Religión en Libertad

Miguel Escobar, filósofo, rescata a Tolkien e Hildegarda para enfrentar el ritmo frenético moderno

El especialista y docente aboga por devolver la unidad al hombre y recuperar un modo de vida conforme a los ritmos de la tierra

Tolkien y Santa Hildegarda, las dos figuras que pueden ayudar hoy a reordenar la vida al ritmo de la creación y enfrentar el síndrome del pensamiento acelerado.

Creado:

Actualizado:

Desde finales de 2025, el filósofo, profesor, divulgador y estudioso de Tolkien, la patrística y Santa Hildegarda, Miguel Escobar, se encuentra inmerso en el desarrollo de un pionero y oportuno curso que imparte desde Aula Mucha Vida. Bajo el gran reclamo que promete enseñar a reordenar la vida al ritmo de la creación, este nuevo curso extrae las lecciones de los dos grandes titanes de la cultura y espiritualidad cristiana con un pretencioso objetivo: devolver la naturalidad el día a día en un mundo que parece dedicado a acabar con ella imponiendo un ritmo que en ocasiones es, literalmente, destructivo.

[El sitio web de Aula Mucha Vida ofrece más información sobre el curso Cómo reordenar la vida al ritmo de la creación. Lecciones de Santa Hildegarda y Tolkien]

Conversamos con el profesor sobre cómo reaprender a vivir una vida de forma humana, serena y acorde al fin y naturaleza humanos, sobre las grandes enseñanzas de Tolkien e Hildegarda o sobre algunas medidas de urgencia para enfrentar un sistema que parece contrario a sí mismo.

-Habláis en el curso sobre el ritmo de la creación. ¿Se puede hablar de un ritmo de la anti-creación?

-Así es, existe un ritmo contrario al ritmo de la creación, un ritmo no orgánico que se “emancipa” de la creación, que se forja aparte y que nos desnaturaliza. Es una concepción mecánica del tiempo en el que cada hora, cada minuto y cada segundo están ordenados al fin de la eficacia y el rendimiento, ya sea productivo o de consumo. El ritmo de la máquina es frenético, mientras que el ritmo de la creación, aquel que nos es natural, es lento. Creo, además, como sostiene la socióloga Mary Eberstadt, que el surgimiento de este ritmo antinatural va de la mano de la industrialización, el principal agente de secularización.

-¿Dirías que tiene algo que ver con el ritmo del día a día presente? Son muchos los que dicen que el ritmo actual no es natural...

-Sí, claro. Nuestra percepción del tiempo, aunque es heredera del mecanicismo industrial moderno, ahora ha dado un giro de tuerca más a partir de la revolución digital, que ha favorecido la aparición de las redes sociales y ha hecho que nuestros smartphones se hayan convertido en una especie de prótesis que ya forma parte de nosotros, de la que nos causa verdadero pavor despegarnos, y esto sucede porque percibimos que el modo de conectar con el mundo es, paradójicamente, a través de las pantallas. Este ritmo frenético, un ritmo no cíclico ni en espiral, sino meramente lineal, nos desnaturaliza, ataca nuestro vínculo con la tierra, con Dios y con nosotros mismos en tanto que unidad substancial de cuerpo, alma y espíritu. Nos “cerebraliza,” nos aprisiona en nuestra propia mente.

-España ocupa uno de los primeros puestos en cuanto a consumo de benzodiacepinas en el mundo. ¿Crees que hay relación con el modo de vida moderno?

-La verdad es que, honestamente, no estoy pendiente de las estadísticas ni de los datos respecto a casi ningún tema. Tampoco respecto a este. Pero mi experiencia en el día a día es que veo a la gente ansiosa, mal, y no son pocos los que apuntan a un crecimiento del número de gente que padece distintos tipos de trastornos, entre otros el burnout y el FOMO (fear of missing out).

»Es evidente que el bombardeo constante y el exceso de información nos acaba quemando, y la percepción de que sólo estamos conectados con el mundo a través de los dispositivos móviles hace que tengamos miedo de perdernos algo, porque toda la información nos llega por ahí. De todos modos, esta cuestión no es un problema exclusivo de España, no sólo España es moderna, aunque es verdad que hay aquí cierta obsesión con la modernización.

-Tanto Tolkien como Hildegarda son inseparables de la tierra, ya sea en el universo literario uno, en el día a día e investigaciones de la religiosa... ¿Qué es para ellos la tierra?

