Religión en Libertad

Cuando disentir no te convertía en enemigo: la libertad que ya no soportamos

Hubo un tiempo en que pensar distinto no rompía amistades ni mesas. Hoy invocamos la libertad, pero tememos la diferencia. Cristo propone otra.

Bendita amistad libreFoto de Toa Heftiba en

Creado:

Actualizado:

Hubo un tiempo en que pensar distinto no rompía amistades ni mesas. Hoy invocamos la libertad, pero tememos la diferencia.

Cristo propone otra libertad.

Perdonen si les aburro con una historia personal. A veces ocurre que lo particular no es más que el eco discreto de algo mucho más grande. Hay recuerdos que no regresan para alimentar la nostalgia, sino para poner en evidencia una carencia del presente. Y este es uno de ellos.

Hace unas semanas retomé el contacto con una antigua amiga de la universidad. Tenemos aún un vino pendiente, de esos que la vida va aplazando con una eficacia admirable. Lo cambiamos por una larga conversación telefónica, de las que empiezan directamente en confesión y sientes que el tiempo no ha pasado si no te miras al espejo. Al ponernos al día —biografías resumidas, desencantos asumidos, alguna esperanza todavía en pie— apareció, casi sin invocarla, una palabra que hoy parece sospechosa: libertad.

Hablábamos de los años noventa. No como mito generacional ni como postal amable, sino como experiencia real. Aquella libertad imperfecta y desordenada que se vivía alrededor de una mesa con más de un vino. Allí nos sentábamos a radiografiar el país, la política, la cultura, la Iglesia, sin pedir permiso. En la misma mesa cabían comunistas convencidos, liberales de manual, creyentes practicantes y familias “muy de la oprobiosa” como la mía, dicho con una ironía que hoy exigiría nota aclaratoria.

Y, sorprendentemente, no pasaba nada.

Discutíamos. Alzábamos la voz. Nos llevábamos la contraria sin miedo a quedar expulsados del grupo. Nadie cancelaba a nadie. Nadie exigía adhesiones previas ni vigilaba el vocabulario. Aquello no era consenso ni corrección política: era oxígeno. La certeza de que pensar distinto no te convertía en enemigo, sino en interlocutor.

Tal vez idealizamos el pasado. Es posible. Pero no todo es nostalgia cuando el presente se ha vuelto estrecho. Hoy hablamos de libertad con una intensidad casi histérica y la practicamos cada vez menos. Hemos cambiado la conversación por consignas, el diálogo por trincheras, el pensamiento por etiquetas. Y lo más irónico es que cuanto más gritamos “libertad”, más miedo parece darnos el otro.

Aquella libertad —tan poco sofisticada, tan poco vigilada— tenía algo profundamente humano: no exigía salvoconductos morales para sentarse a la mesa. Bastaba con estar dispuesto a escuchar y a ser escuchado. Hoy, en cambio, la libertad viene con condiciones. Y casi siempre con advertencias.

Y es aquí donde, inevitablemente, aparece Jesús.

Porque la libertad que propone Cristo no tiene nada que ver con la ausencia de límites ni con hacer lo que a uno le apetece. Es una libertad mucho más incómoda y, por eso mismo, más verdadera. No elimina el conflicto; te da un criterio para atravesarlo. No promete tranquilidad; ofrece verdad. No encierra en los tuyos; envía a todos.

Jesús no tuvo miedo al diálogo incómodo. Se sentó con publicanos, discutió con fariseos, incomodó a discípulos y descolocó a los poderosos. No canceló a nadie, pero tampoco rebajó la verdad para resultar aceptable. Esa es la paradoja cristiana de la libertad: no anestesia, pero libera. No adormece, pero ensancha.

Quizá por eso aquella libertad de los noventa se parecía más de lo que creemos a la libertad evangélica. No porque fuera ejemplar, sino porque permitía respirar. Porque no confundía discrepancia con amenaza. Porque entendía que una sociedad sana —y también una Iglesia viva— no es la que piensa igual, sino la que sabe sostener la diferencia sin romperse.

No sé si volveremos a sentarnos así alrededor de una mesa. No sé si podremos recuperar ese oxígeno sin antes atravesar una etapa de asfixia cultural y espiritual. Pero sí sé esto: la libertad real nunca nace del control, sino de la verdad, y la verdad siempre exige coraje.

Jesús, no prometió que fuera fácil, ni aplauso, ni consenso. Prometió libertad. Y eso, ayer como hoy, sigue siendo una propuesta profundamente subversiva.

Tal vez no se trate de volver a los noventa. Tal vez se trate de volver a esa libertad interior que permite sentarse, escuchar, disentir y seguir compartiendo el vino. Sin miedo. Con verdad. Con alma.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente