Religión en Libertad

Una puerta a la Esperanza

Cómo la verdad me liberó de la esclavitud del totalitarismo LGTBI y su poderosa impostura.

Testimonio de José: Una puerta a la Esperanza.

Creado:

Actualizado:

En primer lugar, me presento. Soy José. Cuando Juan Pablo me contactó para preguntarme si quería dar mi testimonio tuve bastante dudas y bastantes miedos, pero lo que he vivido es un regalo que no puede ocultarse y que puede ayudar a muchos, así que finalmente decidí escribirlo.

Nací en una familia normal, católica pero no practicante. Debido a determinadas situaciones y dinámicas familiares, fui criado más por la familia de mi madre que de mi padre, y dado que abundan las mujeres, tenía un sello matriarcal muy marcado. Era como no tener solo una madre, sino varias madres agobiándome todo el rato y sobreprotegiéndome, sin que ningún varón hiciera nada para remediarlo. (Todo esto, evidentemente, sin ninguna mala intención por su parte).

Aunque recuerdo que de muy pequeño sí que me gustaban las chicas, eso cambió con el tiempo. Tampoco sabía identificar exactamente por qué, pero me empezaron a gustar los chicos o al menos a tener un extraño sentimiento hacia ellos. Me gustaba dejarme el pelo largo y parecerme a las chicas. Todo eso se juntó con los abusos que sufrí por parte de alguien mayor que yo, que no solamente no era un extraño, sino alguien que debería haber sido mi modelo, uno de los pocos varones que sí podía haberme guiado y haberme sacado un poco de esa dinámica matriarcal llena de mujeres. Esta persona me humillaba constantemente, supongo que para quedar siempre por encima y demostrar que él mandaba, incluso hasta el punto del abuso sexual.

Y eso me desgarró.

Mi padre, huérfano, nunca aprendió a relacionarse con su padre ni tampoco a cómo ser un buen padre (aunque nadie tiene un libro de instrucciones). Se mataba a trabajar durante todo el día y llegaba a casa después de cenar, siempre cansado. No solo eso, sino que su carácter algo perfeccionista y crudo hacían que yo me tomara sus comentarios muy a pecho, y cualquier crítica suya, aunque a él le pareciera un simple comentario, a mí me hundía más aún.

Yo era (y sigo siendo) un hombre muy sensible y él despreciaba esas cosas, simplemente como «tonterías». Tampoco teníamos muchos gustos en común, así que eso impidió que yo pudiera construir una sólida relación con mi padre, había un «fallo» en nuestra conexión y eso hizo que comenzara a rechazarlo como si perteneciéramos a universos paralelos. No era por tanto sólo la falta de presencia física de mi padre (al fin y al cabo tenía que trabajar) sino también esa desconexión emocional de él.

Algunos de los chicos del colegio también se metían conmigo llamándome maricón, aunque no entendía bien qué era esa palabra. Yo era algo torpón para los deportes, o al menos así me percibía. No me gustaba para nada el fútbol y tenía otros intereses, pero para el mundo aquello era una señal de homosexualidad. Cuando ya tenía 12 años, y después de haber pasado por esos abusos sexuales, pensé: «¿Y si es cierto? ¿y si tienen razón?»

Cuando entré en el instituto, mi entrada en la adolescencia se produjo también de repente y de forma muy intensa. Tenía un portátil propio, así que empecé a ver pornografía homosexual diariamente. Había algo que me llamaba, algo que «necesitaba ver». El mundo de los hombres me era ajeno y misterioso y pensaba que viéndolos desnudos descubriría algo. También navegaba por internet con perfiles falsos (tenía solamente 13 años), y chateaba con todo tipo de hombres y de jóvenes de cualquier edad. Yo no hablaba de este tema con nadie y eran ellos los que resolvían mis dudas.

Decidí entonces salir del armario y contárselo a mis amigas. Todas se lo tomaron estupendo. Mis padres, evidentemente, vivían ajenos a todo esto. Una consecuencia natural fue que yo no sabía relacionarme con varones de una forma que no fuera exclusivamente sexual.

Y así empezó mi doble vida. Por las mañanas era un niñito bueno en el instituto, que no daba ningún problema, que sacaba buenas notas y no era revoltoso. Por las tardes, la pornografía, la masturbación y las conversaciones lascivas con desconocidos. El propio internet, las series, las películas… todo eso fue lo que me educó. Ser gay era algo bueno, algo «chulo». Empecé a soñar con irme a vivir a barrios gays de la ciudad cuando fuese mayor de edad. ¡Aquel era mi paraíso!

