El legado de Fray Pablo emociona en Salamanca con el estreno de «La cruz es mi alegría, no mi pena»
La Universidad Pontificia acoge el estreno del documental del joven fraile profeso in articulo mortis, poco antes de fallecer: hablan sus padres, Mª Carmen y Ricardo
A consecuencia de los dolores, Pablo estuvo ingresado varias veces en paliativos, y su consuelo fue que el capellán le permitió tener el Santísimo expuesto en la habitación.
“La cruz es mi alegría, no mi pena” es el título del documental que narra la vida de Pablo María de la Cruz, conocido como Fray Pablo, fallecido en 2023 tras seis años lidiando con un sarcoma de Ewing. Estrenada este 16 de enero en Salamanca, la cinta cuenta con los relatos de familiares, amigos, sacerdotes, frailes y monjes que le conocieron, y que dan fe de cómo, para el joven, la muerte y la enfermedad terminaron siendo motivo de virtud, crecimiento interior e, incluso, regocijo. “Por el sufrimiento en la enfermedad me encontré con Dios, y por la muerte en la enfermedad me iré con Él. Y eso me hace inmensamente feliz”, decía.
La producción llega dos años y medio después del fallecimiento del joven salmantino de 21 años, en el siglo Pablo Alonso Hidalgo, recordado por sus padres, Mª Carmen Hidalgo y Ricardo Alonso, como “un chico normal, como cualquier otro”.
Tanto él como su vida y familia cambiaron para siempre con el diagnóstico, que desencadenó un doloroso proceso de hospitales y recaídas, pero también de transformación interior y encuentro con Dios.
La Diócesis de Salamanca, a la que pertenecía el joven, recoge como la jornada de este 16 de enero, “lejos de cerrarse con una despedida, sigue abriendo caminos” en torno al legado de Fray Pablo. El estreno de la cinta fue una muestra de ello, dando la oportunidad a sus padres de conversar sobre la vida y enfermedad de su hijo, de la transformación espiritual que vivió, y de cómo su legado “se mueve” todavía hoy entre muchos que ni siquiera lo conocieron.
Ponerle buena cara a la cruz
Pablo, el pequeño de cinco hermanos, es recordado por su madre, Mari Carmen, como “un chico como cualquier otro”, con amigos, colegio, vida de familia y fe vivida en comunidad. Si para ella, el diagnóstico del sarcoma de Ewing le haría aprender a sostener a un hijo enfermo, para Ricardo, su padre, le llevaría a ser plenamente consciente de como la mirada del joven cambiaba en torno al dolor y al sufrimiento.
Ricardo cuenta que, al principio, Pablo no era plenamente consciente de la gravedad. El pronóstico inicial parecía esperanzador y él afrontó aquella etapa “apretando los dientes”, como un paréntesis duro antes de volver a la normalidad. Y, sin embargo, la convivencia con el sufrimiento fue cambiando la mirada del joven. Pablo decidió “ponerle buena cara al cáncer”; primero casi como una máscara para no hacer sufrir —sobre todo a su madre—, y después como una actitud que terminó siendo real.
Durante su ingreso, leer El mundo amarillo, de Albert Espinosa, le llevó a pedir en oración un grupo de compañeros como el que el autor describe. A los 15 días apareció el primero de los cuatro que trabarían amistad, conocidos como “los cuatro magníficos”, y que terminarían edificando “un hogar” dentro del hospital. El personal del hospital recordaría aquel episodio como algo excepcional.
Con la reaparición del cáncer, en torno al año después de la última sesión de quimioterapia, le siguió una primera reacción de rebeldía, enfado con Dios, huida y vacío. Tras una profunda conversación con su padre, Pablo aceptó ayuda y comenzó una búsqueda cuya primera parada tuvo lugar en un relevante hallazgo: aunque él se sintiera perdido, veía que a otros el cristianismo sí les sostenía y no quiso romper con esa fe. Su padre lo dice tal cual: “Dios es un Dios celoso… al final optó por el cristianismo”.
En el relato aparece una figura clave, el acompañamiento espiritual, así como otras experiencias concretas que le hicieron “encontrarse” con Jesucristo, especialmente en la Eucaristía. Ricardo habla de un “enamoramiento” que fue a más con rapidez: adoración, oración diaria, una fe ya adulta, no heredada... Pablo, dice su padre, “estaba enamorado de Jesucristo hasta las trancas”.
Esa fe adulta adquiriría una expresión propia tras la quinta recaída, cuando el joven adquirió una nueva forma de mirar el dolor. La cruz es mi alegría, no mi pena, decía.
Una vida ofrecida por tres intenciones
En el documental, estrenado el viernes 16 en auditorio Juan Pablo II de la Universidad Pontificia de Salamanca, se recoge también el ofrecimiento que hizo Pablo de su sufrimiento por tres intenciones, la conversión de los jóvenes, la unidad de la Iglesia y perder el miedo a la muerte.
Algunos años después, Mari Carmen y Ricardo aseguran estar presenciando los frutos de aquella oración. Hablan de jóvenes que no conocieron personalmente a Pablo y, sin embargo, lo sienten presente; de realidades eclesiales distintas donde su figura aparece como puente; y de testimonios de “favores” recibidos por quienes le rezan. Ricardo es muy prudente con la palabra “milagro”, pero no oculta que son muchos los que les comparten experiencias y agradecimientos.
Mª Carmen Hidalgo y Ricardo Alonso, los padres de Fray Pablo, fallecido en 2023, con 21 años.
Todo ello se refleja en un documental que, según explican, ni familia ni carmelitas han difundido. Fue una periodista, Marta Sanz, la que propuso su producción, hilando un relato a base de testimonios con fragmentos de una entrevista grabada pocos días antes del fallecimiento.
Fue en esa conversación cuando el joven reflejaba de forma sincera el espíritu que lo acompañó en sus últimos días. “Por el sufrimiento en la enfermedad me encontré con Dios, y por la muerte en la enfermedad me iré con Él. Y eso me hace inmensamente feliz”.
Ejemplo de esperanza ante un futuro incierto
Mari Carmen confiesa que, pese a la paz y serenidad que se refleja, “perder un hijo no es fácil”. Y, sin embargo, también ella demuestra una experiencia de consuelo, como es haber sido testigo de que Pablo se fue “sin rebelarse, sin gritar contra el final, y la certeza de que se fue feliz”.
Habla también de algo que considera esencial: la oración de las madres. Cuenta cómo esa intercesión le sostuvo en los momentos más extremos y cómo, a partir de ahí, han nacido grupos de oración en distintas realidades, incluso en la cárcel.
Cuando se les pregunta qué esperanza desean sembrar en quienes se acerquen al documental —especialmente jóvenes—, Mari Carmen describe una generación “asfixiada” por cargas invisibles: la mochila de cada uno, la herida de la pandemia, la presión, las redes, el futuro incierto. Y pone una imagen fuerte: la mano de Jesús a Pedro cuando se hunde. “Que alguien les diga: mira para arriba”, pide. “Que hay esperanza, que te ama con lo que hayas hecho”. Ricardo lo formula de otra manera: hay dos tipos de sedientos; el que sabe dónde está la fuente y el que ni siquiera sabe que existe. Para él, Pablo quiso ser eso: alguien que señala la fuente.