-No es una pregunta fácil, pero si tuviera que definir, aunque sea de manera superficial, el modo que tienen de concebir la tierra, yo lo haría del siguiente modo. Para Tolkien, la tierra, no entendida in abstracto sino como paisaje local y concreto, es un personaje más de sus novelas, participa de la historia porque está viva, es parte de la música de Ilúvatar interpretada por los ainur.

»Tolkien sostiene, por tanto, una visión sacramental del cosmos. Por ejemplo, la vida de los elfos, que viven muy vinculados a la tierra, se mueve al son de la liturgia cósmica.

»En el caso de Hildegarda, la tierra es materia, en el sentido de mater, es madre, y no es un mero espacio abstracto en el que se le permite al hombre “actuar,” sino que está viva y está atravesada por la sabiduría de Dios.

»Y, tanto para Tolkien como para Hildegarda, el ser humano se halla en el centro de la creación, la tierra es su medio natural.

-¿Crees que la tierra, en el sentido de posesión de un espacio vital y privado, es intrínseco a la persona, que la persona está hecha para tener raíces, en el sentido más apropiado de la palabra?

-Sí, pero yo ampliaría a la familia como la unidad elemental llamada a echar raíces. La propiedad privada es clave, y Chesterton esto lo sabía muy bien. Para plantar cara de manera efectiva a este ritmo moderno que nos desnaturaliza, al final es necesaria la propiedad privada. Pero la propiedad privada de la tierra, un espacio que permita arraigar, lo que en principio ya excluiría un quinto piso en Alcorcón.

»Un hobbit, con esa sensatez que proviene de la tierra, recelaría de la supuesta posesión de una casa en un planta superior porque tiene su base, aparte de ser compartida por muchos, en una tierra abstracta, no productiva. Es decir, una no-tierra. Chesterton decía que el señor Jones lo que naturalmente deseaba era una casa con un jardín.

[Es posible inscribirse al curso Cómo reordenar la vida al ritmo de la creación desde el portal de Aula Mucha Vida]

-Paradójicamente, ya sea en el afán de ser propietario, o en el de trabajar la tierra como medio de subsistencia, ambas parecen opciones generalmente irrealizables para el común de la población. Algún suspicaz podría pensar que, sistémicamente, no se quiere que los hombres conecten con la tierra.

-Yo podría ser perfectamente ese suspicaz. Sí, no es nada fácil, y en algunos sitios es más difícil que en otros. Sé, no obstante, que muchos lo han hecho y otros muchos lo están intentando. El Catholic Land Movement está ahí, por ejemplo. Los autores del libro The Liturgy of the Land, Jason M. Craig y Thomas D. Van Horn, cuentan su experiencia con el llamado homesteading.

»Nos podemos encontrar con distintas trabas, y algunas de esas trabas no nos las pone el sistema. Una sería la dificultad de adquirir una tierra edificable y que pueda hacerse productiva. Otra es indudablemente la falta de comunidad, esto es clave. Y podría añadirse una más importante aún, porque empieza por uno mismo: la obsesión con la autosuficiencia y la independencia puede llevarnos a fracasar en el primer intento. Hay que ir poco a poco, no es un todo o nada. Las claves son la paciencia, para saber que esto es una carrera de fondo y no se hace de la noche a la mañana, y la pasión por esta vida más natural a la que estamos llamados, para que no volvamos con demasiada facilidad a nuestra moderna y desnaturalizada zona de confort.

-Cambiando de plano, ¿cree que el desapego moderno a la tierra tiene que ver con el ritmo de vida actual?

-Sí, la pérdida de contacto con la tierra nos hace ajenos al ritmo de la tierra, que es lento, que está marcado por el día y la noche, los ciclos lunares, la sucesión de las estaciones, la siembra y la cosecha… En el momento en que perdemos este eje, caemos en un tiempo sin orden que la constante exigencia moderna de rendimiento y de eficiencia lleva al frenesí y al ritmo acelerado que actualmente tenemos.

Miguel Escobar, divulgador y estudioso de Tolkien, la patrística y Santa Hildegarda y profesor del curso "Reordenar la vida al ritmo de la creación".Aula Mucha Vida.

