Religión en Libertad

Ignasi de Bofarull

Profesor emérito de la Universidad Internacional de Catalunya

Cínicos y contradictorios

El cinico moderno sospecha y calcula siempre en beneficio propio. El otro no existe

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La moral que todos exigen y pocos quieren practicar

La modernidad tiene una costumbre curiosa: el hombre moderno individualista se burla del bueno y luego lo busca desesperadamente cuando necesita un socio previsible y honesto. El justo parece ingenuo; el noble, poco competitivo; el responsable, algo lento; el fiel, casi sospechoso de simpleza. En cambio, el listo, el que “se mueve bien”, el que no deja pasar una oportunidad, el que siempre saca ventaja, recibe una indulgencia casi admirativa. Se le llama práctico, espabilado, realista. Nunca canalla; eso queda para cuando nos toca padecerlo.

Ahí está la contradicción. Nadie quiere un socio cínico, un jefe arbitrario, una pareja infiel, un amigo utilitarista o un colega tramposo. Pero muchos se reservan el derecho a ser, modestamente y en dosis prudentes, exactamente eso. La fórmula moral de la época podría resumirse así: yo me permito excepciones; los demás, en cambio, deberían ser decentes.

No es que el bien haya desaparecido del todo. Sigue siendo exigido, pero sobre todo en voz pasiva: “Quiero ser respetado, no quiero que me engañen, exijo lealtad, necesito confiar”. Lo que disminuye no es la demanda de moral, sino la disponibilidad a dejarse medir por ella.

Ganar siempre, pero sin pagar el precio

La consigna dominante es bastante simple: hay que ganar. Ganar dinero, posición, influencia, visibilidad, margen, oportunidad, imagen. Perder una ventaja posible parece de tontos. Renunciar a un beneficio por escrúpulos, lealtad o justicia parece casi una falta de profesionalidad. El problema es que esta filosofía solo resulta atractiva cuando uno imagina que será el beneficiario y no la víctima.

Todos celebran la astucia hasta que les aplican la astucia. Todos comprenden la flexibilidad moral hasta que se vuelve contra ellos. De modo que mucho del cinismo moderno no consiste tanto en negar la moral como en querer sus beneficios sin sus obligaciones. Se desea vivir en un mundo confiable sin querer contribuir demasiado a que lo sea. Se quiere una sociedad de gente honorable, siempre que uno pueda conservar pequeñas licencias privadas para no serlo del todo. Es un individualismo bastante contradictorio: muy autónomo para incumplir, muy sensible para reclamar reciprocidad.

Confianza y desconfianza

El par decisivo aquí es confianza-desconfianza. Toda sociedad algo compleja vive de enormes cantidades de confianza cotidiana: en la palabra dada, en la profesionalidad, en que el otro no convertirá cada resquicio en la negociación en ocasión de ganancia, en que no me tratará siempre como un medio para su ventaja. Esperará ser tratado como un fin.

La confianza no es sentimentalismo. Es una infraestructura moral. Sin ella, todo se encarece: los contratos, la convivencia, la amistad, el matrimonio, la empresa, la política. Cuando la confianza cae, suben los controles, la vigilancia, la sospecha, la necesidad de cubrirse. Se multiplica la energía gastada no en hacer cosas buenas, sino en impedir ser utilizado.

Por eso mucho del cinismo moderno es parasitario. Vive de una reserva de confianza que no crea. Necesita que los otros sigan siendo fiables para poder sacar partido de ellos. El oportunista económico necesita clientes que crean, socios que cumplan, empleados que respondan, instituciones que aún conserven algo de seriedad. Si todos se comportaran como él, el juego se hundiría. Sería el colapso.

En esto hay una ironía sociológica importante: este cínico se presenta como realista, pero en realidad depende de una realidad moral que él mismo erosiona. Quiere explotar la confianza sin someterse a las normas que la hacen posible: el mismo no es confiable. Y luego, naturalmente, se sorprende de que aumente la desconfianza general.

Negocios: admirar al tiburón, rezar por el socio fiel

Esto se ve con especial claridad en los negocios. La retórica contemporánea admira al agresivo, al implacable, al que “no deja pasar una”, al que convierte toda negociación en victoria unilateral. El tiburón conserva un prestigio extraño: todos desearían contratarlo para su equipo, nadie querría tenerlo enfrente, y menos aún depender de él como jefe.

