Religión en Libertad

León XIV en Montjuïc: el grito del Papa frente el vacío y la ansiedad

Más de 40.000 personas abarrotaban Montjuïc y, sin embargo, hubo momentos en los que todo pareció detenerse

Miles de jóvenes y fieles abarrotan el estadio de Montjuïc en Barcelona durante la vigilia con el Papa León XIV, en una noche de oración, silencio y emoción.

Miles de jóvenes y fieles abarrotan el estadio de Montjuïc en Barcelona durante la vigilia con el Papa León XIV, en una noche de oración, silencio y emoción.Kike Rincón/EUROPA PRESS

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Ayer tocaba descansar y, por una vez, decidí quedarme en casa. Antes de continuar siguiendo al Papa en su etapa final en Canarias, sentí la necesidad de hacer una pausa interior, casi como un gesto inevitable después de días intensos en los que todo en Madrid parecía suceder a la vez, para poder ordenar en silencio lo vivido y dejar que sus palabras fueran asentándose con calma, sin el vértigo de la inmediatez ni el ruido de lo inmediato. 

Después de tantos días siguiendo el viaje apostólico de León XIV entre multitudes, discursos, carreras y titulares, sentí la necesidad de apagar un poco el ruido y escucharle desde otro lugar. Encendí la televisión, me senté sola en el salón y contemplé la vigilia de Montjuïc desde esa tranquilidad silenciosa que tienen algunas noches en las que una no espera nada extraordinario.

Y quizá precisamente por eso terminó ocurriendo.

Porque hay momentos en los que crees simplemente que vas a escuchar unas palabras… y acabas sintiendo que alguien te está tocando una herida que llevaba demasiado tiempo escondida.

Eso fue lo que me pasó anoche.

Mientras veía a León XIV hablar ante miles de jóvenes y no tan jóvenes, en el estadio olímpico de Barcelona tuve la sensación incómoda y bellísima de que el Papa estaba pronunciando en voz alta muchas de las cosas que este mundo lleva años intentando silenciar para poder seguir adelante.

El estadio estaba lleno de luces, música, emoción y pantallas gigantes. Más de 40.000 personas abarrotaban Montjuïc y, sin embargo, hubo momentos en los que todo pareció detenerse. Como si de pronto el ruido del mundo hubiera perdido fuerza y solo quedara una pregunta suspendida en el aire:

¿Qué nos está pasando por dentro?

Porque vivimos en una época obsesionada con parecer bien incluso cuando nos estamos rompiendo.

Una época donde se nos enseña constantemente a producir, responder, aparentar, rendir y continuar, aunque el alma lleve meses agotada. Una época donde hay jóvenes que sonríen en redes sociales mientras por dentro sienten un cansancio inmenso, una soledad difícil de explicar o una tristeza que ni siquiera saben nombrar.

Y entonces León XIV habló precisamente de eso.

Habló de la ansiedad.

Del vacío.

De las noches interiores.

Del miedo.

De la fragilidad.

De la salud mental.

Del silencio que necesita el corazón para no terminar asfixiado.

Y lo hizo sin discursos prefabricados, sin frases artificiales, sin esa distancia fría de quienes hablan del sufrimiento humano desde la teoría.

Lo hizo como alguien que parece conocer muy bien la oscuridad que muchas personas esconden detrás de una vida aparentemente normal.

Hubo un instante especialmente duro.

Cuando el Papa habló de las “noches” del alma y dijo que Dios no abandona nunca en medio de ellas.

Y no sé muy bien cómo explicarlo, pero sentí que aquella frase atravesaba algo muy profundo dentro de mí.

Quizá el gran drama de nuestro tiempo no sea solo el ruido, la polarización o la velocidad con la que vivimos, sino algo más silencioso y más profundo: que demasiadas personas estén aprendiendo a sobrevivir sin esperanza. Funcionan. Trabajan. Sonríen. Publican fotos. Continúan adelante. Pero por dentro viven exhaustos, desconectados de sí mismos y convencidos muchas veces de que tienen que sostener solos el peso de la vida.

Por eso anoche no vi únicamente a un Papa hablando en un estadio.

Vi a un hombre intentando recordarle a una generación entera que todavía merece la pena cuidar el alma.

Que todavía existe el silencio.

Que todavía existe la verdad.

Que todavía existe Dios incluso en las noches más oscuras.

Y que nadie debería acostumbrarse jamás a vivir permanentemente roto por dentro.

Quizá por eso hubo momentos en los que Montjuïc parecía más un inmenso santuario de heridas humanas que un gran evento multitudinario.

Miles de personas en silencio absoluto.

Miles de almas interiorizando palabras que parecían entrar despacio, muy despacio, hasta lugares donde normalmente no dejamos entrar a nadie.

Y entonces entendí algo.

Entendí que muchas veces no necesitamos que alguien venga a impresionarnos.

Necesitamos que alguien venga a sostenernos un poco.

A decirnos que no estamos solos.

A recordarnos que todavía podemos vivir de otra manera.

A devolvernos un poco de esperanza cuando ya empezábamos a acostumbrarnos al cansancio.

Cuando terminó la vigilia apagué la televisión y me quedé inmóvil en el sofá durante varios minutos.

La casa estaba completamente en silencio.

Y pensé que quizá eso es lo que ocurre cuando ciertas palabras vienen de un lugar verdadero: que no terminan cuando acaba el discurso, sino que siguen resonando dentro mucho tiempo después.

Como una luz pequeña encendida en mitad de la noche.

Y anoche León XIV dejó una de esas luces.

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