Religión en Libertad

La muerte llega en tren

Cuando la muerte irrumpe, lo primero es el silencio. Callar ante el Misterio. Y después, con temor y temblor, la oración, el consuelo, la acogida.

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Cállense, por favor.

Los accidentes ocurren.

No porque alguien los desee, no siempre porque alguien haya fallado, sino porque el ser humano no puede preverlo todo y porque las fuerzas de la naturaleza, por mucho que la técnica avance, siguen siendo en gran medida incontrolables.

Vivimos rodeados de una ilusión de control. Pensamos que, si algo ha sucedido, es porque alguien no hizo lo suficiente, no planificó bien, no actuó a tiempo. Esta idea nos tranquiliza: nos hace creer que, con mejores gestores, mejores protocolos o mejores discursos, la muerte se mantendría a raya. Pero no es verdad. La muerte está ahí. Siempre lo ha estado. Y muy a menudo llega sin avisar, sin margen de reacción, sin culpables claros. O sin culpables en absoluto.

Reducir el análisis del accidente de Adamuz a una consigna política —"falta de previsión", "mala gestión"— no solo es simplista: es miserable y ruin. Miserable, porque utiliza el dolor ajeno como arma arrojadiza. Ruin, porque promete una seguridad que no existe. Y engañoso, porque sugiere que la tragedia se habría evitado con solo haber hecho "lo correcto", cuando la realidad es mucho más compleja y, en ocasiones, brutalmente imprevisible.

No todo es gestión.

No todo es protocolo.

No todo es responsabilidad política.

Hay sucesos que pertenecen al territorio del Misterio, de lo trágico, de lo inevitable, de lo que rompe nuestros esquemas y nos recuerda que la vida es frágil. Negar eso no es progreso; es soberbia. Peor quizás, es una superchería totalitaria, de izquierdas o derechas, da igual.

Por supuesto que las instituciones deben aprender, revisar, mejorar: forma parte de su obligación y de su nómina. Pero el análisis debe hacerse con rigor, con datos, con tiempo y con respeto. No en caliente, no con titulares, no con acusaciones lanzadas mientras aún no se ha enterrado a los muertos.

Porque antes que el debate está el duelo.

Antes que la crítica, el consuelo.

Antes que la política, el silencio.

Hay familias rotas, personas que no volverán a casa, niños que crecerán con una ausencia imposible de explicar. Y ante eso, cualquier intento de convertir la tragedia en argumento, en consigna o en rédito moral y partidista resulta profundamente indecente.

No juguemos con los muertos.

No los convirtamos en piezas de un mecanismo macabro que ni eligieron ni hubieran aceptado jamás. Votos muertos.

No todo vale en política.

Y como no todo vale, lo más humano y lo más digno, lo decente, no es opinar, ni señalar, ni exigir culpables inmediatos, chivos expiatorios de nuestra sucia ambición. A veces, lo único que corresponde es inclinar humildemente la cabeza, acompañar a quienes sufren y aceptar, aunque nos incomode, que hay muchísimas cosas que no están en nuestras pobres manos.

Y que precisamente por eso, cuando la muerte irrumpe, lo primero es el silencio. Callar ante el Misterio.

Y después, con temor y temblor, la oración, el consuelo, la acogida.

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