Creí que era gay… hasta que me atreví a mirar mi historia
Confusión, silencio y el largo camino hacia la libertad interior.
Creí que era gay… hasta que me atreví a mirar mi historia.
El motivo de compartir mi testimonio es poder ayudar a quienes se encuentren en una situación similar a la que yo viví y que quizá sientan que es imposible de superar. Quiero que sepan que sí se puede.
Mi historia es la de un niño que nació en una buena familia, donde no hubo maldad, pero tampoco la capacidad de detectar las carencias que yo tenía ni de comprender en qué podían derivar.
Crecí en un entorno predominantemente femenino. Como único varón, participaba en las actividades de mi madre y mis hermanas casi como una más. La relación con mi padre era prácticamente inexistente. No había enfrentamientos ni discusiones; simplemente, él no sabía cómo ejercer ese papel y delegaba en mi madre esa tarea. Entre nosotros nunca se construyó un vínculo cercano y el apego seguro no llegó a desarrollarse.
Desde muy pronto experimenté el rechazo de otros niños. Mi educación, mi sensibilidad y la situación acomodada en la que vivía marcaban diferencias que generaban distancia. Nadie me ayudó a comprenderlas ni a integrarlas; no hubo una figura cercana que me explicara lo que estaba ocurriendo o que reforzara mi identidad. Con el tiempo, esas diferencias se volvieron cada vez más dolorosas.
Mi reacción fue protegerme adoptando una actitud de aparente superioridad, convenciéndome de que estaba por encima de los demás. Pero aquella defensa no era más que una máscara. Una máscara que me acompañó durante años y que terminó dificultando mi relación con otros hombres y conmigo mismo.
Aunque en el colegio tuve buenos compañeros, esos sentimientos de dolor también estaban presentes con ellos. Y aunque el entorno favorecía que me sintiera más protegido yo seguía levantando máscaras que dificultaban una relación natural y auténtica.
La adolescencia agravó aún más la situación. Mientras mis amigos atravesaban la “edad del pavo”, yo me iba aislando cada vez más. No desarrollé las destrezas deportivas que otros parecían adquirir con facilidad y mi físico no me acompañaba. Vivía con la sensación constante de no estar a la altura.
Envidiaba a los chicos de mi edad: su forma de comunicarse, la naturalidad con la que se mostraban, su apariencia segura, masculina y atlética. Llegué a desear todo aquello que creía no tener y que sentía que debería ser.
Todo ello desembocó en un sentimiento de dolor profundo. Empecé a alimentar la idea de que quizá, como algunos insinuaban, yo pudiera sentir atracción por el mismo sexo.
Me sentía juzgado por no saber desarrollarme de la manera que se esperaba de mi, por mi forma de relacionarme, por mi inseguridad y mi falta de confianza; por un aspecto que consideraban poco masculino, por mi escasa destreza deportiva, por el papel que interpretaba tras mis propias caretas. Sin embargo, nadie se detuvo a preguntarse por qué era así… y yo tampoco. Simplemente me etiquetaron. No tuve argumentos para cuestionarlo, terminé por creerlo y empecé a dudar de mí mismo.
Lo guardaba en silencio y apenas lograba asimilarlo, pero el dolor era profundo. Necesitaba escapar de lo que estaba viviendo, y encontré en la masturbación una vía de evasión, una forma de aliviar, aunque fuera momentáneamente, aquello que me hacia sufrir por dentro.
También es cierto que fui educado en la fe y que, después de cada caída, acudía a la confesión buscando empezar de nuevo. Ese “borrón y cuenta nueva” me devolvía la esperanza. Me aferraba a mis propósitos con la ilusión de que, algún día, el milagro llegaría.
Sin embargo, después de cada recaída me invadía la idea de que Dios sentía rechazo hacia mí, que estaba decepcionado o incluso enfadado. Esa percepción deterioró profundamente mi relación con Él.
Más adelante, ya en la universidad, algo empezó a cambiar de forma radical. Surgieron nuevas amistades masculinas donde partíamos de cero, sin las etiquetas del pasado. Las mujeres empezaron a fijarse en mí de otro modo. Se sentían atraídas y esto abrió un nuevo escenario que yo no sabía manejar.