Dada mi sensibilidad extrema y todo lo anterior, durante toda mi adolescencia me convertí en una persona que cabalgaba dos contradicciones: En ocasiones y de cara al público era alguien sumamente divertido, desinhibido, extravagante y que llamaba mucho la atención. Pero por otro, vivía ahogándome en una melancolía dramática: todo estaba mal, el mundo estaba contra mí, no me dejaban expresarme y ser yo, pobrecito de mí… era como si el mundo me lo debiera todo, porque pobrecito yo que era gay y que lo pasaba muy mal… era una autoflagelación constante marcada por un profundo victimismo absurdo e inmaduro: yo era una víctima del mundo, un niño que tenía que sentir que todos se compadecían de él. Y como era gay, todos me debían algo, tenían una deuda conmigo porque estábamos discriminados. Y me sentía muy solo; profundísimamente solo.

Esa extroversión amanerada se convirtió en mi coraza: cuanta más vergüenza sentía más me refugiaba en esa pluma exagerada e insoportable. Era como ocultar mi verdadero yo (que era vulnerable, inmaduro y estaba profundamente herido) tras una máscara de carnaval muy suntuosa.

La AMS (Atracción hacia personas del mismo sexo) también me trajo problemas de autoestima: yo no era suficiente para hacer deporte, yo no valía para nada rudo o físico, yo no valía para hacer «cosas de hombres» … me veía delgaducho e inferior a mis iguales varones. Por eso rehuía siempre de estar con ellos o de alguna actividad que fuera física: ¿Y si quedaba en ridículo? ¿Se reirían de mí?

De cara al público debía seguir siendo perfecto e ideal, así que era durísimo conmigo mismo, bajo la máxima de «Si me exijo a mí, podré exigirle a los demás» algo que hoy sé que es de una soberbia como la copa de un pino. Ese perfeccionismo me ahogaba. Ese moralismo inflexible me destruía, porque para paliarlo dejaba sueltos mis demonios en esas apps de encuentros gays.

La AMS se manifestaba también no solo en complejos y faltas de autoestima sino en ser presa del pánico y la vergüenza en cosas simples y sencillas, como por ejemplo usar el orinal en baños de hombres o hacer deporte. En el gym del instituto me daba pánico entrar al vestuario: era mezcla entre inseguridad, miedo y vergüenza, aunque no conseguía entender por qué ni identificar la causa. Sentía un rechazo enorme por la masculinidad. Yo «era diferente» porque no encajaba. Creía que los hombres eran bastos, garrulos, simples… no los entendía, ni ellos a mí. Incluso, algunas noches me dormía llorando, pensando que si yo amaneciera chica todos mis problemas desaparecerían porque podría ser una chica normal y no un chico gay. Lo deseaba a veces con todo mi corazón… ¡Qué pena me da cuando imagino que si me hubiera ocurrido hoy, hubiera sido presa del terror trans!

Y así cumplí la mayoría de edad y me fui a la universidad. Todas las series y películas y demás ambiente cultural me hicieron creer que el éxito se medía en un contador sexual, que empecé a subir como si fuera una competición. ¿Por qué hacía lo que el mundo me vendía pero me sentía peor y más vacío a cada vez?

Por aquel entonces era vagamente creyente, aunque alejado de la Iglesia. Tuve una lucha interior y pensé «Bueno, Dios me ha hecho así». Luego quise hacerme una religión a mi medida, un Dios que me permitiera hacer lo que yo hacía.

El sexo me esclavizó. Me gustaban los músculos que yo no podía tener, los quería con un ansia posesiva, pero nunca me saciaba. Sabía que en realidad no estaba hecho para eso, que algo andaba mal, pero me revolvía contra ello con una rabia infantil antes que asumir la realidad. Siempre quería más y más, no me podía decidir por un solo chico, porque necesitaba poseer para mí a otros: sus bíceps, su altura… necesitaba poseer y que me poseyeran, alienarme de mí mismo en una vorágine sin fin.

Llegó un punto en el que no podía disfrutar de nada porque el sexo y la AMS estaban en el centro de mi vida como el pilar de mi identidad. Necesitaba salir de fiesta constantemente solamente para conocer chicos. Lo que más tiempo me ocupaba diariamente eran las apps de ligar homosexuales. Siempre andaba ansioso pendiente de que me respondieran a los mensajes en ese tipo de aplicaciones. De aquella época, lo que destacaría siempre es la palabra ansiedad.

