Religión en Libertad

El universo no es fruto del azar, sino una obra diseñada por Dios con orden, belleza y armonía divina.

La terrible soledad de quien vive sin Dios.

🔹San Agustín. Confesiones XXVII, 38🔹

🔹San Agustín. Confesiones XXVII, 38🔹

🔹San Agustín. Confesiones XXVII, 38🔹- NMN

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...he aquí que tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te andaba buscando; y deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas de tus criaturas. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Me retenían alejado de ti aquellas realidades que, si no estuviesen en ti, no serían 🔹San Agustín. Confesiones XXVII, 38🔹

El primer drama de la soledad sin Dios es que divide al ser humano. San Agustín describe una paradoja espacial: Dios, que es plenitud, habita en el núcleo más íntimo del alma. Este espacio interior es el castillo interior al que alude Santa Teresa, o el templo del Espíritu Santo, según San Pablo. Si Dios no está ahí, el ser humano vive exiliado en la periferia de su propia existencia.

Quien no vive en Dios experimenta una soledad crónica porque habita en la intemperie espiritual. Estar "fuera" significa depender del ruido del mundo, de las modas, de la aprobación ajena y del rendimiento. Es la soledad del vagabundo que busca posada, con las llaves de su propia mansión en el bolsillo. Hoy en día, las redes sociales se ofrecen como una alternativa para llenar esta soledad, pero es sólo un sustituto aparente.

El alma sin Dios teme al silencio porque este la obliga a mirar su propio vacío. Por eso, la soledad del 'increyente' suele ser una soledad hiperconectada, ruidosa y frenética, diseñada precisamente para tapar el abismo de la falta de sentido. Esta es una soledad que devora nuestro ser. Nos dice San Agustín: «Deforme como era, me lanzaba sobre las bellezas». Cuando el alma siente el vacío de la ausencia de Dios, el hambre del Infinito no desaparece; simplemente se esconde disfrazada. Aquí nace una soledad que Agustín califica de "deforme".

El hombre, acongojado por su soledad, intenta llenarla devorando criaturas (personas, placeres, éxitos, pantallas, posesiones). Se "lanza" sobre ellas, desesperado. Pero las criaturas son finitas; no pueden saciar un corazón hecho para lo Infinito. Esta es la peor faceta de la soledad, la que se experimenta después de haber conseguido lo que se deseaba. El alma posee la criatura, pero esta sigue vacía. Al "lanzarse" sobre las bellezas del mundo esperando que le salven de su aislamiento, el hombre solo consigue romper los juguetes que adora y quedarse más solo, frustrado y "deforme" que antes.

Dice en este pensamiento algo muy duro: «Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo». Esta es, teológicamente, la frase más terrible del pasaje. Define la soledad no como un problema de aislamiento de Dios hacia el hombre (Dios siempre está), sino como una ruptura de la atención del hombre hacia Dios.

Dios sostiene la vida del pecador, amándolo en cada latido de su corazón, pero el hombre está "en otra parte", con la mente y el afecto secuestrados por lo inmediato. Es la soledad del ciego ante la luz o del sordo ante la sinfonía. Dios abraza al alma, pero esta tiene los brazos caídos y los ojos cerrados. Es una soledad acompañada del Amor absoluto, lo que la vuelve un misterio de dolorosa ceguera.

Otra frase interesante de este pensamiento es: «Me retenían alejado de ti aquellas realidades». San Agustín señala la gran ironía de las criaturas: tienen belleza porque Dios se la dio, pero el hombre se queda atrapado en el reflejo y olvida la Luz que lo originó. Quien busca la felicidad en las cosas creadas, prescindiendo de Dios, se queda solo con las sombras. San Juan de la Cruz explica que las criaturas, separadas de Dios, son "nada". Por tanto, la vivencia de quien no tiene a Dios es la de estar rodeado de fantasmas. Fantasmas que son realidades que prometen vida, pero que, al no estar vividas en Dios, no pueden dar consistencia al alma. El hombre termina viviendo en un desierto de espejismos.

San Agustín nos enseña que el mayor castigo de no tener a Dios no es el fuego ni el azufre, sino la intolerable soledad de estar lejos de uno mismo. La conversión agustiniana no es un viaje hacia el exterior para buscar un Dios lejano, sino un viaje interior de regreso a casa. Curar la soledad hoy no implica cambiar de escenario ni buscar nuevas compañías; implica, simplemente, cerrar los ojos, callar el ruido de "fuera" y decirle al Huésped que habita "dentro": «Aquí estoy, por fin he vuelto».

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