Religión en Libertad

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Imaginen que sus parroquias, sus comunidades, su monasterio, son una posición avanzada en el frente de Madrid en 1937. Pues bien, en realidad es mucho peor, es terrorífica, porque este enemigo invisible que tienen a las puertas y por los aires es el más taimado, el más astuto y cruel de todos los enemigos. Es por ello el más letal. No lo ven, pero a su alrededor siembra un reguero de muertes incontables. Ahora ya pueden leer el homenaje a un cura que sí veía al Enemigo.

 

La guerra del padre Huidobro 

Hay muertes que no son finales, sino cumbres; silencios que no son vacío, sino el eco de una campana que sigue doblando en el corazón de las tierras de España. Traigo hoy a la memoria, con el respeto que se le debe a las cosas sagradas y el temblor de la estrofa bien medida, la figura del Padre Fernando Huidobro, jesuita de estirpe y soldado de la Gracia, que en los frentes de Madrid supo demostrar que el amor es el único uniforme que no se desgasta con la metralla. Lo vemos en el Guadarrama, o entre las ruinas del Hospital Clínico, con su raído mono azul de obrero

y su cruz al pecho, moviéndose entre el estruendo como quien camina por un cementerio en sombras.

No buscaba Huidobro el fragor de la victoria terrenal, sino la paz de la última palabra. Era el capitán de los que no tienen mando, 

el general de los que están a punto de rendirse al sueño eterno. Allí donde el hombre se deshace en el barro y el miedo, allí aparecía su figura enjuta, alta y pálida, portando en sus manos de teólogo el misterio de un Dios que también supo de espinas y de abandonos.

¡Qué lección de hidalguía espiritual la de este jesuita! No iba al frente a juzgar los odios, sino a sembrar el perdón en los surcos de las trincheras. Dicen que no distinguía colores cuando el alma pedía auxilio; que, para él, cada agonizante era un sagrario roto que necesitaba ser recompuesto. En el fragor de la Ciudad Universitaria, su presencia era un remanso de elegancia cristiana: esa cortesía del alma que se inclina sobre la herida del amigo y del enemigo, reconociendo en ambos el mismo barro necesitado de luz. Su muerte, en aquel abril madrileño de 1937, no fue un accidente de la guerra, sino la rública de un poema que Dios venía escribiendo en su vida. Cayó como caen los trigos cuando llega la siega: con la cabeza alta y el alma granada de méritos. No necesitó fusil para combatir; le bastó su breviario y su caridad de fuego para conquistar una posición que nadie podrá arrebatarnos: la de la santidad en medio del espanto del mundo.

Paz a los hombres

Fernando Huidobro nos enseña, desde su puesto junto a los luceros, que la vida solo tiene sentido cuando se entrega por entero, sin regateos ni cautelas. Fue el capellán de la Bandera "Cristo de Lepanto", IV de la Legión, sí, pero fue sobre todo el legionario de la Paz. Hoy, cuando los vientos de la Historia amenazan con apagar las luces del espíritu, su ejemplo se alza como una torre de oro en el horizonte de nuestra esperanza. Porque mientras haya hombres como Huidobro, que sepan morir para que otros vivan con consuelo, España podrá seguir diciendo que su historia no es solo un heroico sendero de batallas, sino un camino de estrellas hacia la Eternidad. Descansa en paz, o mejor, no descanses, soldado de Cristo, porque te necesitamos: que tu sangre derramada sea el rocío que haga brotar, por fin, las rosas de la concordia en esta tierra nuestra que tanto debe a tantos como tú. 

Semblanza:

P. Fernando Huidobro S.J. (Santander, 1903 – Madrid, 1937) fue un brillante jesuita, filósofo y teólogo. Estudió con Martin Heidegger en Alemania, demostrando una profunda inquietud intelectual. 

Al estallar la Guerra Civil regresó a España para ejercer su sacerdocio como capellán de la Legión, sirviendo sin empuñar nunca un arma. Murió en el Frente de Madrid mientras asistía a los heridos de ambos bandos, manifestando una inmensa caridad y un espíritu de reconciliación que hoy le hacen más ejemplar que nunca. Actualmente, la Iglesia Católica le ha otorgado el título de Siervo de Dios, y su causa de beatificación está en curso.

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