Viernes, 17 de septiembre de 2021

Religión en Libertad

Las tres enfermeras de Somiedo ya son beatas: «La posibilidad del martirio está siempre presente»

El cardenal Semeraro presidió la beatificación de las tres enfermeras mártires
El cardenal Semeraro presidió la beatificación de las tres enfermeras mártires

ReL

Este sábado 29 de mayo se ha celebrado en la catedral de Astorga las beatificaciones de las tres enfermas mártires de Somiedo asesinadas en 1936 por odio a la fe. Se trata de María Pilar Gullón Yturriaga, Olga Perez Monteserín Núñez y Octavia Iglesias Blanco.

La Eucaristía estuvo presidida por el cardenal Marcello Semeraro, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, que en su homilía destacó la caridad que mostraron en su vida las tres nuevas beatas, que nunca dudaron de donar su vida por los enfermos y sufrientes.

“Todos somos débiles”, y lo eran “también nuestras hermanas”, afirmó el cardenal al inicio de su homilía, recordando a continuación las palabras que el Señor repitió a sus discípulos y que nos repite también a nosotros, porque sabe que lo necesitamos: ¡No temáis, no tengáis miedo!

Tal y como recoge Vatican News, el prefecto vaticano dijo desde Astorga que “nuestra sociedad está marcada por el temor” y que “el verdadero problema para nosotros es cuando el miedo determina nuestras elecciones o cuando nos hace desistir de nuestras convicciones; cuando nos bloquea en nuestras relaciones con los demás y también con Dios”.

“Citando la palabra del Señor: No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma", San Agustín afirmó que los apóstoles, para que no cedieran por su frialdad al temor, estaban abrasados en el fuego de la caridad”, recordó el prelado, indicando que el camino para superar el temor es la caridad.

Pilar Gullón Yturriaga, Olga Perez Monteserín Núñez y Octavia Iglesias Blanco ya son beatas

“Es el camino que recorrieron los mártires y es el camino que siempre está abierto para nosotros. No sólo en las situaciones dramáticas, sino también en las más ordinarias; no sólo para aquellos miedos que pueden derivarse de las amenazas de los hombres, sino también para los que están vinculados a nuestra condición humana y a las emergencias que suceden en la vida.”

A continuación, monseñor Semeraro se refirió a la situación de miedo determinada en este momento por la pandemia y recordó que el camino a seguir indicado por el Papa, es siempre el de la caridad: “Nuestro Dios es cercano y nos pide que estemos cerca unos de otros, no que nos alejemos unos de otros. Y en este momento de crisis por la pandemia que estamos viviendo, esta cercanía nos pide que la manifestemos más, que la mostremos más. No podemos, quizás, acercarnos físicamente por miedo al contagio, pero sí, podemos despertar en nosotros una actitud de cercanía entre nosotros: con la oración, con la ayuda, muchas formas de cercanía. ¿Y por qué deberíamos estar cerca el uno del otro? Porque nuestro Dios está cerca, quiso acompañarnos en la vida. Es el Dios de la cercanía. Por eso no somos personas aisladas: estamos cerca, porque la herencia que hemos recibido del Señor es la cercanía, es decir, el gesto de cercanía (Homilía en Santa Marta, 18 de marzo de 2020)”.

El prefecto para la Congregación para las Causas de los Santos señaló que también las tres beatas, para no bloquearse por el temor, “ardían también en el fuego de la caridad”. “Las tres jóvenes laicas Pilar, Olga y Octavia ya habían emprendido el camino de la caridad, alimentando su vida cristiana ‘ordinaria’ con la actividad apostólica. Cuando más tarde eligieron trabajar como enfermeras en la Cruz Roja aquí en Astorga, encauzaron su vocación laica por este camino hasta el martirio, el testimonio supremo de amor por Cristo”, añadió el cardenal Semeraro.

Asimismo, recordó que “no podemos ser discípulos de Jesús evitando los conflictos, quizás contratando seguros de vida”. “La posibilidad del martirio está siempre presente en la vida de los cristianos. Así fue para nuestras Beatas”, agregó, citando palabras del Obispo de Astorga en la carta pastoral en preparación de esta beatificación.

Así fueron y vivieron las tres nuevas beatas, según los perfiles que ha preparado de cada una la diócesis de Astorga:

María Pilar Guyón

María Pilar fue la primogénita de cuatro hijos del abogado y político Manuel Gullón García Prieto y de María Pilar Iturriaga Blanco. Aunque tenían su residencia habitual en Madrid, veraneaban siempre en Astorga, donde se encontraba Pilín —como cariñosamente le llamaban en familia— cuando estalló en 1936 la Guerra Civil española.

Nació en Madrid el 29 de mayo de 1911 y fue bautizada el 28 de junio de ese mismo año en la madrileña Real iglesia parroquial de San Ginés de Arlés recibiendo los nombres de María del Pilar Peregrina Matea Maximina.

La religiosidad de su familia favoreció en ella un crecimiento espiritual armonioso, comprometiéndose en la colaboración asidua en la parroquia y en varios servicios de carácter social, lo que hoy llamaríamos voluntariado; lo había aprendido pues en familia, ya que su madre y su abuela materna ocupaban cargos en la sección de señoras de la Cruz Roja de Astorga.

El 17 de diciembre de 1931 murió su padre, al que Pilar, que no se había casado y se dedicaba a los trabajos domésticos, había cuidado con esmero, permaneciendo con su madre, con la que se trasladó el 16 de julio de 1936, la vigilia del inicio de la Guerra civil, a Astorga, considerando esta ciudad un lugar más seguro, vistas las agitaciones públicas y las hostilidades cada vez más amenazadoras que se prospectaban en la capital.

 Como el conflicto se alargaba y el número de bajas y heridos iba en aumento, el presidente de la Cruz Roja de Astorga solicitó que se pudiese celebrar un curso de damas enfermeras. Al saber de la necesidad de enfermeras que pudiesen auxiliar a los soldados heridos, y ante la publicitación a mediados de agosto de estos cursos rápidos e intensivos de primeros auxilios y cuidados de enfermería ofrecidos por la Cruz Roja, Pilar decidió matricularse junto con su hermana María del Carmen, su prima Octavia, y su amiga Olga, entre otras. La finalidad principal que les movía era servir de socorro y alivio de manera altruista a quien lo pudiera necesitar en las terribles circunstancias de la guerra.

Después de realizar este curso intensivo con las correspondientes prácticas, a las tres jóvenes se les presentó la posibilidad de ser útiles en el mismo campo de batalla. María Pilar tenía 25 años cuando entregó su vida en el martirio.

Olga Pérez-Monteserín

Olga nació en París el 16 de marzo de 1913. Era hija del famoso pintor Demetrio Pérez-Monteserín y González Blanco y Carmen Núñez Goy, que se habían casado en Astorga en el año 1907. Olga fue la segunda de los tres hijos del matrimonio.

Fue bautizada el 5 de julio de 1913 en la parroquia parisina dedicada a San Francisco Javier de las Misiones Extranjeras (iglesia muy popular que hoy custodia las reliquias de santa Magdalena Sofía Barat).

Tenía siete años cuando toda la familia se instaló de nuevo y definitivamente en Astorga; su padre se había sentido siempre muy ligado a esta ciudad, donde vivió gran parte de su vida, ya que había llegado a ella siendo niño desde Villafranca del Bierzo (León), pues su padre había obtenido allí la plaza de interventor municipal.

Olga tampoco se casó, y por influencia de su padre se interesaba de artes plásticas y la pintura, un estímulo hacia el arte, la belleza y la vida. Astorga, en particular en aquel tiempo, cultivaba las artes y las letras de un modo intenso y singular.

El ambiente de los Pérez-Monteserín no era tan profundamente religioso como el de Pilar y Octavia; pero, sin duda alguna, era una familia católica. A Olga la recuerdan aún sus familiares como una joven alegre, positiva, siempre sonriente: en la alegría y en el arte habían basado sus padres la educación que dieron a sus hijos. Tenía 23 años cuando fue martirizada.

Octavia Iglesias

Octavia era hija de Indalecio Iglesias Barrios y de Julia Blanco Téllez, prima de la madre de María Pilar. Octavia nació en Astorga el 30 de noviembre de 1894, y en esta ciudad vivió en el seno de una familia de alto nivel social. Recibió el bautismo el 9 de diciembre del mismo año en la parroquia de San Julián y le fueron impuestos los nombres de Octavia Petra Andrea.

Dedicó gran parte de su tiempo a cuidar a su padre anciano y enfermo, y después a su madre, en un ambiente familiar muy religioso, de verdaderos santos, como recuerdan quienes la conocieron. Su familia tenía efectivamente fama de virtud y de grandes obras apostólicas, entre las cuales cabe destacar la Fundación de las Madres Redentoristas en la ciudad de Astorga: a la construcción del convento de clausura Nuestra Señora del Perpetuo Socorro había dado su madre todos sus haberes y herencia, y en él se consagró a Dios y vivió hasta su muerte su hermana María del Carmen.

Octavia sufrió represiones y multas por su activa participación en obras apostólicas de la Iglesia. Formó parte de la Acción Católica, de la Asociación de las Hijas de María y del Corazón de Jesús, asociaciones interparroquiales de Astorga; era catequista y con una amiga visitaba los barrios necesitados de la ciudad. Frecuentaba todas las devociones populares y era una auténtica apóstol, dedicada a su madre y a los demás.

Como Pilar, tampoco Octavia se casó, dedicándose a la casa y a la asistencia de los padres. De las tres mártires, Octavia era la mayor y destacaba por su gran sensatez y vida de piedad. Tenía 41 años cuando murió mártir.

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