Religión en Libertad

El problema es cómo entendemos el amor

El amor entre un hombre y una mujer no es solo una experiencia humana: es un lugar donde lo divino se filtra

AmorFoto de Oziel Gómez en

Creado:

Actualizado:

Hay palabras que parecen intactas y, sin embargo, llegan gastadas. “Amor” es una de ellas. La repetimos tanto que casi deja de inquietarnos. Y, sin embargo, cuando se la mira de verdad, sin refugiarse en lo que creemos que significa, el amor —el verdadero— desborda cualquier intento de encasillarlo. No cabe en la emoción, ni se agota en la voluntad. Siempre va un paso más allá.

Quizá porque, en su raíz, el amor entre un hombre y una mujer no es solo una experiencia humana: es un lugar donde lo divino se filtra en lo cotidiano sin hacer ruido.

No como idea elevada, sino como acontecimiento. Como algo que irrumpe sin haber sido del todo previsto. Porque si el amor fuera solo afinidad o coincidencia, bastaría con que funcionara. Pero cuando es verdadero, no se limita a encajar: desplaza. Introduce una medida que no es la nuestra.

En el origen, el ser humano no aparece completo en soledad. La Escritura lo dice con claridad: no es bueno estar solo. Y la respuesta no es un concepto, sino alguien. Pero alguien que no es réplica, sino diferencia. El otro no viene a confirmarme, sino a abrirme.

Ahí comienza todo.

Porque amar no es encontrarse en lo idéntico, sino aprender a sostener la distancia sin convertirla en ruptura. El hombre y la mujer no se comprenden a pesar de su diferencia, sino a través de ella. Y en ese espacio —frágil, tenso, luminoso— ocurre algo decisivo: uno deja de ser el centro sin dejar de ser uno mismo.

Por eso el amor no es solo refugio. Es también transformación. No porque imponga, sino porque revela. Revela que la vida no se sostiene sobre la autosuficiencia, sino sobre la entrega. Y que amar, en el fondo, es aceptar ser cambiado por alguien que no se puede poseer.

En ese sentido, el amor entre un hombre y una mujer tiene algo único —no exclusivo, pero sí irreductible—: hace visible que la diferencia no está llamada a enfrentarse, sino a reconciliarse. Que la unidad no es fusión, sino comunión.

Y quizá ahí se roza su verdad más honda: no es solo un vínculo que se construye, sino un signo que se recibe. Un signo de que el ser humano está hecho para salir de sí, para darse, para descubrirse en relación.

Por eso el amor, cuando es verdadero, nunca se agota en lo que ofrece. Siempre deja un resto, una hondura que no se deja explicar del todo. Como si, por un instante, lo visible dejara entrever algo mayor.

Y entonces uno comprende —no con la cabeza, sino con la vida— que amar no es simplemente vivir algo intenso, sino participar, aunque sea de forma imperfecta, en la manera misma en que Dios ama.

Y eso, cuando sucede, no se explica.

Se reconoce.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente