” lo saben y se apoyan en lo cotidiano o en la fantasía, desde un fondo hueco y suficientemente amplio para que cada cual interprete el viaje interior a su manera. Atraen a los bienintencionados consumidores espirituales y establecen con ellos una relación de dependencia. 

A diferencia de la gran herencia del arte cristiano, sus construcciones mentales no están hechas para la admiración ni para la belleza sino más bien para el empacho y el hartazgo seduciendo a muchos para que tomen la decisión de formar parte de un gran mosaico. Cada uno es una tesela única pero el mosaico como tal no representa nada, no reproduce ninguna imagen, no tiene forma, es infinito. El mismo término “salvación” no remite a ningún universo divino al que vincularse y desde el cual comprenderse, sino que todo consiste en una “experiencia” comparable a poder hacer bien la cama o preparar una buena cena. No deja de sorprender que para un camino tan corto sea necesario disponer de un “guía”, de un buen “explorador” o de un “maestro”.

Y aquí surge la pregunta: ¿dónde quedan los santos que -con sabia divina- han hecho de la vida ordinaria el gimnasio de la presencia, del amor y de la hondura de Dios? Ellos son los grandes maestros que han conseguido vivir como personas redimidas en medio del mundo y nos han enseñado a descubrir las cosas más sencillas con la mirada del Evangelio. En sus biografías demuestran que lo cotidiano no se impone hasta sofocar la presencia de Cristo ni Dios pierde su rostro bajo el impacto de los acontecimientos de la vida. 

En cambio, los “místicos sin alma” están centrados en la “técnica” de la “intemperie”. A través de ella, pueden pensar que comen o concentrarse para vestirse y admirar el vestido; pueden perderse en la “inmensa nebulosa de la vida” haciendo experiencia del ser y conseguir “estar atentos a lo que sucede cuando todo ya ha sucedido”. ¿Alguien entiende algo?

2.“La fe es transconfesional”

Es la afirmación común de estos nuevos “místicos”. Exponen con claridad que las religiones se han equivocado porque su pretensión es manipular el misterio. Las diversas tradiciones religiosas están traspasadas por la misma Presencia y a ella hay que sacrificar todas las “identidades” (cit. Javier Melloni). Consideran que una “identidad” confesional no es más que una trinchera, un recurso mental para evitar el sufrimiento o para suplir la falta de amor. Nos dicen que escudarse detrás de una “identidad” es el intento fallido de ser uno mismo y el modo de absolutizar el propio camino e impedir la alegría de aceptar los variados accesos existentes para llegar a la misma plenitud. 

Desde una perspectiva religiosa como esta ¿dónde quedan la Encarnación y el mismo Cristo como único Salvador? Los “místicos sin alma” tienen la solución: hay que canalizar correctamente la energía extraordinaria que nos habita. Más allá de las sabias instrucciones de los tratados clásicos sobre la oración cristiana, nos animan a encontrar la energía espiritual cuidando ambientes de soledad, de silencio, de música apropiada y con un cuerpo cómodo y relajado. Según sus técnicas, así estaremos en las mejores condiciones para tratar con Dios.

Aunque estos “místicos” nos hablen de “silencio” y de “desierto”, los acompaña la caducidad de su producción. Ninguno de ellos resistiría por mucho tiempo el estilo de vida de monjes, ermitaños y anacoretas cuyas enseñanzas nutren todavía hoy la sabiduría cristiana de todo el Pueblo de Dios. 

Me viene aquí a la memoria el Beato Pere Tarrés (1905-1950) que, precisamente, maduró su relación con Dios y la vocación al sacerdocio ejerciendo como médico en el frente republicano de la guerra civil española. Entre tanta sangre, marchas extenuantes y violencia extrema, hablaba con Dios, lo encontraba en medio de la naturaleza, hacía apostolado entre la tropa, sanaba a cuantos heridos podía, enterraba muertos, ejercía la caridad, cuidaba su piedad personal, seguía los tiempos litúrgicos, rezaba sin parar a pesar de las blasfemias, leía, se formaba, no dejaba de hacer propósitos y se ofrecía a Jesús y a María por si una bala -en cualquier momento- precipitaba su muerte. ¿No es esto más real, más sencillo y, en verdad, más divino?

3.“Las religiones institucionales han colapsado”

La mayoría de los “místicos sin alma” toman distancia de la tradición espiritual católica de la que proceden. También se autocomprenden como “madres y padres” espirituales de nuestro tiempo “postsecular” y “postreligioso”. Pretenden “salvar” la dimensión interior de la humanidad lejos de los “inquisidores o sepulcros intelectuales” (cit. Jesús Oliver-Bonjoch) que osan cuestionar algún aspecto de su “mística”. Mediante la escucha y la práctica del silencio desean rescatar a los creyentes -“extravagantes y marginales” (cit. Pablo d'Ors)- que aún profesan la fe en obediencia institucional. Hablan de la unión con Dios, pero la conciben como un simple pozo motivacional. La misma liturgia, en lugar de ser encuentro y diálogo entre el cielo y la tierra -Dios y el hombre-, queda reducida a un medio para expresar deseos de mejora, constancia y valentía. 

