Religión en Libertad

Cuando la pastoral depende de héroes

El problema es que, sin quererlo, hemos asumido un modelo pastoral que necesita superhombres para funcionar.

El héroe cristiano sabe que ha de enfrentar todo tipo de desafíos con fe y valor: podemos simbolizarlos en la corona de espinas que marcó a Jesucristo.Antonio Gravante / Cathopic

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Hay una intuición que se repite una y otra vez cuando uno recorre parroquias, diócesis y proyectos pastorales en España —y fuera de ella—. Una intuición que no suele decirse en voz alta, pero que todos reconocen cuando alguien la formula con claridad.

Hay experiencias brillantes que no se pueden replicar. Hay mucho entusiasmo que no termina de consolidarse. Y hay demasiadas realidades pastorales que dependen en exceso de personas concretas. No es una crítica amarga. Es un diagnóstico sereno.

Y como todo diagnóstico honesto, obliga a pensar.

Todos conocemos parroquias, comunidades o iniciativas que funcionan de manera extraordinaria. Sitios donde hay vida, conversiones, vocaciones, compromiso real. Lugares que se convierten casi en destino de peregrinación pastoral: “vete allí y mira lo que están haciendo”. Se organizan visitas, se toman notas, se vuelve a casa con ilusión. Y, sin embargo, cuando se intenta reproducir la experiencia, algo no cuaja. Se copian actividades, nombres, materiales, calendarios, pero el fruto no aparece. Entonces se concluye que aquello era irrepetible, fruto de una coyuntura excepcional o de un contexto sociológico privilegiado. O se dice que “eso aquí no encaja”, como si el Evangelio tuviera códigos postales.

Pero quizá el problema no estaba en el método copiado, sino en la estructura invisible que lo sostenía. Porque lo que muchas veces admiramos no es un programa, sino una cultura. Y la cultura no se importa ni se improvisa; se construye lentamente, se transmite, se institucionaliza sin perder el fuego.

En no pocos casos, lo que existe es entusiasmo. Mucho entusiasmo. Personas generosas, disponibles, entregadas. Sacerdotes y laicos que lo dan todo durante un tiempo, que sostienen la misión con su propia energía y que compensan con sacrificio lo que falta en organización. El problema es que el entusiasmo, por sí solo, no genera continuidad ni crea cultura estable; no suele sobrevivir ni al cansancio acumulado ni al inevitable relevo de personas. Cuando no hay procesos claros, responsabilidades compartidas y visión común, el entusiasmo se convierte en una fuerza de desgaste que produce picos intensos y luego largos valles, momentos que parecen Pentecostés seguidos de etapas de agotamiento silencioso.

El problema no es el entusiasmo. El problema es pensar que el entusiasmo basta y que la pasión de unos pocos puede sustituir indefinidamente a una arquitectura comunitaria sólida. El entusiasmo necesita cauce; si no lo tiene, termina evaporándose o arrasándolo todo.

Este es quizá el punto más delicado y, al mismo tiempo, el más frecuente. Muchas experiencias pastorales dependen de una persona concreta: un párroco carismático, una religiosa incansable, un matrimonio excepcional, un líder natural con capacidad de arrastre. Mientras esa persona está, todo funciona con una cierta armonía. Cuando se va —por traslado, por agotamiento o simplemente por el paso del tiempo— la estructura se resiente o directamente se desmorona.

Entonces aparece la frase que lo resume todo: “Funcionó mientras estuvo X”. Y esa frase revela algo incómodo: no había arquitectura; había heroísmo. No existía un sistema que sostuviera la misión más allá de la persona concreta, sino una dependencia silenciosa de su empuje, su visión y su capacidad de sacrificio.

