Religión en Libertad

El cura que nunca dejó de comunicar: 60 años entre el altar y el diario

Antonio Gil Moreno celebra 60 años de sacerdocio y más de medio siglo de periodismo, dos vocaciones que ha vivido como un único servicio. Ha sabido unir fe y palabra, altar y redacción, Iglesia y sociedad.

Antonio Gil celebra seis décadas de ministerio sacerdotal y más de medio siglo dedicado a la comunicación.Antonio Gil.

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Sesenta años dan para mucho. Para celebrar, para agradecer y, sobre todo, para contar. Antonio Gil Moreno, sacerdote cordobés y periodista vocacional, acaba de cumplir seis décadas de ministerio sacerdotal y más de medio siglo dedicado a la comunicación, dos caminos que ha sabido recorrer en paralelo con naturalidad, pasión y coherencia.

Cura de parroquia, hombre de curia, delegado diocesano de Medios de Comunicación durante más de treinta años y periodista de raza, su firma y su voz han estado presentes en algunos de los momentos clave de la Iglesia y de la sociedad cordobesa —y española— de las últimas décadas.

Redactor y subdirector del diario Córdoba, corresponsal de medios nacionales y alma inquieta, Gil Moreno ha vivido su vocación como servicio, dentro y fuera del templo.

En esta entrevista, a corazón abierto y sin prisas, repasa recuerdos, convicciones, descubrimientos y lecciones de vida con la serenidad de quien mira atrás sin nostalgia y hacia delante con esperanza.

- Don Antonio, “60 años de sacerdote y de periodista nos contemplan…”. ¿Qué se siente por dentro y por fuera?

- Por dentro, un gozo inmenso y una gratitud infinita a Dios, Padre de ternuras y bondades. Por fuera, la sonrisa de alma en el semblante y la satisfacción de la misión cumplida.

-Lo dice como si todo hubiera sido fácil…

-Y lo ha sido. Dios es fácil, si nos abrirnos a su Palabra, si escuchamos su voz y sus susurros, si percibimos su presencia, sus dones y sus gracias, si le pedimos perdón por nuestras sombras, por nuestros pasos equivocados…

-¿Cómo surgió su vocación sacerdotal?

-Por contagio, en mi infancia. Yo quería ser como el cura de mi pueblo, Hinojosa del Duque (Córdoba), como aquel sacerdote infatigable que predicaba muy bien. Comencé a imitarle en sus sermones, y en sus catequesis, me fascinaba su palabra. Me preparé e ingresé en el Seminario Conciliar de san Pelagio, de Córdoba, que dirigían, entonces, los PP. Jesuitas (Compañía de Jesús).

-¿Y su vocación periodística?

-Durante los años de seminarista. Me gustaba la comunicación oral y escrita. Escribía en la revista “Tu Seminario” y ya en los años de Filosofía y Teología, escribí también alguna crónica para “Signo”, el periódico de los jóvenes de Acción Católica. Asimismo, en un semanario, El Cronista del Valle, de la localidad cordobesa de Pozoblanco.

Antonio Gil fue ordenado presbítero por el entonces obispo de la Diócesis, monseñor Fernández-Conde, el día 20 de junio de 1965.Antonio Gil.

-¿Lemas de su vida?

-Desde muy joven, el que nos dejó María, en las bodas de Caná refiriéndose a su Hijo Jesús: “Haced lo que Él os diga”. Las palabras que nos dijo un padre espiritual en el Seminario: “Hacer, primero lo importante, y después, lo urgente”.

Asimismo, el lema que tenía el gran filósofo Julián Marías: “Que por mí no quede”, lema que ponía en práctica siempre que le pedían alguna conferencia o algún articulo periodístico.

-¿Claves en su formación para el sacerdocio?

-Durante mis años de formación en el Seminario, viví claves importantes: Primero, los ideales de construir un mundo mejor, por más humano y por más cristiano; segundo, una ilusión desbordante, junto a nuestras grandes inquietudes sociales; tercero, contemplar el sacerdocio, sintiéndonos y preparándonos para ser Cristos vivos en la sociedad de nuestro tiempo.

-¿Vivió crisis, momentos de oscuridad, “problemas en la comunicación con los demás…?”

-No, la verdad es que el ambiente del Seminario de Córdoba, llevado por los jesuitas, era un ambiente uniforme, muy disciplinado como lo era el país en aquellos años. Contábamos con los formadores, los profesores y los directores espirituales. Pasábamos el curso académico entero, sin ir a casa, sin vacaciones ni en Navidad, ni en Semana Santa, sólo en los meses de verano.

-¿Y no hay algún descubrimiento especial durante tu formación teológica?

-Bueno, sí. Hay un descubrimiento muy importante: Descubro la presencia de Dios, su mano milagrosa, su providencia, en mi vida y en mi corazón. Sobre todo, en el último verano, en el año 1964, cuando viajo a Burgos, en auto-stop, para asistir a la Semana de Misionología. De vuelta, ya vestido de sotana, con la coronilla, tras haber sido ordenado de sub-diácono, me recoge en su coche, en la carretera, un matrimonio, cuyo gesto conmigo no olvidaré en mi vida. Llegamos a Madrid, me invitaron a alojarme en su casa, salimos a cenar a un famoso restaurante… ¡Alucinaba! Al otro día, al despedirme me quedé con su teléfono… ¡Me di cuenta de que todo era providencial, porque, pasados después algunos años, aquel hombre cambió mi vida, tanto cuando estaba de gobernador civil en Segovia, como cuando ostentaba el cargo de Director General de Radiodifusión y Televisión! Su nombre: Adolfo Suárez.