Empecé a frecuentar los sacramentos con mayor constancia y experimenté periodos más largos sin recurrir a la masturbación. Se estaba gestando un cambio, aunque aún no sabía cómo consolidarlo. Dios seguía siendo para mí refugio y perdón, pero la intimidad con Él continuaba siendo compleja, incluso cuando la deseaba sinceramente.
La idea de que pudiera ser gay no había desaparecido, pero había perdido fuerza. Por primera vez, comenzaba a albergar una esperanza real de que las cosas podían cambiar. Hoy no tengo duda de que Dios me estaba cuidando. Sin embargo, en aquel momento no era capaz de reconocerlo. Atribuía los avances únicamente a mi esfuerzo y a mi fuerza de voluntad.
Con el inicio de mi vida profesional, el proceso pareció estancarse. Tenía nuevas amistades masculinas con las que me sentía bien, pero en el día a día persistían algunos flecos en mi forma de reaccionar y de interpretar las situaciones que me hacían susceptible a sentirme decepcionado y reforzaban la sensación de no estar a la altura.
En el ámbito laboral tampoco las cosas resultaban sencillas. No sabía cómo canalizar la presión ni gestionar los conflictos, de modo que la ansiedad y la frustración se volvieron habituales. Eran dificultades, tanto en lo profesional como en lo personal, que en mí actuaban como detonantes: avivaban un fuego interior que terminaba llevándome, una vez más, a la desconexión a través de la masturbación. Después llegaba el hundimiento y el sentimiento de culpa.
A todo esto, se sumaba ahora el acceso inmediato a la pornografía. Como no me atrevía a mirar el cuerpo femenino y seguía sintiendo una mezcla de envidia y admiración hacia los hombres seguros y masculinos, empecé a dirigir mi búsqueda hacia la pornografía homosexual.
Era un círculo vicioso que no me dejaba ver las cosas buenas y que tampoco me permitía avanzar, viendo solo el lado negativo y reforzando la idea de que si utilizaba la pornografía homosexual seria porque soy gay, sin pararme a pensar en el porqué de eso.
La situación se fue alargando en el tiempo hasta que llegó un momento en el que decidí ceder y mantener una relación con un hombre. La experiencia fue nefasta; salí de ella descolocado y espantado. Sin embargo, también comprobé algo que me removió aún más: yo resultaba atractivo, y aquellos hombres que durante años había considerado inalcanzables estaban, en realidad, a mi alcance.
A pesar de esa constatación —y siempre sostenido por la gracia de Dios— comprendí que no quería seguir ese camino. Fue entonces cuando decidí buscar ayuda. Acudí a un sacerdote amigo, quien me puso en contacto con un profesional de la psicología con visión cristiana.
Solo su escucha y su comprensión aliviaron gran parte de mi ansiedad. Me sentí acogido y valorado, y eso tuvo un impacto inmediato en mi autoestima. Por primera vez en mucho tiempo, alguien me ayudaba a reconocer lo bueno que había en mí y las posibilidades reales que tenía por delante. Sin embargo, no profundizamos demasiado en mi historia personal ni en las raíces de lo que me ocurría, por lo que muchas cuestiones del pasado quedaron sin explorar y, con ellas, heridas que seguían abiertas. Me animó a conocer más chicas y a eliminar la masturbación y la pornografía de mi vida, pero no me proporcionó herramientas concretas para lograrlo.
El caso es que yo salí como nuevo y muy esperanzado. Nunca me había sentido así.
En ese momento, y de manera providencial, apareció en mi vida quien hoy es mi mujer. Yo me encontraba en uno de los mejores momentos hasta entonces: tenía buenos amigos, me sentía valorado y considerado en mi entorno. Aunque seguía teniendo caídas, por primera vez, me sentía verdaderamente abierto a conocer a alguien y a iniciar una relación.
Resultó que ella era guapa por dentro y por fuera. Alegre, vital, auténtica… encarnaba todo aquello que yo anhelaba. Sentí que aquella oportunidad no podía dejarla escapar.
A su lado me sentía feliz. Disfrutaba de su compañía y, por primera vez, podía mostrarme tal como era, sin esfuerzo. No tenia que interpretar ningún papel.
Me atraía de una manera distinta a todo lo que había experimentado antes. Al principio existía en mí cierta barrera ante la cercanía física, sin embargo, ella, fue facilitando ese acercamiento. Descubrí en mí un deseo nuevo, hasta entonces desconocido, y comprendí que quería vivirlo y compartirlo con ella.
