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San José en La Encarnación de Ávila

San José en La Encarnación de Ávila

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Querido San José:

Acaba de empezar tu día, el 19 de mes, y coincide con el primer 19 de mes después del Domingo de Resurrección. No es casualidad que todo se una para recordar, orar y presentarte a Don Nicolás, el capellán de tu querido monasterio de La Encarnación de Ávila. No se puede entender la historia de dicho monasterio sin la figura de su capellán durante tantos años. Me acabo de enterar hace poco más de una hora que tu Hijo lo ha llamado junto a sí este jueves, jueves sacerdotal. En la oración de la noche mi corazón se iba a la capilla de la Transverberación donde tantas veces he participado con él en la santa misa. Las primeras veces como acólito siendo un recién profeso del Carmelo Descalzo; las últimas siendo ya sacerdote antes de retirarse al hogar sacerdotal de la ciudad donde ha entregado su vida: ¡Ávila!

¡Gracias querido San José por haberme puesto en la camino de la vida a Don Nicolás!

¡Cuántos ratos hablando con él cuando compartimos el año de estudio en Ávila!

¡Qué recuerdos tan entrañables y agradecidos guardo de su corazón sacerdotal!

No puedo olvidar esa mañana que me lleva a conocer el palacio de Doña Elvira, la fundadora de La Encarnación. Lo mismo sucede otra mañana cuando vamos hasta La Serna, la finca de Lorenzo, el hermano de Santa Teresa. Y uno de los últimos detalles que tiene conmigo es el regalo de su libro sin par, “La ciudad de las carmelitas en tiempos de Doña Teresa de Ahumada”. Y todo esto sin hacer ruido, sin buscar nada, sin dárselas de especialista en la materia. Todo muy parecido a ti, querido San José…

Según rezo por su alma me viene enseguida esa imagen tuya tan popular en ese monasterio tan querido por Don Nicolás y por quien te escribe estas líneas, el San José Parlero. Ahí está, en la antigua celda de la priora que hoy forma parte del museo que muestra un poco de lo que abarca la larga historia que guardan esos muros. Con esta imagen, querido San José, me voy hasta el corazón de mi madre Santa Teresa que tanto quería a su San José Parlero y ponía ante él a sus hijas cada vez que se iba del monasterio para que fuera, sin que lo supieran las monjas, el prior de la casa. Cuánto cuidaba de la casa y sigue cuidando de este monasterio donde la Madre Teresa vive como priora y abre el oído a tu Hijo para escuchar lo que le pide. Y con esto me bajo hasta la capilla de la Transverberación. Pongo los ojos en esa talla en que estás dando la mano a tu Hijo para que camine contigo. Esa capilla recuerda los barruntos de la fundación del primer monasterio que te dedica esa monja que, en torno a la lumbre de la cocina en su celda, habla con aquellas que sienten algo y no saben ponerle nombre: hacer algo parecido a lo de las descalzas reales. Ahí, en esa celda, su corazón arde, se abre a Dios, y se da cuenta que no se puede negar a tu Hijo. Descubre que tiene que fundar un monasterio nuevo. Comienza una obra singular, el Carmelo Descalzo, y todo bajo tu mirada de padre y señor.

Esa capilla, querido San José, es un lugar de oración privilegiado. Todo el que va lo comenta sin que se le pregunte o se insinúe. Rezar en esa capilla ayuda a entrar en la esencia del Carmelo Descalzo. Aquí vive Santa Teresa y se deja llevar por ti, como ese niño que toma la mano de su padre y camina entre el altar y el coro bajo de las monjas. ¡Cuántas veces Don Nicolás pasaría delante de esa imagen al ir a dar la comunión a la comunidad de carmelitas descalzas! Ir y venir del altar al coro bajo la mirada de tu Hijo y la tuya llevando a tu Hijo en su misma presencia real escondido bajo el pan de la eucaristía.

Según veo la capilla, tu imagen y a Don Nicolás lo que brota de mi corazón es pedirte algo que sé que ya lo estás haciendo. Acoge el alma de Don Nicolás y del mismo modo que llevas de la mano a tu Hijo, toma ahora la mano de este sacerdote ejemplar y llévalo contigo hasta tu Hijo. Avisa presuroso a tu Esposa y cómo no, también a la santa a la que tanto leyó, oró y quiso como pocos sacerdotes diocesanos. Don Nicolás era realmente eso mismo: un sacerdote diocesano, con corazón carmelitano y entregado hasta el final.

Ha empezado un camino, no va solo, sé que vas con él, querido San José; y que no le vas a soltar de tu mano hasta llevarlo junto al Corazón de tu Hijo. ¿Cómo será ese encuentro? Eso queda en lo secreto para nosotros, los que nos quedamos todavía en esta tierra esperando el momento que ha comenzado a vivir mi querido Don Nicolás, ese sacerdote castellano viejo, atento, cercano, servicial, generoso, cariñoso y que nunca se cansa de hablar y de llevar al que estaba junto a él al conocimiento de una santa que da sus primeros pasos contigo cuando funda San José de Ávila.

Es tarde, querido San José, me voy a dormir, me quedo con esa imagen tuya en la capilla de la Transverberación de La Encarnación de Ávila. Por un momento suelta a tu Hijo, que deje un hueco entre los dos, luego llama a Don Nicolás y dile que te dé la mano. Entonces llama a tu Hijo y que le dé Él también la mano. Es mi oración, sé que lo vas a hacer, y también sé la manera: en silencio, en secreto, sin hacer ruido, como hacía todo mi querido Don Nicolás. Tú en tu taller no descansas. Él en su habitación tampoco ha descansado. Ahora sí que ha llegado la hora de su verdadero y merecido descanso, su eterno descanso. ¡No le sueltes la mano, querido San José!

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