La vía del guerrero (RB Pról. 22-34) - I
Las líneas anteriores de la Regla han llevado al lector-oyente a reconsiderar su propósito, a tomar pie en aquello que supone el seguimiento de Cristo. Una vez dado este paso, las palabras del maestro-padre son un condicional, todo depende de que se quiera o no caminar con el Señor. Y el que así lo quiere ha convertido en decisión el anhelo más profundo del hombre: «¡Qué deseables son tus moradas, Señor del universo! Mi alma se consume y anhela los atrios del Señor, mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo» (Sal 84,2-3). La decisión es la de penetrar en el Santuario celeste en que ya ha entrado el Sumo y Eterno Sacerdote (cf. Hb 9); en ello está la bienaventuranza: «Dichosos los que viven en tu casa, alabándote siempre» (Sal 84,5).
El tabernáculo era, por excelencia, el lugar de la presencia de Dios en medio de su pueblo. Y, en el celeste, ciertamente tendrá lugar la divinización en plenitud, pues contemplaremos a Dios, tras del velo, cara a cara. Pero seguiremos siendo hombres, por deificados que estemos, y un santuario es lugar de culto al que en él está. El lector-oyente quiere, ha decidido, que llegue a plenitud su vocación sacerdotal, su vocación de liturgo, por ello, quiere estar donde está el Sumo Sacerdote.
Y allí solamente se llega por el Camino, que es Él; camino que como corriente marina más nos lleva que lo andamos, pero que también tenemos que recorrer. Camino que lleva y que solamente se puede recorrer con premura, lo es no para andar, sino para correr. Y solamente es posible correr por el camino de los mandatos divinos, sólo es posible avanzar prestos con pasos de buenas obras, cuando Dios dilata el corazón. Entonces, cargando con la cruz se puede seguir con ligereza a quien ha penetrado, por su sacrificio de una vez para siempre, en el Santuario celeste.
[Foto gentileza de una contertulia del blog]