Religión en Libertad
Jorge Urbiola

Jorge Urbiola

Diplomático y diplomado en Teología 

Manchas de tinta con firma

[GÉNESIS]

La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

La persistencia de la memoria, Salvador Dalí

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Estás orgulloso de tu colección de libros de arte. Una noche despiertas sobresaltado por un ruido incesante, son golpes secos que se suceden a intervalos cada vez más rápidos. Te levantas con el pijama a medio abrochar, arrastras tus pies hasta el salón y descubres como tus catálogos están saltando al vacío desde la biblioteca. Van cayendo, uno a uno, en una especie de suicidio colectivo. Los rescatas del suelo, los acaricias, y, al abrir sus páginas, descubres que Los relojes de Dalí se han terminado de derretir, que Las meninas de Velázquez se han convertido en garabatos de rotulador, que Los fusilamientos del 3 de mayo son solo manchas de tinta. Únicamente las firmas de los artistas siguen indelebles. Finalmente, cae un libro que se abre por una página cualquiera con una frase subrayada: “El arte es la firma del hombre. Es la sencilla verdad con la que debería comenzar la historia de la humanidad”[1]. Llueve a cántaros. Enciendes el televisor: la presentadora del telediario llora desconsoladamente. Un ardor frío en el pecho te empuja a salir a la calle y, sin saber por qué, corres en dirección al Museo del Prado. Tus piernas se hunden hasta las rodillas en los charcos, que vas sorteando con dificultad. Entras en el museo, recorres sus salas: los lienzos, todos los lienzos… Estás empapado. La pintura gótica, las salas del siglo XIX… Todos los cuadros, al igual que tu colección de catálogos… ¡son solo manchas de tinta! Únicamente las firmas de los artistas siguen indelebles. La lluvia arrecia. El agua comienza a inundar el edificio, así que buscas refugio en la sala contigua. Una atmósfera inquietante envuelve el tríptico de grandes dimensiones que se despliega en su centro. Levantas la mirada, lentamente, y compruebas que todo en él sigue en su lugar: el cielo y la tierra; los árboles; peces, aves, animales; hombres y mujeres, varón y mujer, cientos de ellos desperdigados en perspectivas imposibles. El Jardín de las Delicias es la única obra que aún no se ha convertido en una burda mancha. Tu respiración se va serenando poco a poco, hasta que, de súbito, un búho rasga el panel desde dentro. Tu pulso se dispara mientras el búho revolotea sobre tu cabeza vociferando: «¡Lo conseguí!», repite una y otra vez en una especie de frenesí monomaniaco. El tríptico se cierra mostrando ante tus ojos una gran esfera gris que comienza a resquebrajarse. No te da tiempo a pensar, un torrente de agua te arrastra hacia la calle mientras te hundes. Es una dana descomunal, ¿merecida? «¡No lo es!», protestas con convicción, «¡yo no hice nada!». Y entonces recuerdas las imágenes del tríptico. Y tu convicción se diluye. Y en un destello de claridad intuyes la verdad: las manchas de tinta, las firmas indelebles… Pero ya es tarde, porque este diluvio no tiene vuelta atrás, ni hombre justo con arca de madera de ciprés. Ya no habrá guerra ni paz, bueno ni malo, blanco ni negro. Ya no habrá nada; tan solo una gran mancha con la firma que quiso trascender al arte.

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[1] Gilbert Keith Chesterton, El hombre eterno.

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