Donde el alma encuentra su casa
Amar a Cristo no es una idea genérica. Cada uno lo ama con su historia, con sus heridas, con su carácter, con sus luces y sus desórdenes
Hay preguntas que no se hacen en voz alta durante años. Se quedan dentro, como una música de fondo que no sabes bien de dónde viene. La mía era esta: ¿Dónde encaja mi manera concreta de amar a Cristo?
Porque amar a Cristo no es una idea genérica. Cada uno lo ama con su historia, con sus heridas, con su carácter, con sus luces y sus desórdenes. Y la Iglesia —tan vasta, tan fecunda— ofrece caminos innumerables. A veces demasiados.
Recuerdo etapas en las que miraba con admiración otros carismas. Me conmovía la radicalidad de unos, la profundidad intelectual de otros, la belleza silenciosa de la contemplación, la fuerza misionera que parecía incendiar el mundo. Todo me parecía grande. Todo verdadero. Y, sin embargo, yo seguía sintiendo una ligera intemperie interior.
No era falta de fe. Era falta de casa.
Tardé en comprender que la universalidad de la Iglesia no significa vivirlo todo, sino encontrar el lugar concreto donde tu alma respira. Porque la Iglesia no es un escaparate espiritual. Es un hogar con muchas habitaciones. Y no se puede dormir en todas.
En mi caso, ese hogar tiene nombre: Cruzados de Santa María.
No llegué por estrategia ni por entusiasmo momentáneo. Llegué casi sin darme cuenta. Como se llega a los lugares que estaban esperándote. Había algo en su espiritualidad —en esa llamada clara a la santidad en medio del mundo, en esa seriedad luminosa con la que se vive la entrega— que tocaba algo muy profundo en mí. No era emoción intensa. Era paz.
Y la paz, cuando es verdadera, no necesita ruido.
Ahí comprendí algo que me cambió por dentro: un carisma no es un estilo que eliges porque te gusta. Es una forma en la que el Espíritu Santo te va moldeando sin que te des cuenta. Es el lugar donde tus límites no se disimulan, pero encuentran sentido. Donde tus talentos no se exhiben, pero se ordenan.
Los carismas no compiten. Nunca lo han hecho. Somos nosotros los que a veces comparamos. El Espíritu Santo no. Él distribuye con una libertad asombrosa. A unos les confía el silencio radical. A otros la palabra. A otros la vida escondida. A otros la misión visible. A otros la fidelidad callada en lo cotidiano.
Y todos son necesarios.
Yo también he tenido momentos de duda. Momentos en los que pensé si no sería más fácil estar en otro lugar. Más cómodo. Más visible. Más acorde a ciertas expectativas. Pero con el tiempo entendí que la vocación no siempre coincide con la comodidad. Coincide con la verdad.
Estar donde te toca no es resignación. Es descanso interior.
Cuando uno está donde debe estar, algo se ordena por dentro. No desaparecen las exigencias. No se suavizan los compromisos. Pero la coherencia sustituye a la inquietud constante. Ya no miras alrededor preguntándote si habría algo mejor. Empiezas a profundizar en lo que tienes delante.
Pertenecer a la familia de los Cruzados de Santa María no me coloca en ningún escalón especial. Me coloca en responsabilidad. En fidelidad concreta. En pertenencia real. Me recuerda que no estoy llamada a vivir “un poco de todo”, sino a vivir mucho de algo.
Y eso cambia la vida.
Porque la Iglesia no es una suma de opciones espirituales. Es una sinfonía donde cada uno aporta una nota irrepetible. Y cuando intentas tocar todas, al final no suena ninguna con fuerza. Pero cuando asumes la tuya, la haces vibrar.
No todos estamos llamados a lo mismo. Y eso no fragmenta la Iglesia; la embellece. La diversidad no es dispersión. Es riqueza viva.
Con los años he aprendido que la madurez espiritual no consiste en conocer todos los caminos, sino en abrazar el propio sin complejos y sin comparaciones. En dejar de vivir en modo provisional. En decir: aquí es.
Ahí el alma deja de vagar.
Ahí el corazón descansa.
Ahí uno empieza, de verdad, a construir.
Y entonces la Iglesia ya no es solo inmensa y admirable. Se vuelve íntima. Se vuelve cercana. Se vuelve casa.
Y cuando el alma encuentra su casa, no necesita más mapas.