FIDES ET RATIO
Católico CSIC: Jesuítas 1950-1970
La presencia de miembros de la Compañía de Jesús en el CSIC y la universidad pública es hoy una prueba más de la conciliación ciencia-fe en la España contemporánea.

Jesuítas españoles a finales del siglo XIX en una clase de física
Me hago eco de un magnífico estudio de Agustín Udías Vallina, SJ , Jesuita, catedrático emérito de Geofísica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Academia Europea. Autor de Principles of Seismology (Cambridge University Press, 1999), Fundamentos de Geofísica (en colaboración con J. Mezcua; 2ª ed., Alianza, Madrid 1997); Historia de la Física. De Arquímedes a Einstein (Síntesis, Madrid 2004); El universo, la ciencia y Dios (PPC, Madrid 2001) y Searching the Heavens and the Earth: The History of Jesuit Observatories (Kluwer, Dordrecht 2003), que entre 2001 y 2020, impartió un curso sobre Ciencia y Religión en la Facultad de Ciencias Físicas. Desde su experiencia como religioso, científico y profesor universitario, siempre ha ofrecido sus reflexiones sobre el apasionante tema de las relaciones entre ciencia y religión.
En el estudio aborda la presencia de profesores jesuitas en las universidades civiles españolas o en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) - institución científica más importante de la historia de España fundada por fervientes católicos- entre los años 1969-2000. En la actualidad - concluye el estudio- no queda ya ningún jesuita activo en las universidades civiles o en el CSIC, pero no siempre fue así. Comenzaron los jesuitas a ser docentes en las universidades civiles e investigadores en el CSIC al haber un gran número de vocaciones, al tiempo que una expansión con un aumento rápido de su profesorado en la universidad española, pero sobre todo, a la base, una perfecta conciliación ciencia-fe católica como es propio en la Iglesia desde su constitución, sobre todo en los jesuítas. Esta presencia en la España contemporánea a la que se refiere el estudio, nunca fue algo programado por los superiores, sino consecuencia de iniciativas particulares que los superiores, exceptuando el provincial de España, no asumieron como trabajo apostólico propio y prioritario, manteniendo siempre el énfasis en las instituciones universitarias propias. El descenso brusco y radical de vocaciones a partir de 1975 y una cierta falta de interés por el apostolado intelectual y en especial el científico influyó también en el final de esta experiencia.
Fueron varios los jesuitas que se incorporaron al CSIC y muchos más los que lo hicieron a la universidad pública. En cuanto a la evolución de la posición de los jesuitas dentro del profesorado de la universidad, el número de catedráticos era en 1973 solo 6, y aumentó pasando en 1986 a 23 (14 de ciencias y 9 de letras), perteneciendo a las universidades de Madrid-Complutense, Barcelona, Barcelona-Autónoma, Barcelona-Politécnica, Oviedo, Córdoba, Sevilla, Málaga, Santiago, País-Vasco, Cádiz, Valladolid. Además, hubo tres Profesores de Investigación (el nivel más alto) en el CSIC. La falta de vocaciones a partir de 1980, las necesidades de las propias instituciones y la dedicación a otros tipos de trabajo determinó el final de esta experiencia.
Y es que hubo un aumento de vocaciones desde finales de los años 1940 hasta mediados de 1960. En 1953 eran 157 novicios, con un número total de jesuitas en 1960 de 4725. Todavía en 1965 los novicios eran 135, pero este número empezó a disminuir de forma drástica y en 1970 eran solo 26, número que se mantiene hasta el año 1981 cuando eran solo 19. Este número no se ha recuperado siendo a partir de los años 1980 una media de entre 4 y 10 y el número total de jesuitas en 2024 de 685.