Yo creí que la atracción hacia el mismo sexo había desaparecido y decidí no contarle nada de mi pasado. Pensé que era una etapa superada, pero ese fue un gran error. Volví a recaer e incluso llegué a quedar con otros hombres. Las circunstancias me llevaron a un punto en el que ya no podía seguir ocultándolo y no tuve más remedio que contárselo. Fue el momento más duro de nuestras vidas. Mi sorpresa fue inmensa cuando, en medio de ese sufrimiento, me dijo que me quería. Que quería ayudarme a superarlo. Que contara con ella para siempre.
Desde el primer día de matrimonio todo fue maravilloso, mucho mejor de lo que jamás había imaginado. En ese tiempo, ni rastro del AMS (atracción al mismo sexo). Pero, como ya intuía en el fondo, no había comprendido todavía el origen real del problema del AMS, ni había aprendido a abordarlo de raíz. Así que, poco a poco, el sufrimiento volvió a hacerse presente en nuestro hogar.
Decidí pedir ayuda nuevamente a mi sacerdote de confianza. Esta vez, sin embargo, el camino fue distinto: entré en contacto con personas verdaderamente especializadas en el AMS y fue radicalmente diferente.
En ese nuevo proceso comenzamos a profundizar en mi historia y en las posibles causas que habían influido en el desarrollo de aquellos sentimientos. Por primera vez miré mi pasado sin miedo, tratando de comprender en lugar de simplemente reprimir.
Entendí que todo hombre necesita integrar su propia identidad masculina a lo largo del crecimiento, especialmente en la infancia y la adolescencia, a través de referentes sanos que lo afirmen, lo validen y le ayuden a reconocerse con seguridad.
En mi caso, comprendí que esa reafirmación no se había producido como yo la necesitaba. Durante años interpreté esa carencia como una incapacidad personal. Me sentí insuficiente. Y, sin darme cuenta, empecé a proyectar en otros hombres aquellas cualidades que admiraba creyendo que yo no las poseía.
También analizamos mi manera errónea de relacionarme y de desenvolverme en el mundo. Comprendí hasta qué punto, a fuerza de máscaras, había terminado ocultando mi verdadero yo.
Pude ver con claridad el uso distorsionado que hacía de la masturbación. No era solo un hábito: la utilizaba como antídoto frente al malestar, como vía de escape ante la contradicción interior, el estrés o la sensación de insuficiencia.
En ese proceso recibí herramientas concretas para trabajar mis heridas de raíz. Poco a poco fui desenganchándome de la masturbación y de la pornografía. Aprendí a perdonarme y también a perdonar a quienes, sin mala intención, habían dejado en mí marcas profundas.
También profundizamos en la gestión del estrés, especialmente en el ámbito laboral. Aprendí a pedir ayuda, a establecer límites reales y a organizarme con objetivos alcanzables.
Gracias a todo este proceso fui forjando un Hombre nuevo. No fue un cambio fácil. Sin el acompañamiento cercano, profesional y comprometido que recibí, no habría sido posible. Y, sin el apoyo incondicional de mi mujer, el camino habría sido muy distinto.
Hubo recaídas durante el proceso, pero lo que más me ayudó fue la sinceridad absoluta con mi esposa, como condición fundamental. Cada vez que me sentía tenso, desbordado o confundido, lo compartía con ella. Romper el silencio fue decisivo y fortaleció nuestra relación.
Hoy soy capaz de anticiparme a las situaciones que me generan malestar. Puedo comprender lo que me ocurre y canalizar la ansiedad de manera saludable. He aprendido estrategias para desconectar sin necesidad de recurrir a conductas que antes utilizaba como evasión.
Actualmente tengo más motivos que nunca para dar gracias a Dios. Estoy enamorado de mi mujer, tengo hijos, me siento un buen padre y disfruto de buenas amistades.
Durante mucho tiempo pensé que la relación con Dios estaba profundamente condicionada por la relación con el propio padre. Al comenzar a vivir con mis hijos un vínculo de cercanía y ternura, comprendí algo esencial: del mismo modo que yo los quiero con locura, Dios Padre me ha amado siempre con un amor infinito, incluso cuando yo no era capaz de verlo.
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