Religión en Libertad

«Hemos hecho del móvil un pequeño dios»

Jesús M.ª Silva propone una “conversión digital” para seguir siendo humanos en la era del móvil, las redes y la inteligencia artificial.

Jesús Silva en un programa de la temporada 4 de Red de Redes, hablando sobre móvil y falta de compromiso

Jesús Silva en un programa de la temporada 4 de Red de Redes, hablando sobre móvil y falta de compromiso

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Vivimos pendientes de una pantalla: el móvil es lo primero que miramos al despertar y lo último antes de dormir.

En "Seguir siendo humanos en la era digital" (Palabra), el sacerdote Jesús M.ª Silva denuncia la idolatría del móvil, las falsas promesas del transhumanismo y el riesgo de atrofiar la creatividad con la IA, y propone una auténtica “conversión digital” con decisiones concretas y asequibles para cualquier lector.

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-Hoy vivimos pegados al móvil, hiperconectados y solos. Si el hombre medio de la era digital se confesara, ¿de qué pecados “nuevos” debería acusarse?

-Pues mira, si el hombre medio de hoy se arrodillase en un confesionario digital —con toda la ironía que eso tiene— creo que el primer “pecado” que tendría que reconocer es el de la idolatría del móvil. Y lo digo sin dramatismo: hemos colocado ese aparato en el centro de nuestra vida de una manera que antes reservábamos para las personas que amamos. Lo primero que miramos al despertar y lo último antes de dormir ya no es el rostro de quien tenemos al lado, sino una pantalla.

»El segundo sería el de la impaciencia convertida en norma. Hemos dejado de saber esperar. Exigimos respuesta ya, reacción ya, solución ya. Y esa tiranía del instante nos ha vuelto emocionalmente frágiles: cuando el otro tarda dos horas en contestar, ya interpretamos que algo va mal en la relación. Eso no es vida, es ansiedad disfrazada de comunicación.

»Luego está algo que en el libro llamo la “desfacialización”: hemos aprendido a hablar con la gente como si fueran bots. Enviamos mensajes duros, fríos, cortantes, que jamás pronunciaríamos mirando a alguien a los ojos. Hemos perdido la capacidad de hacernos cargo de que al otro lado hay una persona de carne y hueso con sentimientos reales.

»Y el cuarto —quizá el más hondo— es el del FOMO, ese miedo a perderse algo. Nos hemos vuelto incapaces de vivir el momento presente porque estamos permanentemente asomados a la ventana de lo que hacen los demás. Eso no es curiosidad sana: es una forma de huir de uno mismo. Y huir de uno mismo, en lenguaje espiritual, tiene un nombre bastante serio.

-No se trata de demonizar la tecnología, sino de “recuperar el control”. En clave evangélica, ¿qué significa que el cristiano mande sobre el móvil y no al revés?

-La pregunta me encanta porque va al hueso. Jesús dice en el Evangelio que nadie puede servir a dos señores. Y, sin dramatizar, muchos hemos hecho del móvil algo muy parecido a un señor: nos dicta cuándo prestar atención, cuándo interrumpir una conversación, cuándo levantarnos de la mesa. Eso es servidumbre, aunque se llame “estar conectado”.

»Recuperar el control, en términos muy concretos y muy evangélicos, significa esto: que seas tú quien decida cuándo miras el móvil, y no el móvil quien decida cuándo te llama. Parece simple, pero es revolucionario en nuestra época. Desactivar las notificaciones no es un capricho tecnológico: es un acto de libertad interior.

»Y luego hay un criterio espiritual muy claro: si el móvil me impide rezar, me roba el tiempo de las personas que tengo delante o me hace tratar al otro como si fuera un dato y no una persona, entonces el móvil me está gobernando a mí. El cristiano que manda sobre su móvil es aquel que, cuando está con su familia en la cena, lo deja boca abajo sin ansiedad. Que puede pasar una hora de oración sin mirar si le han escrito. Que cuando un amigo le llama, a veces —solo a veces— decide no coger el teléfono porque está viviendo algo que merece su presencia plena.

»En el fondo es la misma lógica de cualquier ascesis: no se trata de matar el deseo, sino de ordenarlo. El móvil es una herramienta maravillosa. Pero a una herramienta manda el amo, no al revés.

-Hablas de “desfacialización”: dejar de ver personas y ver solo perfiles. ¿Cuál es el signo más claro de que ya tratamos al otro como un bot?

-Para mí el signo más claro —y más triste— es cuando alguien te dice algo muy delicado por WhatsApp. Una ruptura, una noticia dolorosa, un “estoy mal”, enviado como texto entre un meme y una captura de pantalla. Eso me indica que esa persona ya ha perdido la conciencia de que el otro necesita algo más que palabras en una pantalla: necesita una voz, un silencio cargado de presencia, quizá un abrazo.

»Pero hay otro signo que me resulta incluso más revelador y que cuento en el libro: escuchar los audios del otro a doble velocidad. Eso es la desfacialización en estado puro. La otra persona se ha tomado el tiempo de hablarme, de modular su voz, de poner en sus palabras un ritmo que transmite cómo está. Y yo lo paso a 2x para “optimizar el tiempo”. Ahí ya no estoy escuchando a una persona: estoy procesando datos.

»Y luego está el fenómeno de las relaciones que se deterioran enteramente por chat, con mensajes que se solapan, mal interpretados, respondidos en mal momento, donde ya nadie recuerda que empezó simplemente porque alguien estaba cansado cuando respondió. He acompañado a parejas que han llegado al borde de la ruptura por una guerra de textos que, de haberse dicho en persona, en cinco minutos se habrían aclarado con una mirada.

»Cuando eso pasa, ya no nos estamos viendo como rostros. Nos estamos viendo como interlocutores de un algoritmo.

-Padres y educadores católicos están desbordados. Si tuviera que darles una única regla de oro para educar en lo digital, ¿cuál sería?

-Una sola regla. Bien. Pues aquí va, y la defiendo con toda la convicción que tengo: el móvil personal con acceso a redes sociales no es para menores de 14 años, y el smartphone sin supervisión no es para menores de 16. Y digo esto no desde el miedo, sino desde el amor.

»Los estudios son contundentes: la explosión de ansiedad, depresión y trastornos de imagen en adolescentes —especialmente en chicas— coincide exactamente con la masificación de los smartphones entre 2012 y 2015. No es una correlación vaga: es una conexión directa, documentada y reconocida por los propios directivos de estas plataformas en sus declaraciones privadas.

»Un padre o madre que dice “es que si no le doy móvil, quedará excluido” está capitulando ante una presión social que, si todos los padres resistiesen juntos, se diluiría. Y la Iglesia, precisamente, tiene aquí una oportunidad extraordinaria de crear comunidad de resistencia: que en los colegios católicos, en las parroquias, en los grupos de familias, se llegue a un acuerdo: “nosotros, hasta los 14, no”. El niño que crece sin redes sociales hasta la adolescencia no queda excluido del mundo: queda protegido para llegar al mundo con más herramientas para habitarlo bien.

»Y sí, requiere valentía. Pero ser padre cristiano siempre la ha requerido.

»También que jamás deleguen totalmente la formación afectiva y moral de sus hijos en una pantalla.

»El problema no es solo cuánto tiempo pasan los hijos con el móvil. El problema es quién les está enseñando a mirar el mundo. Porque hoy muchísimos adolescentes están siendo educados emocionalmente por TikTok, Instagram o algoritmos diseñados para engancharlos.

»Los padres tienen que estar presentes. Hablar. Comer juntos. Mirar a los ojos. Crear vida familiar real. Porque un hijo que encuentra conexión, escucha y sentido en casa tendrá mucha menos necesidad de refugiarse compulsivamente en el mundo virtual.

»Y añadiría otra cosa: los niños no aprenden principalmente de lo que les dices, sino de lo que te ven hacer. Si un padre pide a su hijo que deje el móvil mientras él vive pegado a la pantalla, el mensaje ya está perdido.

-Dedicas una parte importante a la inteligencia artificial y al riesgo de atrofiar la creatividad humana. ¿Hasta qué punto ves compatible el uso de estas herramientas con una fe que cree en la originalidad irrepetible de cada persona creada por Dios?

-Es una pregunta que me apasiona porque toca algo muy profundo de la antropología cristiana. La fe afirma que cada ser humano es una novedad absoluta en la historia del universo, querida por Dios desde la eternidad, única e irrepetible. Eso incluye su voz creativa: lo que ese ser humano tiene para decir al mundo no lo puede decir nadie más, ni ninguna máquina.

»La IA, en cambio, no crea: recombina. Se alimenta de todo lo que el ser humano ha producido, mezcla patrones con una eficiencia prodigiosa y genera algo que parece nuevo pero que, en el fondo, es una quimera sofisticada de lo ya existente. No tiene nada que decir porque no tiene nada dentro. Puede imitar a Rembrandt, puede rimar como Neruda, puede estructurar como Bach. Pero no puede tener una experiencia de Dios, no puede haber sufrido una pérdida, no puede haber amado a alguien hasta perder el sueño.