-Muchos consideran que lo que prima actualmente son las identidades líquidas, aunque últimamente se ve un auge identitario. ¿Dónde se encontraba, según Tolkien e Hildegarda, la identidad?

-Zygmunt Bauman es un autor muy perspicaz, ha visto de manera brillante que en nuestra época vivimos en un mundo líquido. Respecto al auge identitario, la verdad es que no sabría cómo diagnosticarlo. Es probable que surja de una reacción ante tanto cambio. Miramos no muy atrás y vemos que el mundo en el que crecimos era muy distinto, que ese mundo se está desmoronando. Es posible que las reacciones ligadas al nacionalismo tengan más que ver con un apego sentimental a un determinado actor geopolítico. Tolkien no apuntaba al actor geopolítico, sino a la Comarca, a la “patria chica,” e Hildegarda podría haberse sentido tan unida al valle del Rin como los hobbits a la Comarca.

-En el curso se abordan como personajes en cierta forma complementarios. ¿Qué rasgo común se puede extraer de ambos?

-Tanto Tolkien como Hildegarda, eran fervientes católicos, lo que hacía que tuvieran el ancla echada en la Trinidad, pero me atrevería a decir que no entendían este vínculo como un desapego de la realidad circundante, sino precisamente a partir de la recepción del medio local como un regalo precioso de Dios.

- ¿Y qué los diferencia?

-Pues creo que la identidad de Tolkien tendría que ver con su papel de esposo, padre y abuelo, mientras que la de Hildegarda estaría obviamente ligada a su papel como monja y abadesa. Además, no es lo mismo vivir en el siglo XII, el mundo medieval en el que se empieza a virar hacia la modernidad como Hildegarda bien supo entrever, que en el siglo XX, y además marcado por la guerra. El mundo en que viven y la experiencia vivida forman parte de su identidad.

-Si el hombre de hoy, con una vida frenética, desarraigado y urbanizado, tuviese que responder a la pregunta de quién es, ¿qué le dirían Tolkien e Hildegarda?

-Esta es una buena pregunta. Creo que le dirían que es una creación de Dios, que lo que es no está despegado de lo que el mundo moderno, que todo lo fragmenta, llama “circunstancia” o mero “accidente.” Esta conciencia llevaría a entender que él es también su cuerpo, su cultura, su tradición, y evidentemente también su conexión local con la tierra. Porque, como dice Hildegarda, estamos hechos del barro de la tierra con gran gloria y estamos tan unidos a la creación, que no podemos separarnos de ella.

-Tolkien no escribió catecismos, pero su obra está empapada de una visión cristiana del mundo ¿Qué lecciones espirituales y antropológicas ofrece al católico de hoy que quizá no encuentra ni siquiera en muchos discursos eclesiales contemporáneos?

-Estamos tan convencidos de que la racionalidad es analítica, que es habitual que desdeñemos el poder de la razón narrativa. Pienso que, en general y por desgracia, el ámbito eclesial está tácitamente dominado por este convencimiento.

»No me creo capaz de exponer de manera total y sistemática las bondades de la obra de Tolkien, pero sí puedo decir que hay una lección ontológica en la medida en que plantea una visión sacramental del cosmos que es opuesta a la visión actual de la ciencia moderna.

»Es un mundo vivo, real, en el que no hay espacio para lo secular. Y en el centro de este mundo lleno de vida, se halla el hombre, que está llamado a llevar una vida conforme a los ritmos de la tierra. Por otro lado, nos recuerda que existe el anillo único. Nos pone frente al espejo de Gollum o Boromir cada vez que lo queremos usar, ya sea por obsesión o por creer que es la única salida. Pero también nos impele a abrazar la muerte como un don divino, como el don de Ilúvatar, frente a la longevidad antinatural que la tecnociencia transhumanista nos vende con su soteriología moderna. Hay que recordar que, como el mismo Tolkien afirmó, El Señor de los Anillos tiene como tema principal la muerte y la inmortalidad. En fin, es imposible enumerar en tan poco espacio las sabias lecciones que se esconden en esta obra literaria, de modo que animo al lector a empaparse de su lectura con una mirada profunda, porque le será de gran provecho.

-Uno de los grandes dramas actuales es la vivencia del tiempo: prisas, ansiedad, insomnio, agotamiento. ¿Ayuda este curso a recuperar una comprensión cristiana del tiempo como don, no como tirano?