Pero la vida económica real no funciona solo con cálculo ni con ferocidad. Funciona, sobre todo, con confianza acumulada. Hace falta cumplimiento, reputación, fiabilidad, palabra, cierta justicia elemental. El mercado no se hunde porque exista el interés; se hunde cuando el interés destruye todas las condiciones morales que lo hacen operable empezando por la cosificación de las personas.

Por eso es tan curiosa la moral de algunos ambientes: glorifican la picaresca competitiva y luego piden equipos comprometidos, clientes fieles, proveedores serios y líderes confiables. Es decir, quieren cosechar confianza donde han sembrado desconfianza.

Cine y series: el prestigio del ambiguo

La imaginación moral contemporánea refleja esta situación. En muchas series y películas, el personaje verdaderamente “interesante” es el ambiguo, el imprevisible, el calculador, el que manipula bien, el que navega zonas grises. El hombre bueno suele parecer narrativamente sospechoso: demasiado lineal, demasiado simple, casi de cartón piedra, demasiado previsible. En cambio, el cínico tiene relieve, profundidad, atractivo.

Eso revela algo más que una moda estética. Indica que nuestra cultura considera más verosímil la deslealtad que la nobleza. Ha llegado a parecerle más realista la manipulación que la integridad. Como si la bondad fuera propaganda y la astucia, antropología seria.

Y, sin embargo, incluso estas narrativas no pueden vivir del todo sin restos morales. El espectador sigue necesitando lealtades, sigue sufriendo la traición, sigue esperando que alguien diga la verdad y mantenga la palabra. El cinismo también fracasa como estética total: aburre, fatiga y finalmente vacía el drama, porque un mundo donde nadie merece confianza deja de ser trágico y pasa a ser simplemente inhóspito.

La crítica moral y sociológica

Aquí conviene dar un paso más filosófico. Lo que aparece no es solo un problema de malas costumbres, sino una aporía de la modernidad liberal cuando se convierte en ideología. Si el individuo se entiende a sí mismo ante todo como soberano de preferencias, estratega de intereses y negociador de ventajas, entonces necesita al mismo tiempo un entorno social lleno de normas, virtudes y lealtades que él no puede producir desde su mera lógica individual.

MacIntyre vio bien esta contradicción. Su crítica al liberalismo no consiste simplemente en decir que haya demasiada libertad, sino en mostrar que una sociedad no puede vivir solo de elecciones individuales, preferencias privadas y bienes externos. Necesita prácticas compartidas, bienes internos, virtudes, tradiciones de reciprocidad y formas de vida donde el otro no sea solo competidor, audiencia o instrumento. Cuando esos bienes internos se degradan y todo queda sometido a éxito, eficacia o prestigio, las instituciones siguen en pie, pero por dentro se vacían. Queda organización; falta sentido. Queda rendimiento; falta telos. Queda procedimiento; falta bien común.

Eso explica muchas de nuestras escenas cotidianas. Se pide confianza, pero se desprecian las virtudes que la generan. Se exalta la libertad individual, pero se lamenta la soledad. Se glorifica el beneficio, pero se echa de menos la lealtad. Se aplaude la astucia, pero se denuncia la corrupción.

Un contraste cristiano

Frente a esto, el cristianismo propone, al menos en principio, algo bastante distinto: una comunidad de reciprocidad, de deberes mutuos, de bienes internos, de fidelidad, de límites al propio interés, de verdad y de servicio. No niega el conflicto humano ni la fragilidad moral, pero no organiza la vida buena sobre la frivolidad, la picaresca y el individualismo suspicaz. La organiza sobre la posibilidad de confiar, de responder, de dar y recibir dentro de un orden más alto que la pura ventaja.

Por eso el cristianismo, resulta tan incómodo para la modernidad cínica. Recuerda algo muy elemental: que una sociedad no se mantiene viva porque todos ganen, sino porque bastantes renuncian a ganar cuando ganar exige volverse indignos.

La contradicción de los cínicos

El cínico desprecia al bueno, pero vive de él. Se ríe del justo, pero necesita que exista. Ridiculiza al responsable, pero no querría un mundo sin responsables. Esa es la ironía central del asunto.

La bondad no tiene mala prensa porque sea débil. Tiene mala prensa porque impone una medida incómoda. Recuerda que no todo lo rentable es digno, que no toda oportunidad debe aprovecharse, y que la confianza —ese bien que todos reclaman— solo nace allí donde alguien decide no convertir siempre al prójimo en ocasión de beneficio.

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