Religión en Libertad

Ni crianza respetuosa ni gritos: educar como buenamente puedes

Sin saberlo, muchos hemos aplicado algo muy parecido a lo que proponía Eric Berne: ese equilibrio entre firmeza, razón y afecto

Educar en el amor verdadero: padres e hijos forjando vínculos sólidos para navegar la confusión afectiva actual.

Educar en el amor verdadero: padres e hijos forjando vínculos sólidos para navegar la confusión afectiva actual.

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Hay algo casi enternecedor —por no decir ligeramente cómico— en observar cómo ha cambiado la educación de los hijos en apenas una generación. Antes, tus padres te educaban con lo que tenían: sentido común, algún que otro “porque lo digo yo” y una mirada que, sin necesidad de manuales, te dejaba bastante claro dónde estaba el límite. Hoy, en cambio, parece que para decirle a un niño que se siente correctamente necesitas haber leído tres libros, escuchado dos pódcast y validado previamente sus emociones, las tuyas y, si es posible, las del perro.

Yo crecí con unos padres estrictos, de esos que hoy serían analizados en cualquier foro como potenciales generadores de traumas en serie. Hijos de su tiempo, sin duda. Exigentes, poco dados a negociar, y con una idea bastante clara de que la vida no iba a adaptarse a mí. Según algunos discursos actuales, debería estar ahora mismo en terapia hablando de cómo me afectó que no me preguntaran si quería recoger mi cuarto o simplemente me dijeran que lo hiciera.

Y puede que algo de eso haya. Pero, sinceramente, no me he detenido demasiado a escarbar. Entre otras cosas, porque estaba ocupada viviendo. Y, más tarde, educando.

Porque luego te toca a ti. Y ahí es donde la teoría de la crianza empieza a ponerse interesante. Resulta que tienes hijos, y descubres que no vienen con manual… pero sí con una cantidad sorprendente de opiniones externas sobre cómo deberías criarlos. Que si la crianza respetuosa, que si evitar la frustración, que si acompañar sin imponer… y tú, mientras tanto, intentando que se coman las lentejas sin necesidad de convocar una asamblea emocional en familia.

La crianza respetuosa —bien entendida— tiene mucho de valioso. Nadie discute que hay que escuchar, acompañar, querer bien. Pero en algún punto hemos empezado a confundir respetar con no corregir, comprender con justificar, y amar con evitar cualquier tipo de incomodidad. Como si decir “no” fuera una forma de violencia estructural y no, simplemente, una herramienta básica de la vida.

Porque la realidad, por desgracia, no es respetuosa. La realidad no valida tus emociones antes de ponerte un problema delante. La realidad no negocia contigo. Y educar, en el fondo, es preparar para eso. Con cariño, sí. Pero también con verdad.

Sin saberlo, muchos hemos aplicado algo muy parecido a lo que proponía Eric Berne: ese equilibrio entre firmeza, razón y afecto. Aunque, en nuestro caso, sin ponerle nombre y, desde luego, sin hacer un esquema en la nevera. Porque un niño necesita ser escuchado, sí, pero también necesita saber que hay alguien que no duda cuando él duda. Que hay un adulto que sostiene, que marca, que guía.

Y en medio de todo esto, aparece un factor que hoy parece casi revolucionario: Dios. Porque educar pensando que todo depende de ti es la mejor manera de vivir agotado y con culpa permanente. En cambio, cuando entiendes que no eres el arquitecto absoluto, que hay una gracia que actúa, que hay un sentido que te trasciende, algo cambia.

No significa que todo salga bien. Significa que no todo depende de que lo hagas perfecto.

Y eso, en los tiempos actuales, es casi un acto de fe… literalmente.

He educado con lo que heredé: cosas buenas, cosas mejorables, intuición, errores y bastante sentido común. No he pedido permiso para cada decisión ni he convertido cada límite en un debate filosófico. He querido,  he exigido,  he corregido y, sí, probablemente en algún momento haya generado algún pequeño trauma digno de análisis futuro.

Pero también he dado algo que hoy empieza a escasear: referencias claras, un suelo firme y la idea de que la vida no gira en torno a uno mismo.

Y cuando miro el resultado —imperfecto, como todo lo humano— pienso que, quizá, entre tanto experto, tanto método y tanta teoría… no lo hemos hecho tan mal.

O, al menos, lo suficientemente bien como para que Dios, con su infinita paciencia, pueda terminar lo que nosotros no supimos hacer del todo.

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