Entre el Sagrario y la Virgen de Guadalupe: cómo nace un artículo diario
Escribir sigue siendo, en el fondo, una especie de hobby que, casi sin haberlo planeado, acabó convirtiéndose en trabajo
La Virgen de Guadalupe.
Vamos a empezar por lo importante: no, no voy a caer en la frase odiosa de Instagram de “muchos me preguntáis…”. Entre otras cosas porque, siendo honesta, eso solo ocurre en la imaginación de la autora o en su mejor día de autoestima creativa. Pero sí es verdad que, de vez en cuando, alguien me pregunta cómo demonios se escribe un artículo diario para un medio como Religión en Libertad sin acabar pidiendo la baja espiritual o un retiro indefinido en silencio cartujo.
Y la respuesta, contra todo pronóstico, es bastante poco épica.
Es muy sencillo: a mis 52 años —como diría un viejo amigo periodista con más humo de redacción que fe en la humanidad— una ya tiene “mucho cabaret a las espaldas”. Y eso, aunque suene a revista de variedades, es una forma bastante honesta de decir que una ha visto de todo, se ha equivocado bastante, ha acertado alguna vez y, con suerte, ha aprendido a distinguir entre lo que es brillante, lo que es pasable y lo que directamente no debería haber salido de la libreta.
Lo mío es escribir. Y eso parte de una ventaja poco frecuente: escribir sigue siendo, en el fondo, una especie de hobby que, casi sin haberlo planeado, acabó convirtiéndose en trabajo. Eso me da una condición cada vez más rara: libertad editorial. Un privilegio discreto, no siempre visible pero decisivo, que permite escribir con una independencia poco habitual hoy y que, curiosamente, se valora más cuanto más se escribe.
Y luego está lo otro: escribir también es terapia. Escritura terapéutica, si queremos darle un aire más académico. Aunque, a veces es simplemente el arte de no discutir con nadie y volcarlo todo en un documento de Word antes de que alguien sufra las consecuencias.
¿De dónde salen los temas? Pues no hay misterio, aunque a algunos les decepcione.
Del día a día. De lo que escucho. De lo que me cuentan mis amigas (que son una fuente inagotable de realidad sin filtro). De conversaciones aparentemente inofensivas que, sin saber cómo, acaban siendo teología práctica. De la actualidad, claro, que siempre ayuda, aunque a veces una tenga la sensación de que la actualidad se escribe sola… y con bastante poca misericordia.
Y luego viene la parte que algunos imaginan como mística y otros como excusa elegante: el famoso “proceso creativo”. En mi caso es bastante menos glamuroso. Todo pasa por una especie de lluvia de ideas bastante desordenada… y termina, de forma casi sospechosamente eficaz, a los pies del Sagrario.
Antes de empezar a teclear, a ver si lo confieso todo de una vez, invoco al Espíritu Santo y a la Virgen de Guadalupe para que me iluminen —a modo de redactora jefe celestial— porque nunca está de más una ayuda extra cuando una se pone a escribir.
Sí, así de simple. Se reza. Se deja ahí. Se mira con cierta prudencia interior. Y en algún momento —no preguntéis cuándo, porque no es reproducible en laboratorio— en la cabeza suena algo parecido a un “check” de Jesús. Sin dramatismos. Sin fuegos artificiales. Pero con una claridad que ordena.
Y listo.
No hay más método que ese. Ni grandes sistemas. Ni inspiración permanente. Ni iluminación constante. Ni la épica de la escritora atormentada que algunos prefieren imaginar mientras leen sobre escribir.
Solo hay una mezcla bastante humana de experiencia, oído atento, sentido del humor (imprescindible para no tomarse demasiado en serio la realidad) y una convicción sencilla: que lo que una escribe no es tan importante como para no pasar antes por el filtro de la oración.
Y luego, claro, se publica.
Con mayor o menor acierto según el día. Como todo en la vida.
Porque escribir un artículo diario no es una proeza intelectual, sino un ejercicio bastante humilde de constancia. Y si una se lo toma demasiado en serio, corre el riesgo de olvidar lo esencial: que esto, en el fondo, no es más que una forma ordenada de pensar en voz alta… con la esperanza de que a alguien le sirva, le haga sonreír o, en el mejor de los casos, le ayude a rezar un poco mejor.
Que no es poco.