Otro factor que favoreció la presencia de los jesuitas en la universidad fue la Ley de Ordenación de la Enseñanza Media de 1953 y sus reformas en 1959 y 1963, que exigía la posesión de títulos oficiales universitarios de licenciatura para los profesores de Enseñanza Media en los colegios, siendo los únicos títulos universitarios válidos los de las universidades estatales. Hasta este momento, la mayor parte de los jesuitas enseñaban en sus colegios en el bachillerato sin títulos universitarios, ya que los estudios propios de humanidades y filosofía en sus propias instituciones no tenían validez civil, no obstante que algunos, muy pocos, sí estudiasen en la universidad, sobre todo ciencias, para prepararse para enseñar en los colegios y en la formación de los jesuitas en los estudios humanísticos (juniorado) y de filosofía, y las instituciones de carácter científico y técnico del Instituto Católico de Artes e Industrias (ICAI, Madrid), Instituto Químico de Sarriá (IQS, Barcelona) y los Observatorios del Ebro (Roquetas, Tarragona) y Cartuja (Granada), en todas ellas se daba la conciliación ciencia-fe católica al más alto nivel. A partir de 1954, lo que ocurrió es que un número considerable de estudiantes jesuitas, después de terminados sus estudios propios de filosofía, convalidaron estos estudios en las universidades estatales o hicieron en ellas estudios de otras materias, sobre todo en ciencias. El objetivo era surtir de profesorado jesuita a los colegios y centros propios, y no ocupar puestos en las universidades públicas, pero se empezó a dar enseguida esta opción. En 1954, primer año en que aparece un número apreciable de estudiantes jesuitas en universidades públicas, figuran 40, número que aumenta en los años siguientes hasta un máximo de 90 en 1965. Este número empieza a disminuir de forma que en 1972 eran todavía 66, pero solo 23 en 1981. Entre un cuarto y la mitad estaban en carreras de ciencias. En 1950 había un total de 51.643 alumnos en el conjunto de las universidades españolas que se multiplicó por diez en 1980, cuando el número era 407.220, y después siguió aumentando hasta 1.580.000 en el año 2000, yendo el profesorado también en aumento lógicamente: entre 1950 y 1976 el número de catedráticos aumentó de 856 a 1698. Esto explica que en estos años hubiera una demanda de nuevos profesores en las universidades que fue lo que favoreció la incorporación de jesuitas también a la profesión científica en el CSIC, continuando con estudios de doctorado, estancias en el extranjero, etc., para quedarse en la universidad o en el CSIC. Los superiores fomentaban esta incorporación, pero tampoco se negaban porque había suficientes profesores para sus colegios e instituciones. Como ejemplos de alcanzar máximas cotas en el CSIC están el de Emiliano Aguirre, del MNCN-CSIC Y padre de Atapuerca, del que ya hablé aquí en ReL, o Guillermo Jiménez Gallego .
Los jesuitas que se quedaron en las universidades estatales o el CSIC, vieron un nuevo campo de apostolado. Este número no pequeño empezó a organizarse dentro de la Compañía. Como jesuitas profesores, en 1972 son 69: Letras 38 (incluyendo filosofía, psicología, derecho, economía), Ciencias 28 (incluyendo ingeniería) y Medicina 3. Por universidades: Madrid (Complutense y Autónoma) 21, Barcelona (Barcelona y Autónoma) 19, Granada 6, Oviedo y Sevilla 4, Valladolid 3, Valencia, Zaragoza, Santiago y Murcia 2, Salamanca y Córdoba 1. Hubo desde catedráticos, a profesores agregados, adjuntos, y en el CSIC becarios, colaboradores científicos e investigadores. El número de catedráticos, que en 1973 eran solo 6, aumentó y en 1986 fue de 23 (14 de ciencias y 9 de letras). Las universidades a las que pertenecen son: Madrid-Complutense, Barcelona, Barcelona-Autónoma, Barcelona-Politécnica, Oviedo, Córdoba, Sevilla, Málaga, Santiago, País-Vasco, Cádiz, Valladolid. Además, hubo tres Profesores de Investigación (el nivel más alto) en el CSIC.
