Martes, 28 de junio de 2022

Religión en Libertad

Cáritas intraeclesial

Escena de 'Único testigo'.
Crear comunidad en torno a las parroquias es algo más que juntarse para rezar. Imagen: Escena de la construcción de un granero por toda la comunidad en «Único testigo» (1985) de Peter Weir, con Harrison Ford y Kelly McGillis.

por Javier Garisoain

Opinión

Cáritas está bien, ayuda a todo quisqui sin poner condiciones, sin dar explicaciones, sin pedir nada a cambio. A veces separa demasiado el pan de la verdad corriendo el riesgo de convertirse en un antitestimonio. Pero, como digo, no está mal. El problema es que falta una Cáritas intraeclesial.

“Mirad cómo se aman”, dicen que decía la gente de los primeros cristianos. Seguro que eso mismo lo han dicho en otros muchos momentos y lugares de la Cristiandad. ¿Y ahora? ¿Dónde están ahora todas aquellas pequeñas o grandes instituciones que te hacían ver a los otros bautizados como auténticos hermanos? ¿Dónde están las hermandades, cofradías, gremios y fraternidades que facilitaban a los cristianos una auténtica vida de comunidad? Ahora, como mucho, los restos de aquella constelación son apenas reuniones periódicas para rezar. No está mal, no está mal… pero ¿es eso una comunidad? ¿Se puede hablar de amor al prójimo cuando no existe convivencia? Convivir es algo más que juntarse para rezar de vez en cuando. Si no hay una convivencia social, cultural, económica… vivencial… ¿Por qué hablamos tan a la ligera -por ejemplo- de comunidad parroquial?

Claro que se podrían poner -aún hoy- muchos casos de ayuda mutua entre parroquianos. Pero me temo que son en cierto modo casos residuales, obras de caridad o iniciativas esporádicas. Nada que ver con lo que fue, o con la maquinaria sistemática en que se ha convertido Cáritas. Todos tenemos muy asumido que una parroquia pueda tener su grupo de caridad pero ¿por qué ha de ser todo caridad ad extra? Cada parroquia debería establecer -ad intra- todas esas cosas prácticas que hacen comunidad: bolsa de trabajo, apoyo escolar, vida cultural, mercadillo y trueque de objetos, ayuda en mudanzas o desplazamientos, cuidado de niños, mayores o enfermos, ocio juvenil…

Tampoco estoy descubriendo ningún mediterráneo. Venimos de los restos del naufragio de una hermosa tradición comunitaria. Está todo inventado. Pero ahora toca sacudirse la modorra con que nos envenenan a dos manos el liberal-capitalismo del dios-mercado por un lado y el papá-estado del chiringuito ideológico por otro. Hay que aprender a ver más allá del beneficio egoísta, de la subvención, la prestación o el subsidio. Hay que hacer comunidad. Piedras vivas.

Y no han de ser los sacerdotes quienes lleven a cabo esta labor. Bastante tienen ellos con los sacramentos y con lidiar con la burocracia. ¿Ya no nos acordamos de para qué fue instituido el orden de los diáconos? Lo que necesitan la Iglesia y el Mundo, aquello con lo que muchos soñamos, son grupos de laicos que, puestos a constituir núcleos de resistencia ante el tsunami social que viene, decidan armarlos en su misma parroquia.

Para eso habrá que cambiar de actitud: hay que empezar a pensar en comunidad; hay que entender bien el sentido de la palabra prójimo; hay que ordenar la caridad desde dentro hacia afuera. Habrá que renunciar al papel de ONG secundaria que nos asigna el sistema, luchar contra corriente y construir, en definitiva. Si todo eso se hace por amor a Dios y al prójimo, sobrenaturalizando el día a día, y si se dejan de lado los miedos, entonces estaremos construyendo algo grande y la gente dirá “mirad como se aman”.

Publicado en Ahora Información.

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