En medio de esta vorágine, comenzó mi proceso de conversión a la Verdad. Al empezar a estudiar ciertos temas, racionalmente empiezo a ver que la Iglesia tenía razón en muchos de los aspectos por los que yo la había combatido. En esa crisis, emergió en mi corazón una pregunta… ¿Y si ese tema también?

Eso me condujo a algunos años en una crisis de personalidad. Empecé a conocer algo de la doctrina católica y de Dios, del amor… y el contacto con algunos amigos católicos era como una luz en medio de la oscuridad: a veces me cegaba y no la soportaba por mi propia maldad, pero en otras ocasiones era tan bella… y su modo de vida empezó a interpelarme de forma seria: había otra forma de afrontar la vida y era mejor que la mía.

Dios ya empezó a obrar en mí: de repente, un día le confesé a una amiga sin venir a cuento y entre lágrimas que yo no sabía relacionarme con hombres, que mi padre no me había enseñado eso. Ella me escuchaba y me consolaba, pero no entendía a qué me refería ni podía ayudarme. No pude ni siquiera hacer lazos profundos con mis compañeros porque yo estaba en crisis y ni sabía ni podía relacionarme con varones. Yo lloraba por las noches clamando a Dios por este problema, porque pensaba que no tenía solución. Sufría mucho. Yo quería una familia, pero no era capaz de que me gustaran las chicas. Alguien, que no sabía nada sobre mi AMS ni mis luchas, me habló sobre castidad y teología del cuerpo, y me saltó por los aires todos los esquemas. ¡Nadie nunca jamás me había hablado de eso! No sabía que existía una realidad así de preciosa… ¿acaso ese Amor era posible…? ¡El Amor para siempre sí existe!

Tras una búsqueda intelectual, supe que la iglesia tenía razón en todo. Pero… ¿mi AMS tenía solución? Empecé a investigar sobre el tema, vi algún testimonio… e incluso me encontré con algunos vídeos de Elena, pero nunca me atreví a dar el paso. Entonces llegaron las preguntas: ¿Cuál era la causa de mi AMS? Estaba claro que algo andaba mal en mí y que estaba relacionado con eso. Mis relaciones con los hombres, mis relaciones con las mujeres, con mi padre, mi falta de autoestima, mis complejos… todo estaba conectado. Y entonces aparecieron en mi mente los recuerdos de aquellos abusos. Aquello, sin duda, debía de haber sido la causa.

Después de una conversación casual comentando lo que me estaba ocurriendo de pasada, una amiga católica me recomendó acudir a un sitio de la Iglesia donde podían acompañarme y ayudarme con mis dudas. Fui allí y decidí confesarme con un sacerdote además de haberle expuesto todas mis dudas. Era la primera vez que le contaba a alguien lo de mis abusos. Él y yo lloramos en aquella confesión.

Recuerdo con una nitidez casi sobrenatural cuando salí de aquella iglesia donde, además, se estaba celebrando una adoración. Miré al cielo y fue la primera vez que tuve esperanza. Nada podría haberme quitado la sonrisa de la cara… ¡estaba tan contento! ¡Iba tan ligero! Fue, quizás, la primera vez en mi vida en que supe que podía ser feliz de verdad, que había un camino y una salida para mí, que no era un desgraciado sin remedio.

Comencé un proceso relativo a mi AMS aunque no duró mucho, quizás un par de meses, y por varias razones lo abandoné. Tiempo después, pensando que la AMS era cosa del pasado, continué mi vida como converso, ya cercano a los sacramentos y viviendo en castidad. Pero como no había sanado del todo mis heridas, volvieron aquellos fantasmas. Tras una caída, un amigo me recomendó hablar con Juan Pablo y Elena. Yo no tenía dinero y no podía pedirlo, así que descarté la opción, pues la ayuda anterior de la iglesia fue gratuita. Ese mismo día -los milagros existen- apareció un sobre con el dinero exacto para tener dos años de sesiones con Juan Pablo y Elena.

Sin dudarlo, les contacté y comencé el proceso con Juan Pablo. El testimonio debe servir para alentar a los otros. ¡Ánimo! ¡No tengáis miedo! Siempre hay miedos, dudas y vergüenzas. Yo no sabía qué me iba a encontrar, iba con la guardia alta pensando que me podrían lavar el cerebro o algo así, pero todo se disipó pronto. Ni sillas eléctricas ni nada de eso. Siempre hay un respeto absoluto y pulcro a la libertad. Tú eliges qué haces, tú eliges si quieres seguir o no, y tú eliges el objetivo. De hecho, ni siquiera se centra en un problema «sexual», sino en algo mucho más hondo. La AMS es el síntoma, como la fiebre, y al tratar las causas de eso, desaparece o se reduce sola.