Así se llega a un callejón sin salida. Esta “mística” no es el culmen de la santidad ni del amor a Dios sino tan solo la experiencia sensible de una interioridad sagrada. Una vez expulsada la inhabitación del Dios trinitario nos queda una interioridad sin dueño. Ciertamente, la vida interior del hombre es “sagrada” porque salvaguarda la comunión divina, pero estos “místicos” la saquean como propiedad humana y material de consumo. Muy actual resuena la lamentación del salmo 79: "¿Por qué has derribado su cerca para que la saqueen los viandantes, la pisoteen los jabalíes y se la coman las alimañas?" (Sal 79, 13-14).

Además, les interesa ridiculizar la verdadera mística cristiana centrándola únicamente en levitaciones, llagas o transverberaciones. Y cuando intentan pulir una definición de su nueva “mística” llegan al absurdo: es la toma de conciencia -dicen- “de un contacto tangencial con la eternidad” (cit. Raimon Panikkar).

La mística del cristiano.

El adjetivo “mystikos”, se refiere al misterio escondido en Dios. En este sentido, “mística” significa tener una experiencia -percibida solo en la fe- de la realidad sobrenatural inaugurada por el Resucitado en la celebración de los sacramentos. Por tanto, en la vida sacramental de la Iglesia hay un dinamismo místico. 

Si los sacramentos son los medios necesarios para el nacimiento y el desarrollo de la vida espiritual, es a través de una verdadera y propia iniciación a estos misterios que surge la vida mística cristiana como consecuencia de una vida sacramental vivida en su integridad. No hay mística cristiana que no proceda, se alimente, se desarrolle y se cumpla en relación con los misterios sacramentales

La unión con Dios y su experiencia constituyen lo esencial del hecho místico. Pero esta mística cristiana vive inseparablemente de la vida en Cristo, de su Pascua y de su Espíritu, es decir, del contexto eclesial y sacramental en el que se prolongan y actúan sus misterios.

Una mística sacramental

Es la que define, directa y exclusivamente, la vida mística cristiana. En contraste con los “místicos sin alma”, la mística del cristiano no es ni “nueva” ni “particular”. Es más bien, consecuencia de recibir, vivir y percibir toda la riqueza divinizadora de la celebración de los Sacramentos, de su fecundidad de gracia y de amor sobrenatural; es crecer en Cristo resucitado y profundizar la unión transformante obrada por el Espíritu Santo en cada corazón. 

Cada bautizado participa de la plenitud de la humanidad glorificada de Cristo y del mismo misterio de la vida trinitaria. El lugar privilegiado de este encuentro glorioso es la celebración de la Eucaristía porque no hay vida mística cristiana que no sea eucarística. La perspectiva mistagógica de los primeros siglos lo muestra con claridad: la vida sacramental es esencialmente una iniciación a los misterios, una introducción a un orden de vida absolutamente nuevo de comunión con las Personas divinas y humanas. De este modo, la mística cristiana supera la tentación, siempre posible, de considerar el itinerario espiritual de cada uno únicamente desde la perspectiva psicológico-emocional.

¿Vida mística para todos?

La teología de la mística distingue entre vida, actos y fenómenos místicos. La fe y el santo bautismo nos insertan en la unión con Cristo que es la santidad, mientras que la vida mística -enraizada en los sacramentos- es lo experiencial de dicha santidad en la vida nueva que nos ha sido comunicada. ¿Hay una vocación universal a la vida mística? A través de los sacramentos la respuesta es afirmativa: nuestro destino es la visión, la comunión consumada de la vida divina en Cristo. Progresar en todo lo que Dios da y oculta es un proceso cada vez más luminoso y transparente. 

Pero luego no es verdad que todo cristiano deba tener una vida mística. Lo propio del místico con respecto a los demás está en el don sobrenatural de saber relatar y transmitir la percepción de Dios y sus efectos íntimos y vitales como algo único, irrepetible e inimitable. Los actos místicos, por su parte, son dones particulares y gratuitos, de conocimiento y de amor infusos solo por Dios. Un bautizado puede disponerse a ellos y hasta los puede pedir, pero, de hecho, trascienden el normal dinamismo de la vida de la gracia. Y, finalmente, los fenómenos místicos pueden o no acompañar la experiencia mística. Acostumbran a ser reacciones de la sensibilidad afectiva, de la actividad de los sentidos externos o de la imaginación. Por tanto, la vida mística no se define por los fenómenos místicos ni estos forman parte indispensable de la experiencia mística como tal.

El místico auténtico

El místico auténtico no se dedica a crear ninguna “mística” sino que recibe, padece y se enamora conscientemente de la intimidad de Dios. Solo un santo transmite el sentido -auténtico y práctico- de la grandeza de Dios más que de sí mismo.

En cambio, los “místicos sin alma”, crean un particular mundo “espiritual” para encerrar en él a tantos adeptos como puedan. Desenmascararlos y desprenderse de ellos no es nada fácil. Son prolíficos y hoy vulgarmente atractivos. Pero no olvidemos esta verdad: “Los que aman tu enseñanza gozan de mucha paz y nada los hace caer” (Salmo 119, 165). 

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