»¿Son compatibles? Sí, si la usamos como herramienta y no como sustituto. Yo mismo la he usado para buscar información, para contrastar datos, para estructurar esquemas. Pero este libro lo he pensado yo, lo he sufrido yo, lo he rezado yo. Y eso ninguna IA me lo puede hacer.

»El cristiano que usa la IA para crecer en su fe, para llegar a más gente, para organizar su catequesis, está usando bien un don. El cristiano que le pide a la IA que le haga su homilía, su carta personal o su poema de amor ha cometido una especie de pequeña traición a su propia originalidad creada por Dios.

»La clave es no dejar que la IA haga por ti lo que Dios te ha dado capacidad de hacer. Porque lo que tú puedes hacer es único. Lo que hace la máquina, no.

-El libro termina señalando que el gran engaño del transhumanismo es prometer una salvación técnica sin cruz ni conversión. ¿Qué respuesta específica ofrece Jesucristo a quienes hoy sueñan con vencer la muerte a base de datos, chips y mejoras biológicas?

-El transhumanismo es, en el fondo, la versión high-tech de un sueño antiquísimo: ser como dioses. Vivir para siempre, no envejecer, no sufrir, no morir. Es la misma tentación del Edén con mejor packaging. Y lo entiendo: el miedo a la muerte es el miedo más humano que existe.

»Pero la respuesta de Jesucristo no es una respuesta técnica. Es una respuesta personal. Él no nos promete un cuerpo mejorado con nanotecnología: nos promete un cuerpo resucitado. No nos promete 500 años de vida biológica alargada: nos promete la vida eterna. Y la diferencia es abismal. Porque la vida eterna no es “más de lo mismo durante más tiempo”: es una transformación radical de lo que somos, en comunión con Dios, que es la fuente de todo bien y de toda vida.

»Y aquí viene la parte que a los transhumanistas les resulta completamente incomprensible: el camino hacia esa vida pasa por la cruz. Por aceptar los límites, por abrazar la finitud, por morir a uno mismo. Cristo no murió para que no muramos: murió para que la muerte no tenga la última palabra. Y eso cambia todo. El cristiano que tiene eso claro puede mirar la muerte sin el terror existencial que mueve a los transhumanistas. Puede envejecer con dignidad. Puede cuidar al enfermo sin el afán desesperado de “curar la muerte”. Puede soltar.

»Lo que ofrece Jesucristo a quienes sueñan con chips y datos es algo que ningún chip puede dar: sentido. Paz. La certeza de que somos amados infinitamente, no a pesar de nuestros límites, sino con ellos. Y que esos límites, aceptados en la fe, son el camino —no el obstáculo— hacia la plenitud.

-Si un lector de esta entrevista termina tu libro con el deseo de “seguir siendo humano” pero sin saber por dónde empezar, ¿qué tres decisiones muy concretas —de esas que se toman esta misma semana— le pedirías como comienzo de conversión digital?

-Me alegra que digas “esta misma semana”, porque es exactamente el espíritu del libro: nada de grandes planes que nunca se llevan a cabo. Tres cosas concretas, hoy.

»La primera: aprender a aburrirse otra vez. Parece una tontería, pero hemos perdido la capacidad de estar en silencio, de esperar, de contemplar, de pensar sin estímulos constantes. En cuanto aparece un hueco, sacamos el móvil automáticamente. Recuperar pequeños momentos de vacío —una cola, un trayecto, un paseo, diez minutos sentado sin hacer nada— devuelve muchísima paz interior. Ahí vuelve a aparecer la vida real. Ahí vuelves a escucharte a ti mismo.

»La segunda: establecer momentos sagrados sin móvil. Las comidas. La oración. Una conversación importante. Un paseo. Hay que reaprender a estar plenamente presentes.

»Y la tercera: volver al cara a cara. Llamar más. Quedar más. Escuchar más. Mirar más a los ojos. La salida de la deshumanización no está en destruir la tecnología, sino en redescubrir la belleza de lo humano.

»Porque al final la gran batalla de nuestra época quizá sea esta: seguir teniendo alma en un mundo que constantemente intenta convertirnos en consumidores distraídos.

»Tres decisiones. Esta semana. Sin esperar a estar convencido del todo: empieza, y la convicción vendrá después. Así funciona siempre la conversión.

"Seguir siendo humanos en la era digital"

Jesús M.ª Silva Castignani
Ed. Palabra

En este libro, el sacerdote madrileño ofrece una mirada cristiana al uso del móvil, las redes sociales y la inteligencia artificial, y propone claves muy concretas para que padres, educadores y jóvenes aprendan a “mandar” sobre la tecnología y no al revés. Es una guía accesible y profunda para quienes intuyen que la gran batalla de hoy es seguir teniendo alma en un mundo hiperconectado.

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