Tampoco hay ningún tipo de juicio (en el sentido de criticar tu vida). Lo que hay es un acompañamiento. Al final, el camino lo tienes que hacer tú y nadie lo puede hacer por ti; los demás tampoco van a cambiar: ni tu mujer, ni tus amigos, ni tus padres. Es un proceso de introspección y maduración personal. Juan Pablo y Elena te ayudan, te acompañan, te dan herramientas, pero sólo lo puedes hacer tú libremente.

La clave es la honestidad. Sin sinceridad para mirarse, no se va a ningún sitio. Hay que tener la humildad suficiente para dar el paso pero también la prudencia y la justicia de mirarse tal cual uno es para que luego en el proceso puedan darse la redención y la misericordia. El primer paso es admitir que hay un problema, porque si no creo que haya problema, nunca se dará la solución.

Empezamos a tratar determinadas lecturas. Aquellos libros me llegaban directos al corazón y disipaban mis dudas: era exactamente lo que a mí me ocurría. Muchas veces el sentimiento de identificación con los protagonistas de aquellas lecturas o con lo que describían sus autores era tal que lloraba sin parar: «Sí, esto es, es esto». ¡Por fin! ¡Por fin alguien me entendía!

A lo largo del proceso con Juan Pablo, entendí que la AMS no es tanto un problema sexual, sino también de complejos, de autoestima, de sanar heridas afectivas, de dinámicas familiares, de madurar afectivamente y desarrollar y encontrar mi identidad.

Gracias a todo eso comprendí que yo soy hombre, varón, no me faltaba ningún trozo. No era menos que los demás, eso eran fantasmas de mi cabeza. Los demás hombres también tienen problemas y complejos, no pasa nada. ¡Yo no tenía que hacer nada porque ya era un hombre! No era inferior a nadie. Yo aporto a la masculinidad algo que nadie más puede aportar y, si yo faltara, al mundo de los hombres le faltaría algo.

Me di cuenta de que no había tenido referentes masculinos. Entendí que no me había desapegado de mi madre para sentirme hombre y luego erotizar a las mujeres, sino que como no había hecho ese camino de maduración, les había erotizado porque para mí eran algo ajeno y misterioso. Debía madurar ciertos aspectos de mí que habían quedado sin desarrollarse por culpa de la AMS. Debía trabajar para sanar ciertas heridas afectivas (como los abusos), y también aprender a ser yo mismo y no ese «niño bueno» que había creado y salir del cascarón de protección que las mujeres de mi familia me habían puesto. Aprendí a perdonarme a mí mismo y a perdonar a mis padres, que lo había hecho lo mejor que habían podido. No me hizo falta perdonar a la persona que abusó de mí, porque Dios me dio la gracia de no haberle tenido nunca rencor. Aprendí también a romper con mi falso yo, donde habitaba la AMS y ser el hombre que Dios hizo y soñó.

Además, doy infinitas gracias al grupo de apoyo, ya que este camino no lo hacemos solos: hay muchos hombres en nuestra misma situación, con nuestros mismos problemas que están luchando con nosotros. Recuerdo la primera vez que acudí, que pensé: «¿Pero estos hombretones tienen las mismas luchas que yo?» El simple hecho de acudir a esas sesiones grupales siempre alentador y sanador. Ves a gente que está como tú, o que ya ha pasado por donde estás tú y que ya están casados y terminando el proceso… eso era una inspiración continua y una puerta a la esperanza.

Quiero dejar claro, sobre todo a los católicos y a los miembros del clero, que todos estamos llamados a la castidad, sí. El acompañamiento a las personas con AMS pasa por ahí siempre. Pero la justicia me exige proclamar una verdad que no puedo callarme: LA AMS SE PUEDE TRABAJAR Y PUEDE DISMINUIR E INCLUSO DESAPARECER (aunque depende mucho de la propia persona y sus circunstancias puesto que cada uno es un mundo). Yo mismo soy el ejemplo vivo e innegable de ello, aunque mi sola existencia desafía al lobby gay y sus mentiras. Mi vida es motivo de odio para ellos, no pueden permitir que gente como yo exista o cuente la verdad sobre su vida, porque pone en jaque sus dogmas. Pero es cierto. La AMS antes era el ADN de mi vida, antes era como un enorme dragón que me sometía y ahora, si acaso, es un mero gatito molesto que apartas de una patada. Es algo más engorroso que verdaderamente importante, como una herida que ha dejado una cicatriz pero que ya no sangra.

