Religión en Libertad

El ego acreditado: crónica preventiva de un viaje papal con demasiados micrófonos

En las semanas previas al viaje, lo único verdaderamente razonable que uno puede hacer es rezar para no convertirse en eso: en un cazador de proximidad disfrazado de periodista espiritual

¡HOLA! publica un especial con motivo de la visita del Papa León XIV a España

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Hay una tentación que siempre reaparece en los grandes acontecimientos de la Iglesia, pero que durante el próximo viaje del Papa a España alcanzará una intensidad casi sacramental: la de olvidarse del centro para obsesionarse con el encuadre. Y no hablo solamente del encuadre fotográfico, sino del otro, más sofisticado y mucho más peligroso: el del ego profesional disfrazado de misión informativa.

Ya lo veo venir.

Y lo digo con la honestidad de quien sabe perfectamente que también puede caer ahí. Porque el ego en el periodismo religioso no suele presentarse como vanidad vulgar. No entra diciendo “quiero protagonismo”. Eso sería demasiado evidente. El ego eclesial es más fino, más educado, casi devoto. Se disfraza de celo apostólico, de amor a la información, de necesidad pastoral y hasta de supuesto servicio a la verdad.

“Es importante que esté bien colocado.”

“Necesitamos una buena imagen.”

“Hay que contar esto desde dentro.”

Y así, entre frases aparentemente nobles, uno empieza a notar cómo el alma se desplaza lentamente desde el acontecimiento… hacia sí mismo.

En las semanas previas al viaje, lo único verdaderamente razonable que uno puede hacer es rezar para no convertirse en eso: en un cazador de proximidad disfrazado de periodista espiritual. Porque llegará el momento en que más de 3.000 periodistas acreditados conviviremos en una especie de Juegos Olímpicos del acceso privilegiado: periodistas católicos, generalistas, enviados especiales, freelancers, comunicadores digitales y, con especial visibilidad este año, los llamados “misioneros digitales”.

Y aquí empieza la ironía: no es la mezcla lo que desordena todo, sino lo que cada uno cree que viene a buscar dentro de ella.

La iniciativa del Dicasterio para la Comunicación de la Santa Sede merece algo poco habitual en este ecosistema: reconocimiento sin reservas. Porque han hecho algo difícil en tiempos fáciles de simplificación: tomarse en serio la complejidad. Han entendido que la comunicación de la Iglesia ya no puede pensarse como un altavoz unidireccional, sino como un ecosistema donde conviven medios tradicionales, plataformas digitales, narradores independientes y nuevas formas de presencia pública. Y, sobre todo, han comprendido algo decisivo: que la Iglesia no compite en velocidad con las redes sociales, sino en sentido.

No se trata de gritar más fuerte, sino de no perder el significado mientras todos gritan.

Por eso la apertura a perfiles como los llamados “misioneros digitales” no es un gesto improvisado ni una concesión a la moda, sino el reconocimiento de una realidad incómoda: hoy el mensaje circula en lugares donde antes no llegaba nadie, y a velocidades donde antes no sobrevivía nada.

El problema es que cuando se amplía el espacio, no siempre se amplía la madurez.

Y ahí aparece uno de los fenómenos más interesantes —y más incómodos— de nuestro tiempo: el intrusismo en el periodismo.

Porque no todo el que transmite información informa.

No todo el que comenta un acontecimiento lo comprende.

Y no todo el que sostiene una cámara sabe lo que está mirando.

El problema no es la tecnología —que ha democratizado la comunicación de forma irreversible—, sino la confusión entre acceso y oficio. Hoy cualquiera puede emitir, narrar, opinar o difundir. Pero eso no convierte automáticamente a nadie en periodista, del mismo modo que tener un bisturí no convierte a nadie en cirujano.

El periodismo sigue exigiendo algo incómodo: criterio, contexto, verificación y una disciplina casi invisible, la de no convertirse en protagonista de lo que se está contando.

Pero vivimos en la era del “yo”.

Y eso, en un viaje papal, tiene efectos muy concretos: frases como “necesito una buena imagen”, “quiero grabarlo desde dentro” o “tengo que estar cerca del Papa” empiezan a sonar con naturalidad, como si la cercanía física fuera una categoría informativa o incluso un mérito espiritual.

Y uno no sabe si está cubriendo un acontecimiento eclesial o compitiendo en una gimnasia de acreditaciones.

Pero lo más difícil no será eso.

Lo más difícil seguirá siendo lo interior.

Porque el verdadero campo de batalla no estará en las vallas, ni en los recorridos, ni en las posiciones del pool de prensa, sino en el corazón del periodista que empieza a confundir la importancia del acontecimiento con su propia importancia dentro del acontecimiento.

Y ahí el ego se vuelve especialmente elegante. No dice “quiero ser importante”. Dice algo mucho más sofisticado:

“Esto es importante y yo debo estar en el lugar correcto para contarlo bien.”

Y así, sin apenas notarlo, el servicio se mezcla con la autoafirmación, la vocación con la visibilidad, la misión con la ambición.

Por eso estos días se convierten en un examen silencioso, aunque nadie lo admita en voz alta. Un examen donde la pregunta no es solo qué se está contando, sino desde dónde… y para qué.

Porque se podrá cubrir el viaje del Papa buscando la verdad.

O buscando el mejor plano.

Y la diferencia, aunque parezca mínima, lo cambia todo.

Quizá por eso estos acontecimientos resultan tan reveladores. Porque el Papa llegará hablando de Dios, de la Iglesia, de la fe, del centro. Pero el riesgo será que, entre cables, agendas y acreditaciones, se pierda precisamente eso: el centro.

Y entonces aparece la paradoja más incómoda de todas.

Que un evento pensado para anunciar lo esencial puede terminar convertido en una competición silenciosa por lo accesorio.

No será un problema técnico.

Será un problema del alma.

Y uno, desde una humildad bastante imperfecta pero sincera, solo puede pedir una cosa: que estos días no nos roben lo importante mientras creemos estar contando lo importante.

Porque al final, el verdadero peligro no será no conseguir el mejor encuadre.

Será olvidar lo que se estaba mirando.

Y por eso, más que nunca, el lema del viaje suena menos a frase decorativa y más a advertencia:

“Alzad la mirada”.

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