Pronto se constituyeron como grupo. En 1973 hubo una primera reunión en Madrid, en la que se convocaron 80, pero solo 50 contestaron y asistieron a las sesiones una media de 25. El programa había sido elaborado por una comisión formada por Millán Arroyo (pedagogía), Alberto Dou (1915-2009; matemáticas), Gonzalo Madurga (1928-1998; física). Entre los temas propuestos aparece estaban: “La realidad de la actividad docente de los jesuitas en las universidades civiles” y “Orientaciones para una mayor coordinación en interacción mutua de los profesores universitarios jesuitas y con la vida de la Compañía”. Con buen ambiente, se señaló que la presencia activa docente de jesuitas en la universidad era resultado de una serie de iniciativas individuales, más que de dedicación por parte de los superiores, y que esto producía a menudo una situación incómoda de trabajo, al tiempo que se constataba en la Compañía en España una devaluación preocupante del trabajo intelectual. Por ello se afirmaba claramente que la presencia de los jesuitas en la universidad no solo estaba justificada, sino que era necesaria, como una de las misiones más propias de la Compañía. Se nombró un comité permanente para estudiar el modo de vivir el sacerdocio en el trabajo de la universidad, el conflicto que nace de la situación de la universidad española y el problema de la inserción en el plano práctico en la Compañía. El comité estaba presidio por Dou, que tenía una experiencia docente más larga en la universidad, que había obtenido una cátedra de matemáticas en la Escuela de Ingenieros de Caminos de Madrid en 1955 y luego en 1957 de Análisis Matemático en la Universidad Complutense de Madrid. Los otros miembros eran Rodríguez Izquierdo (físico) y Santiago Thió (1938-2022; matemático). El P. Arrupe les escribió en 1973 felicitándoles por la iniciativa, y terminaría reuniéndose con una comisión en Roma, en 1976, formada por Alberto Dou (matemáticas), Núñez de Castro (bioquímica), Guillermo Rodríguez Izquierdo (física), Gonzalo Madurga (física), Santiago Thió (matemáticas), Antonio Beristain (derecho penal) y Julián Rubio (biología).
Arrupe señaló que desde hace mucho tiempo se va viendo en la Compañía un nuevo tipo de apostolado que es eficaz y que puede serlo mucho más. Habló de las nuevas situaciones por las que pasa la sociedad y la Iglesia y el problema de la inculturación en el trabajo en instituciones que no son de la Compañía, invitándoles al estudio y profundización de la relación entre la ciencia y la fe, con espíritu jesuítico, eclesial, encarnacional, apostólico y humilde, avisando también de los peligros de la secularización, el desinterés por las obras de la Compañía y el profesionalismo, que necesariamente exigía ser hombres de oración. En 1976, se redactó un primer borrador de “Estatutos de la Misión Universitaria en Instituciones No de la Compañía (MUINSI)” definiéndose los integrantes como “Los jesuitas que la Compañía envía a trabajar en la docencia o investigación en Centros Superiores que no son obras de la misma Compañía ni están encomendadas a ella”, es decir, presentándolos como enviados por parte de la Compañía y no como un “auto-destino” de las personas, como algunos toda vía lo veían. El documento de “Ideario y objetivos”, se aprobó en la reunión de Zaragoza de 1977 con cuatro ideas: 1) Nuestra vocación a la tarea universitaria. 2) Nuestra vocación religiosa y apostólica. 3) Tradición ignaciana de nuestro apostolado universitario. 4) Nuestra misión actual en la encrucijada de las ideologías; y cuatro objetivos: 1) Encarnación sincera en la comunidad universitaria. 2) Testimonio de integración personal como intelectuales y creyentes. 3) Iluminación cristiana de la moderna problemática interdisciplinar. 4) Aportación de la mentalidad actual a la elaboración teológica.
Se demuestra con todo ello una vez más que en la Iglesia Católica la ciencia y la fe coexistieron al más alto nivel, algo que sigue ocurriendo y de lo que seguiremos dando noticia porque buena falta hace: los padres Loring y Carreira fueron dos jesuitas que nos marcaron el camino a seguir. Los jesuitas son un clarísimo ejemplo de que se puede hacer avanzar la ciencia sin retroceder en la fe.