-Dije antes que esto es una carrera de fondo. El curso no te dice nada más empezar que tienes que comprarte una casa con un jardín. Pero si aporta algunas claves para reconectar con lo que el mundo moderno se ha encargado de romper: primero con el cuerpo, segundo, con la tierra y, tercero, con la Iglesia en tanto que creación que va camino de su plenitud. Reconectando con el cuerpo a través del trabajo manual, nos “descerebralizamos” y nos situamos no en el ritmo frenético de la máquina que ha conquistado nuestra mente, sino en el ritmo lento del mundo de las cosas.

»Al volver nuestros pasos sobre la tierra, nos incardinamos en los ritmos cósmicos de la alternancia del día y la noche, de los ciclos lunares, de las estaciones y de la siembra y la cosecha. En última instancia, se trata de recuperar el carácter festivo de la vida humana, descubriendo la conexión que existe entre la liturgia eclesial y los ciclos cósmicos. A partir de aquí, que el hábito haga al monje.

-¿Cómo se puede reordenar la vida cristianamente sin huir del mundo, teniendo en cuenta la realidad? Al fin y al cabo, todos necesitamos llegar a fin de mes... ¿Se puede parar y vivir a la vez?

-Está claro que hay que llegar a fin de mes. Es más, lo importante es conseguir algo más que llegar a fin de mes. Aquí tiene que entrar en juego la creatividad, la pasión y la iniciativa de cada uno. No obstante, debemos evitar esa actitud pesimista que nos lleva a decir “de perdidos al río”. Ya dije antes que esto es una carrera de fondo, y en este proceso se pueden ir dando pasos que, en efecto, nos pueden permitir parar y vivir a la vez. De hecho, yo cambiaría la pregunta: ¿se puede no parar y vivir?

-¿Se puede?

-Antes hablábamos de las benzodiacepinas, lo que es muy elocuente en este sentido. Por último, me gustaría decir algo respecto a lo de huir del mundo, y es que no debemos confundir huir de la modernidad con huir del mundo, porque es justamente la modernidad la que huye del mundo, y nosotros debemos reconectar con lo que la modernidad se empeña en rechazar. Además, la fe no se adapta, la fe transforma. Si se adapta al ritmo moderno, la fe deja de ser la raíz de la que brota la vida y se convierte en un discurso reubicado por la razón secular en el mercado de relatos, un discurso que nos exige un “compromiso” porque no se nos adelanta como la raíz se adelanta a la vida. Esta fe reubicada por la razón secular puede ser útil desde un punto de vista psicológico – “a mí me sirve” – o político – como lo sería para Maquiavelo –, pero no supone amenaza ninguna a lo secular, que sigue marcando el paso de nuestra vida. Este, en mi opinión, no es el camino correcto.

-Si un padre o una madre de familia, un joven o un profesional agotado se acerca a este curso, ¿qué cambio concreto puede esperar en su manera de vivir, rezar y entender su misión en el mundo?

-Si una persona llega a este curso, seguramente es porque se sienta cansado, porque se sienta desnaturalizada en este contexto moderno y secular y llegue a pensar que hay algo que se ha perdido, que la vida no siempre fue así. Seguramente sea capaz de hacer propias las palabras que suenan al inicio de la película de La Comunidad del Anillo: 

El mundo ha cambiado, lo siento en el agua, lo siento en la tierra, lo huelo en el aire. Mucho se perdió entonces, pero nadie vive ahora para recordarlo.

Es decir, viene buscando eso que se ha perdido, recuperar lo natural. Creo que el curso les puede ayudar a hacerse consciente de esta realidad, a entender la relación del hombre con la tierra, cómo este vínculo se quebró con la modernidad y cuál es el camino para recuperarlo.

-Podría resultar abstracto o elevado. ¿Se realizan medidas concretas para lograrlo?

-Se proponen una serie de actividades que pretenden devolver la unidad del hombre con su cuerpo, con la tierra y, en última instancia, con Dios. Si lo que busca es una paz espiritual que le lleve luego a seguir rindiendo en el mundo secular sin que esto implique transformar materialmente su vida, entonces no sirve de mucho. La idea es dar las claves para, paso a paso, llevar a cabo esta transformación

[Conoce más sobre el curso Cómo reordenar la vida al ritmo de la creación. Lecciones de Santa Hildegarda y Tolkien desde el sitio web de Aula Mucha Vida]

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente