Miércoles, 19 de junio de 2019

Religión en Libertad

Rémi Brague, experto en filosofía e historia del pensamiento, publica «Sobre la religión»

«Muchos hablan de las religiones, juntándolas todas en el mismo saco, o cubo de la basura»

Rémi Brague denuncia el laicismo que manipula la historia y no distingue entre religiones
Rémi Brague denuncia el laicismo que manipula la historia y no distingue entre religiones

ReL

El filósofo francés Rémi Brague es un reconocido experto en la historia del pensamiento medieval cristiano, árabe y judío y un explorador crítico con el pensamiento moderno y sus utopías fracasadas. Ha denunciado en varias ocasiones que cuando se expulsa al Dios cristiano, llegan ídolos sanguinarios que piden sacrificios humanos. Fue ganador del Premio Ratzinger 2012 y su último libro en español es El reino del hombre. Génesis y fracaso del proyecto moderno (Encuentro).

En francés acaba de publicar un nuevo trabajo, "Sobre la religión" (Sur la religion), sabiendo que muchos de sus lectores en Francia no han crecido en familias cristianas. En Avvenire, el periódico propiedad de los obispos italianos, le entrevistan y él, a sus 71 años, se muestra rotundo: le fastidia la ambigüedad tramposa de los que meten todas las religiones en el mismo saco.

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- ¿Por qué decidió escribir una obra sobre la religión en general?

- Por un cierto fastidio a causa del modo en que se emplea, como algo banal, este término extraordinariamente ambiguo. Muchos dicen “las religiones” metiéndolas todas en el mismo saco, a menudo en el mismo cubo de basura. He optado por un título plano porque quería reconsiderar completamente esta noción, planteando preguntas sencillas: ¿de dónde proviene la palabra y su uso?, ¿pertenece al pasado, o estamos en cambio ante la aparición continua de nuevos ídolos, aún más sanguinarios que todos los de antaño?, ¿qué relación tienen las religiones con el derecho, la política, la violencia?

- Sus tesis sobre las raíces cristianas de Europa, expuestas hace más de un siglo, se acogen ahora más favorablemente, incluso fuera del mundo católico y cristiano. ¿Es otro pequeño signo de una reflexión que, de un modo u otro, se abre paso en los países europeos?

- Esas tesis me permitieron salir del microcosmos académico. Me alegra poder ayudar a reflexionar sobre el significado de Europa, que es mucho más antigua y profunda que la UE. Europa bebe de fuentes culturales (prefiero esta metáfora a la de las “raíces”) que son un tesoro. Sería estúpido desprenderse de ellas. Todavía seguimos viviendo gracias a estas fuentes.

- En nuestra época, marcada por las preocupaciones ecológicas, ¿las religiones siguen siendo el fundamento más sólido para legitimar nuestro llamamiento a la existencia de las generaciones futuras?

- Realmente no veo otro. Los que hablan de “trascendencia horizontal” y nos ofrecen una versión precocinada del viejo mito del progreso no saben lo que dicen. El porvenir, las generaciones futuras, dependen de nuestra voluntad. ¿Cómo podría trascendernos lo que depende de nosotros? Las generaciones futuras existirán si decidimos ahora llamarlas a existir. Pero ciertamente no podemos pedirles su opinión, ni podemos estar totalmente seguros de que serán felices. Solo tenemos derecho a hacerlas nacer si la vida es un bien, un bien sólido y un bien en sí mismo. ¿Cómo afirmarlo si no creemos que todo lo que existe ha sido creado por un Dios bueno?

- En Francia, y fuera de ella, los ámbitos laicistas suelen agitar los fantasmas de las guerras de religión. ¿Estas críticas o miedos tienen un fundamento concreto en la Europa actual?

- Francia es un país que, después de dos siglos de relativa paz civil, sacudida por revueltas rurales, probó la sangre durante la revolución y no la perdió después, como vimos con la represión y la resistencia que siguió a las purgas de la posguerra. Hay una cierta ironía en el hecho de que los defensores de una laicidad militante, y por tanto guerrillera, quieran causar molestias a los creyentes evocando violencias pasadas. Además, imputándolas a la religión y olvidando el contexto que envenenó las diferencias religiosas, es decir, el nacimiento del estado moderno y su política secularizada, con Maquiavelo o Hobbes.

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- A propósito de la presencia demográficamente considerable de creyentes musulmanes en las sociedades europeas, ¿cuáles son las cuestiones más urgentes que los poderes públicos se deberían plantear?

Ante todo, tendrían que preguntarse si el dinamismo demográfico de los musulmanes no es una actitud sana y nuestro rechazo a la vida es en cambio una especie de enfermedad. El vacío de nuestras sociedades, antaño cristianas, pide quien lo supla. En Francia, un organismo estatal como el Instituto Nacional de Estudios Demográficos (INED), fundado en 1945 para promover políticas que animaran a la natalidad, hoy sostiene la necesidad de la inmigración. Una pregunta saludable sería hasta qué punto las personas que vienen de países sometidos al islam querrían aceptar las reglas en vigor en nuestros países. Hay que plantear estas preguntas con claridad y dejar de promover medidas llamadas de “alcance social” como el matrimonio homosexual, el aborto, la eutanasia, el vientre de alquiler, que impactan a los musulmanes. Y que les empujan en brazos de aquellos que, en el mundo musulmán, afirman que Occidente está podrido.

- El filósofo Jean-Luc Marion ha publicado recientemente una “breve apología” del catolicismo. ¿Es necesaria?

- Con la palabra “apología”, mi viejo amigo Jean-Luc quiere sumarse a la segunda generación de los padres de la Iglesia. Entonces se trataba de responder a las calumnias con que el poder romano trataba de justificar las persecuciones. Ahora, al menos en Europa, las persecuciones no son violentas. En otros lugares sí, aunque de eso no se quiere hablar mucho. Aquí por el momento es más suave, actúan indirectamente, mediante burlas y risas, mediante el silencio y el rechazo a difundir lo que decimos, mediante la negativa a dejar espacio a alguien que pueda ser percibido como “demasiado católico”, así que habrá que ser el doble de valientes que los demás para poder conseguirlo. Dicho esto, nosotros no defendemos a los católicos sino la fe católica, que no es lo mismo. ¿Quién tendrá que hacerlo? ¡Quien quiera! Que se hable y se escriba, de la manera más inteligente y convincente posible. Luego, saber si seremos escuchados evidentemente es otra cuestión. 

Lea también: ¿Cuántas guerras han tenido una causa religiosa?


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