Religión en Libertad

Perdonados… pero sin creerlo: la herida más profunda del alma cristiana

Muchos creyentes cargan culpas que Dios ya ha borrado. Esta reflexión aborda la resistencia interior a aceptar el perdón, la belleza del sacramento de la confesión y la libertad que nace cuando dejamos que Dios tenga la última palabra.

MisericordiaFoto de Louis Hansel en

Creado:

Actualizado:

Hay una experiencia espiritual de la que casi nunca hablamos con suficiente honestidad: lo difícil que nos resulta dejarnos perdonar. Pedir perdón ya es un acto valiente. Perdonar al otro puede costar lágrimas. Pero sabernos perdonados por Dios… eso, para muchos, es casi imposible. Nos hemos convertido en especialistas en revisarnos con lupa, en erigir tribunales interiores que no descansan, en dictar sentencias severas contra nosotros mismos incluso cuando Dios —el único que puede juzgar con plena justicia y plena misericordia— ya ha pronunciado su veredicto definitivo: inocente, liberado, amado.

A los católicos se nos ha dado un regalo pasmoso, casi desconcertante, que a veces tememos precisamente porque nos desarma: el sacramento del perdón. Dios ha querido que su misericordia no fuera un concepto abstracto, sino un gesto palpable, audible, concreto. Sin embargo, demasiadas veces vivimos la confesión como si fuera una sala de examen o un tribunal, cuando en realidad es un hospital del alma. Como recuerda el Papa Francisco, la confesión no es una tortura, sino el abrazo del Padre que nos vuelve a levantar. No vamos a rendir cuentas, sino a entregar aquello que ya no podemos cargar.

Y, sin embargo, ocurre algo tan humano como doloroso: Dios perdona antes incluso de que terminemos la frase, pero nosotros seguimos en pie de guerra contra nosotros mismos. Él nos dice “vete en paz”, y nosotros respondemos interiormente “no me lo merezco”. Entonces empezamos a añadir penitencias no pedidas, a prohibirnos alegrías, a repetir mentalmente nuestras culpas como un mantra oscuro. Como si el perdón tuviera que ganarse. Como si la misericordia necesitara demostraciones. Como si la ternura de Dios fuera demasiado grande para nuestra lógica humana.

Ahí está el verdadero nudo espiritual: nos cuesta aceptar que Dios sea más compasivo que nuestros recuerdos, más tierno que nuestros miedos, más libre que nuestras propias heridas. Pedir perdón puede aliviar, pero dejarse perdonar… eso es resucitar. Cuando el perdón cala de verdad, no solo cae la culpa: cae el orgullo, cae el resentimiento contra uno mismo, cae la voz interior que nos repite que no valemos, que no podemos, que no somos dignos. El alma vuelve a respirar.

Y, sin embargo, muchos creyentes viven como si llevasen una condena perpetua impuesta no por Dios, sino por su propia rigidez. Algunos no se confiesan porque pecan poco. Otros porque creen que pecan demasiado. Pero hay un tercer grupo, más grande y silencioso: los que se confiesan y, aun así, siguen viviendo como acusados. Personas que salen del confesionario absueltas y continúan autoacusándose. Personas que escuchan “estás perdonado” y se responden “pero no del todo”.

Quizá necesitamos recordar algo esencial: no existe en la tierra otro lugar donde uno pueda decir “he fallado” y escuchar, con autoridad divina, “estás perdonado, vuelve a empezar”. No hay psicología, ni técnica, ni discurso motivacional capaz de producir lo que produce este sacramento: la restauración real del alma. No solo borra el pecado; cura la herida. No solo limpia; reconstruye. No solo consuela; resucita.

Tal vez el paso más difícil no sea pedir perdón, sino permitir que Dios tenga la última palabra sobre nuestra historia. Y aceptar que esa palabra no es “culpa”, sino hijo. No “vergüenza”, sino misericordia. No “ya es tarde”, sino vuelve a casa.

El perdón no es un premio para los buenos, sino la medicina para los enfermos. La fuerza para los cansados. El abrazo para los que ya no saben cómo empezar de nuevo. Quizá la verdadera revolución espiritual esté en esto que tan poco practicamos: creerle a Dios cuando nos dice que ya estamos perdonados. Porque la misericordia —la suya, no la nuestra— es tan grande que a veces asusta, tan libre que desconcierta, tan cercana que nos parece imposible.

Pero es real. Y está esperando. Cada vez. Siempre.

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente