Religión en Libertad

La criminalización del hombre: cuando el feminismo ideológico sustituye a la verdad y a la justicia

En pleno auge del feminismo político, denunciar la violencia sin destruir la presunción de inocencia parece un acto revolucionario. Mientras algunos convierten al hombre en sospechoso universal, la doctrina social de la Iglesia recuerda una verdad incómoda: la dignidad no tiene género y la complementariedad no es opresión, sino un regalo que el discurso ideológico ha decidido cancelar.

Una concentración de feministas.

Una concentración de feministas.

Creado:

Actualizado:

Hay un deporte contemporáneo que se ha puesto extraordinariamente de moda: la cacería contra el hombre. No el hombre violento —que existe, y contra el cual la ley debe actuar con firmeza—, sino el hombre a secas, el que respira, trabaja, ama, educa, comete errores, intenta acertar y, para colmo, es culpable por defecto. En nombre del progreso, algunas corrientes políticas han convertido el varón medio en un sospechoso permanente, y la sociedad, siempre dispuesta a la consigna fácil, aplaude encantada. Y con perdón de las socialistas y podemitas, no hablamos aquí de justicia, sino de ideología de baja calidad envuelta en papel brillante.

Es curioso: mientras se promueve un día contra la violencia machista que, más que concienciar, acaba funcionando como un juicio colectivo y preventivo contra media humanidad, nadie se detiene a plantear que la violencia —toda— debe ser combatida sin etiquetas ideológicas ni categorías sospechosas. Cuando la narrativa se formula de manera que un sexo entero aparece como potencial agresor, el principio de presunción de inocencia, tan básico en cualquier sociedad civilizada, queda reducido a una nota a pie de página. Pero claro, pedir matices en tiempos de consignas es casi una provocación intelectual.

Habrá quien diga que estas críticas nacen del privilegio o de la insensibilidad. En mi experiencia personal, lo que he conocido del hombre no encaja con el retrato demonizado que hoy se pretende imponer. No me han maltratado por ser mujer, ni acosado por serlo, ni discriminado. Lo que he visto más bien es a hombres que han sido compañeros, apoyos, impulso, complemento. Sí, complemento: ese regalo de Dios —otra vez con perdón de las señoras de morado— que la Doctrina Social de la Iglesia define como cooperación, reciprocidad y don mutuo, no como antagonismo perpetuo. Para la visión cristiana, hombre y mujer no compiten: se construyen. No se neutralizan: se enriquecen.

Y mientras la consigna del día reparte culpas, la realidad avanza en silencio. Hombres que pierden la custodia de sus hijos sin causa real, que cargan con falsas denuncias que jamás se repararán, que son expulsados del hogar sin investigación completa, que ven su reputación disolverse sin sentencia. No se trata de negar el sufrimiento de muchas mujeres —que es real y grave—, sino de reconocer que la justicia no puede hacerse sobre la base de que “unos nacen víctimas y otros nacen culpables”. La Iglesia, tan acusada de anticuada, lleva siglos repitiendo algo que hoy parece revolucionario: la dignidad humana no se segmenta, no se clasifica, no se reparte por cuotas ideológicas ni biológicas.

La Doctrina Social insiste en que la sociedad sana se construye desde la verdad, no desde la sospecha sistemática. Desde la responsabilidad personal, no desde la culpabilidad heredada. Desde el respeto al otro, no desde la paranoia. Y, sobre todo, desde la complementariedad, esa palabra que hoy incomoda tanto porque recuerda que no fuimos creados para ser enemigos, sino aliados.

Mientras tanto, el discurso público sigue encantado con su narrativa monocroma: la mujer como víctima eterna, el hombre como agresor en potencia. Un relato tan simplista que solo puede sostenerse cuando la ideología reemplaza a la realidad. Porque la realidad —esa antigua enemiga del eslogan político— está formada por hombres buenos, malos, complejos, torpes, brillantes, débiles, responsables o irresponsables… como las mujeres. La condición humana no viene en versión azul o rosa: viene en versión caída y redimible.

Son tan obtusos que, en su cruzada de victimizar a la mujer para justificar sus discursos, la convierten en una criatura débil, indefensa, anulada… justo lo contrario de la educación que por lo menos yo, y muchas de las mujeres que me rodean, hemos recibido. En un colegio católico —sí, ese que tanto atacan desde trincheras ideológicas— nunca nos enseñaron a vernos como víctimas, sino como mujeres fuertes, preparadas, independientes, capaces de pensar, luchar, amar y decidir. En una familia no desestructurada —otro escándalo para la corrección política— jamás se nos insinuó que necesitábamos protección frente al hombre, sino que caminábamos juntos, como compañeros de batalla, distintos pero complementarios, con igual dignidad y diferente misión. Y sí, esto no niega que existan mujeres que sufren o han sufrido violencia, y que merecen toda la justicia, protección y apoyo. Pero una sociedad no puede construirse sobre la trampa intelectual de convertir la parte en el todo.

Quizá por eso urge devolver cordura a este debate antes de que acabemos viviendo en un tablero donde el sexo determina la inocencia y la sospecha. Porque cuando criminalizamos a medio género y convertimos al otro medio en intocable, dejamos de trabajar por la justicia y empezamos a trabajar por la propaganda. Y la propaganda nunca protege a las víctimas: solo alimenta a los ideólogos.

Tal vez lo verdaderamente escandaloso sea recordar algo tan simple como que la relación entre hombre y mujer es —o debería ser— un lugar de encuentro, no de guerra. Y que el mundo está enfermo no porque los hombres sean hombres, sino porque hemos olvidado la belleza de la complementariedad, la justicia sin etiquetas y la dignidad que Dios imprimió en cada persona, sea del sexo que sea.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking