Martes, 31 de enero de 2023

Religión en Libertad

Servidor y servidora

Tres personas caminan cogidas del brazo.
El espíritu de servicio lleva esperanza a quienes nos rodean y ayuda a encontrar la dicha en los acontecimientos cotidianos. Foto: Phlippe Leone / Unsplash.

por Emilio Domínguez Díaz

Opinión

Escribía Tolkien que "el mundo está lleno de peligros y que abundan los lugares oscuros, aunque todavía nos queda justicia y, a pesar de que en todas partes el amor se mezcla con la aflicción, tal vez la fuerza del primero predomina." ¡Menos mal! De todos es bien sabido que el Bien necesita del Mal para poder progresar. Ya lo decía William Blake.

Como mis artículos de opinión suelen denotar pesimismo a raudales –lo que hay– y un escaso atisbo de esperanza –mea culpa–, voy a hacer un ímprobo esfuerzo para compensarte, un acto de profunda contrición para que, en la oscuridad reinante de este incierto presente, puedas ver la luz de las estrellas en su más esplendoroso fulgor. Querer es poder.

Reconozco que es difícil, pero voy a probar suerte. Para ello, nadaré contra la corriente alejándome de la costa lo antes posible en una intensa búsqueda de señales que me conduzcan a la esperanza o a los nuevos horizontes –que diría Faulkner– acompañado del coraje y valor necesarios para perder de vista las tinieblas de tierra firme.

Y como el que no se consuela es porque no quiere, te recuerdo que cualquier alma que se ha aproximado al lado oscuro de la vida puede rectificar, recuperarse y resurgir gracias al hallazgo de la luz perdida en la cercanía de desdichas y adversidades varias. Senderos hay muchos, el caso es dar con el que te brinde la posibilidad de resarcirte, de entregarte y, con responsabilidad, exhibir estrategias, fórmulas y herramientas que produzcan el positivo contagio de los que te rodean.

Por eso, en mi afán de no "traicionar" a Tolkien, tampoco quiero pecar de deslealtad desapareciendo cuando vienen mal dadas sin tomar la decisión de qué hacer con el tiempo que se nos ha dadoCarpe diem y, a la amenaza de Saruman de no dejar rastro de vida ni amanecer para los hombres, corramos un tupido velo.

Acabados los antecedentes, me centro en lo de la esperanza, en forzar tu reflexión, una sonrisa como refuerzo emocional y, atento observador, me quedo con el alegre y espontáneo "buenos días" de Joel y Yasmín, de cinco y tres años de edad, al conductor del bus cuando, a las 7.45 a.m., suben con su madre al 54 en la parada de Nueva Numancia en la Avenida de la Albufera. 

O, por otro lado, cuando, cinco minutos antes, Fabiola ha retirado su mascarilla antes de la llegada del 57 para, en compañía de su madre, mostrar la rotundidad de su convencida sonrisa antes de mutuamente desearnos un buen día. Tantas coincidencias en la misma parada de la Avenida Ciudad de Barcelona nos han conducido a un deseo de éxito compartido en ese preciso momento en el que el día se despereza para ofrecernos las primeras luces.

O, también, cuando un miércoles cualquiera visito a Esteban, tetrapléjico tras accidente con cincuenta tacos a sus espaldas y en su silla de ruedas, en el Edificio Tecnológico de mi instituto para que me dé novedades del curso, de su progreso, de ese ciclo formativo de grado medio en el que, por mantener ocupada su mente, se ha enrolado para ampliar sus conocimientos de medio siglo en compañía de imberbes alumnos de dieciséis años. El saber no ocupa lugar, dice, y agradece las eternas ganas y permanente ilusión de disfrutar de la vida en su centro adaptado, con su chica o al hablar cada noche con su hija para, orgulloso, saber de su progreso en el curro del aeropuerto. Su existencia vital es superlativa como la de la madre de Pepi, una antigua vecina, que, erguida y con paso firme, entra en el portal del edificio tras el paseo vespertino no sin antes recordarme que el próximo 11 de febrero cumple 99 años. ¡Quién lo diría!

Son tantos los casos y tantas las muestras que abarcamos, tantos los frentes abiertos, tantas las opciones de brindar ese espíritu de servicio a tres, cuatro o cinco bandas con trabajo, causas, aficiones, compras, cometidos y siendo los pies y manos de tanta gente de tu entorno limitada o dependiente, esperanzada con tu gesto, tu presencia, tu disponibilidad o, simple y llanamente, contigo mismo.

Es ahí donde, a título personal, radica la satisfacción de la atención a los demás, desfavorecidos o no, con necesidades de uno u otro tipo, con la imperiosa urgencia de que, como Juana, avive los recuerdos personales de un pasado de inolvidables valores al responder con un enérgico "servidora", que me llega al alma, a la llamada del enfermero antes de que la doctora le invite a pasar a su consulta de aparato digestivo en la sala 203 del Centro de Especialidades de Peña Prieta, junto al Puente de Vallecas.

De eso se trata, de servir para servir. Como Edward, el taxista nigeriano que, rebosando optimismo desde que inicia la carrera una madrugada cualquiera, te lleva a casa apuntando los males de la sociedad, de los que vienen de fuera o los que somos de aquí, de las debilidades e incongruencias del sistema del que, riéndose, se olvidará cuando suelte el taxi a las cuatro de la mañana y se vaya al gimnasio para "relajarse" soltando el lastre de una dura jornada en su vehículo. Como los ritmos de nuestra cotidianidad y nuestro tiempo, el suyo vital anda algo cambiado, pero se ha adaptado a ese turno y a un horario de gimnasio full-time que le permite cambiar el chip a horas intempestivas. Quiere estar activo y tener la suficiente tensión para vivir con ilusión y disponer del tiempo a su antojo y con la eterna gratitud de, alegre y extrovertido, poder ofrecer su servicio nocturno por las calles de un Madrid que, como la sociedad, duerme.

Es cuestión de seguridad, de desahogo, de esperanza, de convicciones, de encontrar la dicha entre nuestros asuntos cotidianos y, como escribiría Alejandro Dumas en El Conde de Montecristo, aguardar con confianza para que nuestro tránsito existencial sea lo más agradable posible hasta que Él nos llame y resuelva todas nuestras dudas: "En cuanto a vos, Morrel, he aquí el secreto de mi conducta. No hay ventura ni desgracia en el mundo, sino la comparación de un estado con otro, he ahí todo. Sólo el que ha experimentado el colmo del infortunio puede sentir la felicidad suprema. Es preciso haber querido morir, amigo mío, para saber cuan buena y hermosa es la vida. Vivid, pues, y sed dichosos, hijos queridos de mi corazón, y no olvidéis nunca que hasta el día en que Dios se digne descifrar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!".

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