En su libro Más allá de la parroquia, James Mallon pone el dedo en la llaga con bastante crudeza. Señala que culturalmente hemos idealizado la formación sacerdotal como la preparación de un líder heroico, polifacético, capaz de hacerlo todo: equilibrar presupuestos, arreglar la caldera, cantar misa con brillantez, liderar equipos, evangelizar y acompañar espiritualmente sin fisuras, casi como un llanero solitario espiritual. Nuestro proceso formativo —dice— se ha centrado en pulir debilidades hasta rozar la perfección, profundamente marcado por la mentalidad occidental del individuo autosuficiente.

El problema no es que queramos sacerdotes santos y competentes. El problema es que, sin quererlo, hemos asumido un modelo pastoral que necesita superhombres para funcionar. Y cuando un sistema necesita héroes permanentes para sostenerse, está confesando su fragilidad estructural. Si todo depende de la fortaleza, carisma y resistencia de uno solo, no estamos ante una comunidad madura, sino ante una dependencia encubierta.

Nos fascina el líder total: el sacerdote que predica con hondura, gobierna con eficacia, evangeliza con audacia, acompaña con delicadeza y además tiene tiempo ilimitado para todos. Pero convertir lo extraordinario en norma es profundamente injusto y, en el fondo, poco eclesial. Porque cuando todo depende de uno, los demás se acostumbran a mirar. Cuando el cura lo hace todo, el pueblo aprende a esperar. Cuando el líder es el motor único, la comunidad se convierte en pasajera.

Y entonces hablamos mucho de corresponsabilidad y sinodalidad, pero en la práctica seguimos reproduciendo un esquema donde uno decide, uno impulsa y uno sostiene. La sinodalidad se reduce a consulta ocasional y la corresponsabilidad se convierte en delegación de tareas, no en verdadera participación en la misión. El heroísmo constante, aunque bienintencionado, puede generar infantilismo estructural, porque libera a los demás de la exigencia de crecer y asumir su parte.

Conviene decirlo claramente: no falta carisma en la Iglesia. Tampoco falta buena voluntad, ni generosidad, ni deseo sincero de evangelizar. En muchos lugares sobra entrega y pasión. Lo que falta con demasiada frecuencia es una arquitectura que permita que el carisma perdure, que el entusiasmo se ordene y que la misión no dependa exclusivamente de figuras excepcionales. La Iglesia no suele fracasar por falta de carisma, sino por falta de estructuras que lo sostengan en el tiempo y lo hagan transmisible.

Esto no es tecnocracia ni obsesión organizativa; es eclesiología práctica. En el libro de los Hechos vemos carismas ardientes, pero también vemos organización concreta: elección de diáconos, envío discernido, comunidades con responsables claros. Pentecostés no eliminó la necesidad de ordenar la vida comunitaria; la hizo más urgente.

La imagen bíblica no es la del llanero solitario, sino la del cuerpo. Un cuerpo sano distribuye funciones, reconoce dones diversos, integra debilidades y cuida la unidad sin concentrarlo todo en un solo miembro. Cuando una parroquia está bien estructurada, el traslado del párroco no supone empezar desde cero; cuando una comunidad tiene procesos claros, la marcha de un líder no paraliza la misión; cuando existe cultura discipular, el relevo no es trauma sino continuidad.

Eso no elimina el carisma; lo protege. No apaga el Espíritu; lo honra.

Quizá una de las tareas más urgentes hoy no sea inventar nuevas iniciativas, sino aprender a dar forma estable a lo que ya funciona, para que no dependa de nombres propios y pueda ser compartido con fidelidad creativa. Pasar del heroísmo a la arquitectura no es rebajar la espiritualidad; es madurarla. No es apagar el fuego; es construir el hogar donde ese fuego pueda arder sin consumir a quienes lo sostienen.

Porque el Reino de Dios no se apoya en superhombres, sino en un cuerpo donde cada miembro asume su parte bajo el señorío de Cristo. Y cuando la pastoral deja de depender de héroes y empieza a apoyarse en comunidades realmente corresponsables y sinodales, entonces —y solo entonces— empieza a parecerse un poco más a la Iglesia que el Espíritu quiso suscitar desde el principio.

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