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Hoy se nos invita a ser luz y sal de la tierra. Pero, estas palabras tan bonitas, que a todos nos encanta oír, ¿Qué nos reclaman en la vida? Si alguien en su existencia fue sal y luz fue el Hijo de Dios. Pero, nosotros como hijos somos invitados a ser también luz en medio de la tiniebla, y sal en un mundo en el que parece que todo ha perdido el gusto para ser disfrutado.

Transparentar la luz en la vida, como lo hace una catedral gótica en su máximo esplendor, necesita que nosotros dejemos que el Dios que llevamos dentro salga al exterior, con una luz que todo lo cambia. Una luz que da pan a los que no tienen ni lo mínimo para comer, que viste al que no tiene una manta para pasar el frío, y que atiende las necesidades de los que quiere como de los que no quiere, como si fueran suyas. Podremos ser esa luz que lleva el perdón de Dios a todos, sin distinción, que no acusa, ni se fija en la miseria del otro, aunque las reconozca y se haga necesario, mantener una distancia, que no te impide vivir en la tiniebla. Ser luz, es reconocer el bien del otro, los dones que Dios le ha dado, sus talentos, sus servicios, como si fueran tuyos. Ser luz, es no buscar el reconocimiento humano, y no pensar que el criterio para los demás es tu servicio.

Ser luz, es vivir la entrega en el día a día, mirando la cruz de Cristo. Pues, en la debilidad, el fracaso, el sufrimiento y el dolor, quien se tiene que transparentar como la luz, es esa Cruz que cambió el sentido del dolor, y gracias a eso, te puedes entregar y ser esa luz, en medio de la tiniebla de tantos hermanos, que viven en la desesperación y el miedo porque no encuentran a nadie que les muestre el valor de su dolor. Solo la Cruz de Cristo puede iluminar a un mundo que ha perdido la esperanza, que vive en la superficialidad. Solo si dejamos que esta luz del Señor, nos ilumine, porque nos hemos dejado tocar por ella, podremos ser luz, en un mundo que vive en oscuras, porque la existencia ya no tiene nada que ofrecerles, sino la luz tenue, de un disfrute momentáneo y pasajero.

De la misma manera, somos elegidos para ser sal. La sal es la que da sabor a los alimentos, las que les da ese toque para que resulten sabrosos cuando los comemos. Cuando a cada uno, de los que tenemos la sal, que es el amor de Dios, este, nos pide ser sal, nos está llamando a llevar a los otros el sabor y el gusto de una vida que solo la vamos a disfrutar cuando nos dejamos amar por Dios. El sabor a la vida no lo dan las cosas preciosas que hacemos y que hacen que nuestra vida puede ser disfrutada. Solo cuando ponemos en la existencia la sal, que da gusto a todos esos planes que hacemos, esos servicios que realizamos, esa entrega en lo que no se ve, entonces la existencia puede ser vivida con un gusto, que antes no tenía. Solo cuando la sal, que tenemos en nuestro corazón, que es el Espíritu,  brota de nosotros, el día a día tiene sabor y gusto para uno mismo y para los demás.

Cuando en verdad seamos luz y sal para todos, nuestra existencia podrá ofrecer un sentido. Y no será necesario que mostremos nuestra entrega porque ella brillará con luz propia para Dios y para los demás.

En la oración, nos podremos dejar llenar de la luz de Dios, para mirar la Cruz como un don ofrecido, y desde la Palabra de Dios encontrar en ella, el descanso, en medio de la fatiga y de las carreras de cada día.

Ser luz y sal, es algo hermoso, pero no lo podemos hacer desde nosotros mismos y con nuestras fuerzas, sino solo mirando Aquel que es la Luz verdadera que viene a iluminar nuestra vida. Solo cuando nos dejemos tocar por él, de nuestro interior saldrá la luz, que puede encender la vida personal y la de los demás.

Como en una catedral gótica, que la piedra se abre, y todo el edificio se convierte en luz para los que entran, dejemos que nuestra vida se abra, para que irradie esa luz, que es el amor de Dios, que quiere llegar a todos. Pero, como una catedral ha sido labrada para ser luz, se hace necesario que la vida sea labrada en la oración, en la escucha de la Palabra de Dios, y en la celebración de los sacramentos: la Eucaristía y la reconciliación, para que se convierta en luz que transparenta a Cristo. Lo mismo que un sagrario contiene el cuerpo del Señor, en nuestro interior alberguemos al mismo Cristo, para que cuando nuestra existencia se abra, solo se vea al Dios, que tenemos en nuestro interior.

Ser luz y sal en nuestra existencia en la invitación que Dios nos pide a ti, y a mí. Todo un desafío, que si nos abrimos a Él se hace posible.

Belén Sotos Rodríguez

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