Vuelve el monje
Lean a Wodehouse y ríanse de ustedes mismos, por favor
"El infierno jamás ha producido buen humor", dice San Bernardo
Cuando leo y releo a P.G. Wodehouse el sol brilla en mi alma y todo vuelve a ocupar su tierno espacio en el mundo. Porque el mundo es un teatro más bien cómico donde las hormigas humanas se empeñan en exagerarlo todo: desde su propio tamaño, al tamaño de las tragedias y de los dramas que siempre acaban muy bien, es decir, con la muerte y la magnífica vida eterna junto al genial autor de la obra, el Dios eternamente simpático y risueño que las hormigas tratan de deformar con máscaras oscuras y justicieras.
De modo que, para que ustedes empiecen ahora mismo con Wodehouse, les presento un pequeño cóctel como aperitivo, antes de recomendarles que se hagan con mis dos títulos favoritos: "Luna llena" y "De acuerdo, Jeeves".
El asunto de los escritores vagos
-Verá, Jeeves, me dicen los expertos, esos tipos con gafas que leen "Babelia" en el desayuno, que la raza humana está dejando de sonar humana. Resulta que estas máquinas de "Inteligencia Artificial" están redactando todo, desde cartas de amor hasta amenazas por impago de alquiler. El resultado es que todo el mundo escribe con el mismo tono monótono de un vicario leyendo el boletín parroquial en una tarde lluviosa.
-Es el fenómeno del "Promedio de LinkedIn", señor -respondió Jeeves, ajustándome el nudo de la corbata con esa precisión quirúrgica suya-. La individualidad del espíritu humano está siendo sacrificada en el altar de la corrección sintáctica.
-A este paso, Jeeves, hasta un tío como Tuppy Glossop parecerá brillante, lo cual, como bien sabe, es físicamente imposible. Extraño la "buena mala escritura", Jeeves. Esa prosa con baches y personalidad, como un coche viejo que tose pero llega a su destino. Ahora todo es pulido, impecable y... Bueno, más aburrido que una conferencia sobre la cría de cerdos en Shropshire.
Lío en la Curia y el Caballero del Tupé Naranja
-¡Jeeves! -exclamé, dejando caer el periódico con el horror que uno siente al encontrar una oruga en su ensalada-. ¡Esto es el colmo! Resulta que ciertos periódicos que se dicen "de la parroquia" se han aliado con ese caballero americano de cabello, digamos, arquitectónicamente aventurado, el señor Trump.
-Un personaje ciertamente pintoresco, señor.
-Pintoresco es poco, Jeeves. ¡Está organizando una trifulca de proporciones bíblicas en Oriente Medio! Y lo peor es que estos medios, ejem, conservadores, en lugar de seguir las sabias directrices del Papa, que es el que realmente lleva el timón en estas tormentas, se dedican a jalear los cañonazos y a soltar sospechas sobre el buen amigo Prevost en Perú. Es como si el coro de la iglesia decidiera, de repente, que lo suyo es el "heavy metal" y las granadas de mano.
-Son lo que los especialistas llamarían "polichinelas útiles", señor. Le hacen el trabajo sucio al tipo de los cuernos y el rabo mientras creen estar defendiendo la civilización. Una falta absoluta de "esprit de corps".
El pacto de la letrina y la perseverancia del pecador
(Donde el Tío Fred da un consejo espiritual de alto calado)
-Mira, joven Bertie -dijo el Tío Fred, balanceando su bastón con esa alegría contagiosa que siempre precede a un desastre total-, el asunto con el diablo es que es un tipo con una falta de imaginación espantosa. Cree que porque te ha hecho tropezar y caer en el barro una vez, ya eres de su propiedad.
-Pero parece un elemento bastante persistente, tío.
-¡Bah! No tanto como un sacerdote con sentido del humor. Verás, Dios ha hecho algo brillantemente astuto: ha montado su cuartel general precisamente en la letrina de nuestra propia miseria.
Es un movimiento estratégico de primer orden. El plan es el siguiente: por cada vez que el viejo zorro nos haga pecar, nosotros vamos al confesionario dos veces.
-Suena a un juego de resistencia, señor -intervino Jeeves.
-¡Precisamente! Es una guerra de desgaste. El diablo te hunde, tú te humillas y pides perdón; él vuelve a empujar, tú vuelves a arrodillarte. Al final, el pobre diablo se cansa de ser malo antes de que nosotros nos cansemos de ser perdonados. Se trata de tener la última palabra, Bertie, y esa palabra suele ser "Amén", dicha con una sonrisa del pícaro que acaba de ganar una apuesta imposible.
¿Quién se cansará antes? ¡Yo apuesto por el tipo que tiene la Gracia de su lado y una reserva inagotable de alegre humildad!