-¿Sus recuerdos más importantes?

-Mi ordenación sacerdotal y la celebración de mi Primera Misa. En mi ordenación, guardo con especial emoción y unción el momento en que mi madre querida “ata mis manos” con una cinta blanca bordada con letras doradas, tras ser ungidas por el obispo de Córdoba, monseñor Manuel Fernández-Conde. Y aquellas hermosas palabras que le dirigió el maestro de ceremonias, el canónigo don Antonio García Laguna: “Señor, bese usted sus manos que están consagradas”. De mi Primera Misa, unas palabras del orador sagrado, don Juan Jurado Ruiz, entonces, Vicario General de la Diócesis, tras ensalzar la grandeza del sacerdocio, dirigiéndose a mí, al “misacantano”: “Todos seguimos al Cordero, pero hoy el Cordero te seguirá a ti”.

-¿Cómo se sentía de cura?

-Desde el primer instante, uno siente los poderes sacerdotales, en la celebración de la Eucaristía y en la administración del sacramento de la penitencia. En aquella época, el sacerdote recibía por la calle a la gente que se acercaba a besarle la mano, gesto que se fue perdiendo después del Concilio, al igual que fue desapareciendo también la sotana. Poco a poco, en los años finales de la década de los sesenta fue llegando una fuerte crisis, con la disminución de las vocaciones y la ausencia de seminaristas en los Seminarios. En los años setenta comienzan con fuerza las secularizaciones de muchos sacerdotes.

-¿Cómo viviste esa secularización?

-Más que vivirla, la fui conociendo por dentro y por fuera. Fui testigo en los “Expedientes” de secularización de cuatro compañeros sacerdotes, con pena y con dolor. Ciertamente eran situaciones nuevas, no conocidas, ni vividas, hasta que se presentaron por sorpresa… Quizá en aquellos momentos, yo me encontraba un poco al margen de la problemática del clero, al pertenecer a la Curia diocesana y al estar muy metido en los Medios de Comunicación. Fueron también algunos de esos años, en los que estuve desvinculado pastoralmente de la diócesis, por pertenecer al Cuerpo Castrense.

-Y ¿qué me dice de su vocación periodística?

-¡Espléndida! Realicé la carrera en la Escuela Oficial de Periodismo, de Madrid; entré a trabajar, en “profesión civil” en el periódico “Córdoba”, -periódico del que posteriormente, ya con el Grupo Zeta, fui diez años Subdirector-, compaginándolo todo con el nombramiento de delegado diocesano de Medios de Comunicación Social, durante 33 años, en cinco pontificados: Monseñor Fernández-Conde, monseñor Cirarda, monseñor Infantes Florido; monseñor Javier Martínez y monseñor Juan José Asenjo. Asimismo, fui durante muchos años, corresponsal del diario “Ya”; de la Agencia Logos; del diario “La Vanguardia”; en la época Horacio Sáenz Guerrero, como director; de la revista “Ecclesia”, y colaborador de la revista “Vida Nueva” y de “Alfa y Omega”. En el pontificado de monseñor Infantes Florido, fundamos el primer periódico de información religiosa en nuestra Comunidad Autónoma, -“Iglesia en Andalucía”, de la mano de “Catalunya Cristiana” y de su fundador y director, Joan Jarque, a quien recordaré siempre.

-Dejamos atrás los recuerdos… ¿Cuál es su visión del mundo actual?

-Desde la orilla de la fe, contemplo el mundo y la humanidad con sentido trascendente, en esa lucha “eterna” entre las fuerza del bien y las fuerzas del mal. Me viene a la memoria una de las frases más famosas de Albert Camus, al menos para mí: “En la vida hay una forma segura de equivocarnos y es haciendo daño a los demás”. Esta frase “comprende y aúna admirablemente la Teología Moral”. Por eso, la esencia del pecado es el escándalo, según el Evangelio, “el daño, la destrucción, la muerte” (de la Naturaleza, de las personas, de nosotros mismos).

-¿Soluciones para los grandes problemas?

-Tres palabras: Encuentros, diálogos, soluciones eficaces.

-¿Cuál es, a su juicio, la mejor "actitud" para vivir un cristianismo auténtico?

-La que nos dejó san Agustín: "Confía el pasado a la misericordia de Dios, el presente a su amor, el futuro a su providencia".

-¿Con qué cinco títulos te quedarías?
  • Vida y Misterio de Jesús de Nazaret”, de José Luis Martin Descalzo.
  • Cristo de nuevo crucificado”, de Nikos Kazantzakis.
  • Diario de un cura rural”, de George Bernanos.
  • Oraciones para rezar por la calle”, de Michel Quoist.
  • Supercomunicadores”, de Aurora Michavila. (Me encanta el lema de la autora: “Habla claro, defiende tus ideas y sé siempre tú”).
-¿Qué consejo daría a los “ciudadanos de a pie”, a la “gente corriente…”?

-Le daría el mismo consejo que daba San Anselmo de Canterbury: “Ea, hombre sencillo, deja un momento tus ocupaciones habituales, entra un instante en ti mismo, lejos de tus pensamientos. Arroja fuera de ti las preocupaciones agobiantes; aparta de ti tus inquietudes trabajosas. Dedica algún rato a Dios y descansa siquiera un momento en su presencia”.

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