Religión en Libertad

Un Papa ante sus hermanos

Hay gestos que no producen titulares inmediatos, pero reordenan silenciosamente el modo de estar en el mundo. Convocar para escuchar es uno de ellos

Los cardenales convocados al consistorio extraordinario han trabajado en 21 grupos. En la mesa de arriba a la derecha en la foto se sienta el Papa.Vatican Media.

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Hay gestos que no producen titulares inmediatos, pero reordenan silenciosamente el modo de estar en el mundo. Convocar un consistorio no es, en sí mismo, un acontecimiento excepcional. Lo verdaderamente inusual —casi escandaloso en una cultura de la decisión rápida— es que ese consistorio no haya sido instrumental, sino fundacional. No para decidir, sino para escuchar.

El papa León XIV ha comenzado su pontificado desde un lugar teológicamente exigente: el reconocimiento de que la autoridad en la Iglesia no precede a la comunión, sino que brota de ella. No se impone desde arriba; se recibe desde dentro. No se ejerce como dominio, sino como custodia.

Este consistorio no ha sido un acto administrativo. Ha sido una confesión eclesial: la Iglesia no se gobierna desde la soledad del poder, sino desde la sinodalidad vivida. Y la sinodalidad, conviene recordarlo, no es una técnica de consenso ni una concesión al espíritu de los tiempos. Es una categoría teológica. Es la forma concreta que adopta la obediencia al Espíritu cuando nadie pretende hablar en su nombre de manera exclusiva.

Escuchar a los cardenales con los que compartió el cónclave no es un gesto de cortesía. Es un acto de memoria sacramental. Porque esos hombres no son simplemente colaboradores del Papa: son testigos del mismo acto fundante, del mismo discernimiento eclesial en el que Dios, una vez más, descolocó expectativas humanas. El cónclave no crea afinidades; crea una responsabilidad compartida ante el misterio.

Hay aquí una comprensión profunda del ministerio petrino. Pedro no fue elegido por su claridad doctrinal ni por su estabilidad emocional. Fue elegido precisamente porque necesitaba aprender a escuchar. A escuchar al Maestro cuando hablaba de cruz. A escuchar al gallo cuando cantó. A escuchar al Espíritu cuando le pidió ir más allá de sus certezas culturales. Gobernar, en la Iglesia, sigue siendo aprender a escuchar después de haber sido llamado.

En este sentido, el consistorio ha tenido un carácter marcadamente pascual. No ha sido una afirmación de poder, sino una renuncia al control. Y renunciar al control no es abdicar de la autoridad, sino purificarla. Solo una autoridad que acepta no poseer la totalidad de la verdad puede servir a la verdad sin instrumentalizarla.

En un tiempo en el que se exige al papa que “tome partido”, este gesto resulta incómodo. Porque escuchar es suspender, al menos provisionalmente, la lógica binaria de vencedores y vencidos. Es aceptar que la Iglesia no se deja reducir a categorías ideológicas. Que su unidad no se construye por alineación, sino por comunión en la diversidad legítima.

El riesgo de este camino es evidente: la lentitud, la tensión, la incomodidad. Pero el riesgo contrario es mayor: convertir la autoridad en una función técnica y la fe en una estrategia de gestión. Cuando la Iglesia confunde eficacia con fecundidad, deja de hablar el lenguaje del Evangelio.

Este consistorio ha recordado algo esencial: la Iglesia no necesita un líder que lo vea todo, sino un pastor que sepa dónde mirar. Y mirar, en clave cristiana, no es controlar, sino contemplar. No es anticipar soluciones, sino discernir procesos.

La escucha, aquí, no es pasividad. Es una forma activa de esperanza. Esperanza en que el Espíritu sigue hablando en la pluralidad de voces. Esperanza en que la verdad no se empobrece cuando se comparte. Esperanza en que la unidad no es uniformidad, sino comunión sostenida.

Tal vez por eso este gesto tenga una fuerza profética. En un mundo que identifica liderazgo con imposición, la Iglesia se permite recordar —una vez más— que su forma de autoridad es otra. Que el que preside, sirve. Que el que decide, primero escucha. Que el que gobierna, no lo hace desde la altura, sino desde el centro.

Este consistorio no ha marcado una agenda. Ha marcado un tono. Y en la Iglesia, el tono no es un detalle estilístico: es una teología en acto.

Porque cuando el poder escucha, se humaniza.

Cuando la Iglesia escucha, se deja evangelizar.

Y cuando el Sucesor de Pedro escucha a quienes el Espíritu ha unido con él para siempre, la Iglesia recuerda —sin necesidad de proclamarlo— que sigue siendo, ante todo, un misterio de comunión y no una estructura de dominio.

A veces, lo más radical no es hablar.

Es escuchar con fe.

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