Religión en Libertad

Burnout espiritual: cuando creemos servir a Dios y solo estamos agotados

El agotamiento no es santidad. Dios no quiere cristianos colapsados, sino discípulos capaces de parar, descansar y volver a amar con verdad

Dios no nos quiere agotadosFoto de Kinga Howard en

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Hay un fenómeno muy actual que merece artículo propio, discernimiento serio y quizá hasta confesión: el burnout. O, como me gusta llamarlo, "¡me voy a Cuenca!", porque me recuerda a Coque Malla en "Todo es mentira" y, además, decirlo en voz alta alivia un poco. Es ese estado espiritual y vital en el que uno vive permanentemente “encendido”: disponible, comprometido, servicial, rezador, productivo, visible… hasta que el cuerpo y el alma se conjuran y gritan a la vez: basta.

Lo curioso es que muchos creyentes viven el agotamiento como una medalla. Nos creemos santos por acumulación de cansancio. Como si Dios llevara una hoja de Excel donde suma horas de insomnio, reuniones eternas, voluntariados encadenados y publicaciones piadosas en redes. Spoiler teológico: no funciona así. Dios no necesita mártires de agenda, ni héroes del agotamiento crónico. Quiere discípulos vivos, no supervivientes espirituales.

La tentación es sutil: confundir entrega con desgaste, fidelidad con auto explotación, generosidad con ausencia total de límites. Y así aparecen los zombis pastorales: personas bienintencionadas, rosario en mano, pero sin energía para amar, rezar o pensar con claridad. Eso no es santidad. Es colapso.

Aquí llega una afirmación que igual no gusta: parar también es obedecer. Y, sí, parar puede ser una forma muy concreta de oración. No como evasión, sino como discernimiento. La tradición cristiana lo sabe desde siempre. El sábado bíblico no es un capricho, es un acto de confianza. Los monjes no se retiran del mundo por pereza, sino por lucidez. San Ignacio no propone Ejercicios para producir más, sino para ordenar la vida. La pausa, en clave cristiana, no es abandono: es fidelidad bien entendida.

Vivimos, sin embargo, en una cultura que glorifica el no parar. Hay aplicaciones para medirlo todo, agendas imposibles, espiritualidades aceleradas y una sospecha constante hacia el descanso. Incluso hay quien presume de no dormir mientras reza, trabaja, sirve y responde correos. Pero Jesús —que algo sabía de urgencias y multitudes— dejó una frase difícil de malinterpretar: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”. Traducción libre: si no paras, no escuchas. Y si no escuchas, tarde o temprano te equivocas de misión.

El burnout no es un pecado. Es un síntoma Y como todo síntoma, pide atención, no culpa. El primer paso es reconocerlo. El segundo, poner límites. Sí, límites: esa palabra tan poco mística y tan poco popular. Pero poner límites no es egoísmo; es responsabilidad. No hay nada menos evangélico que un creyente agotado hasta la extenuación, incapaz de sostener lo que ama.

La teología, por si quedaban dudas, respalda esta lógica. Santo Tomás hablaba del equilibrio como virtud. Los místicos insistían en la contemplación como fuente de acción verdadera. El Evangelio recuerda que no solo de actividad vive el hombre. Una fe que no descansa se rompe. Y una vida espiritual sin descanso acaba siendo ruido piadoso.

Claro que parar genera culpa. Vivimos en una época que ha convertido el descanso en sospechoso y la pausa en pecado social. La ironía es deliciosa: nos sentimos malos cristianos por obedecer al mismo Dios que nos creó con límites. Como si el Espíritu Santo no supiera cómo funciona un cuerpo humano.

Por eso conviene repetirlo sin complejos: Dios no quiere mártires de horarios; quiere discípulos despiertos. Personas capaces de parar, respirar, callar, descansar… y volver a actuar con claridad. Eso no es debilidad. Es madurez espiritual. Es Evangelio encarnado. Es amor bien ordenado: a Dios, al prójimo y a uno mismo.

En resumen —y aquí va la revolución silenciosa—: apaga un rato el teléfono, deja de cumplir agendas imposibles y permítete ser humano. Un cristiano colapsado no ilumina nada. Uno descansado, consciente y libre, sí. Y eso, aunque no lo parezca, sigue siendo profundamente contracultural.

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