Para poder superar la AMS es fundamental entender también que la AMS no define quién soy. La AMS es una tendencia, se tiene AMS pero no se es AMS. Ir quitándole importancia también ayuda mucho a encontrar la paz.

Después del proceso, puedo decir que tengo una sensación de libertad, de autenticidad, de poder ser yo mismo, es como una paz o una serenidad con mi propia identidad y mi propio sexo. Ya no tengo esas ansiedades continuas, puedo ir al gimnasio y a los vestuarios sin problema alguno. He dejado por completo la pornografía (llevo más de 5 años sin consumirla) y también la masturbación. Llevo viviendo en castidad 8 años, y es lo mejor que me ha ocurrido, porque no lo veo ni lo siento como una represión, sino como una liberación, es fuente para mí de gozo y no de preocupación. He aprendido a purificar mi corazón, a purificar mis costumbres, mi mirada, mis pensamientos… el otro tiene una dignidad inalienable y no es un trozo de carne, es hijo de Dios.

La AMS me hacía encerrarme en mí mismo, mas ahora soy libre. El proceso me ha ayudado a coger el toro por los cuernos, a sanar. ¡Era todo tan impensable! ¡Si hace 12 años me hubieran dicho que yo sería así de feliz con mi masculinidad, no me lo habría creído jamás! Me habría reído a carcajada limpia si me hubieran dicho que sentiría atracción romántica y sexual por las mujeres, que estaría a gusto con los demás varones amigos míos (de hecho, más que con las mujeres), que ya no erotizaría de esa forma ansiosa a los varones, que no tendría estos complejos que tanto me apocaban y me impedían desplegarme.

Gracias al proceso he podido superar mis complejos, he podido ordenar mi vida y mis afectos, estar a gusto conmigo mismo y con mi cuerpo, disfrutar de mis amistades y aprender a tratar a los de mi mismo sexo. Han desaparecido también ciertos pensamientos intrusivos que a veces me ahogaban, ahora soy plenamente feliz. Incluso he mejorado la relación con mi padre, entendiéndolo mucho más. También con mi madre y con las mujeres de mi familia, aprendiendo a poner límites, a decir que no, a evitar que me ahoguen con su sobreprotección como si fuera un bebé y a cortar ese cordón umbilical para reafirmarme como varón.

Pero… esto no acaba aquí. Después de todo este proceso, y aunque mi motivación inicial y principal siempre ha sido la familia y tener una esposa a la que entregarme, después de haberme enamorado de algunas chicas y haber tenido también citas y encuentros con ellas, Dios ha tenido el impagable regalo para mí de la vocación. ¡Cómo hace Dios las cosas! Después de todo este proceso de maduración personal y espiritual, después de años desde mi conversión, después de superar la AMS, después de todo… ¡aparece Él y me pide que me entregue de forma total, plena y absoluta! Ahora que tengo completamente integrada mi masculinidad, Él me ha ido preparando en Su divina Providencia para esta entrega fiel a Iglesia. Si Dios quiere, en poco tiempo seré sacerdote.

Con perspectiva, entiendo perfectamente las normas de la Iglesia al respecto, que es madre y maestra. Si no se ha pasado por ese proceso de maduración, la AMS es un escollo y un problema que dificulta muchísimo una vida de sacerdote plena. El sacerdote se configura con Cristo, verdadero hombre y modelo de varón. Quizás, sin todo esto, no hubiera podido decir que sí a esa llamada. Si siguiera en la situación en la que me encontraba con 14 o 18 años, nunca se me ocurriría entrar al seminario. El sacerdote ha de estar sanado emocional y espiritualmente para poder acompañar, como padre, a los demás. No hace falta que aclare todos los problemas que han ido cayendo sobre la Iglesia por no respetar sus leyes y admitir al sacerdocio a personas heridas y con AMS sin el debido acompañamiento. ¡Cuánto dolor…!

Finalmente, quiero dejar claro que este testimonio es siempre para gloria de Dios, para que sirva de lámpara en la oscuridad para los demás y que les llene de ESPERANZA. ¡Ánimo! Una vida mejor es posible, una vida plena es posible. Dios tiene un plan para ti, para hacerte feliz, y no pasa por quedarse encallado en la AMS. 

Para más información:

email: blogdeidentidad@gmail.com

https://biblioteca.elenalorenzo.es/

https://elenalorenzo.com/

https://elenalorenzo.es/

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente