Religión en Libertad
El ocio se convierte en contemplación si huimos del ruido

El ocio se convierte en contemplación si huimos del ruido

Creado:

Actualizado:

En el ocio nos alcanza la verdad

La tradición clásica, retomada por Josef Pieper, nos recuerda algo decisivo: la humanidad no florece en el puro trabajo, sino en el ocio que es aquella forma de vida -griego σχολή; en latín, schola- en la que es posible detenerse, mirar y contemplar la realidad en su gratuidad. La palabra escuela, en su raíz griega scholé, no significa tarea ni rendimiento, sino precisamente ocio, es decir, esa apertura del alma en la que podemos dejarnos alcanzar por la verdad. La cultura —decía Cicerón— no es otra cosa que el cultivo del alma, y este cultivo solo acontece allí donde la mirada se libera del cálculo y del interés para acoger lo dado.

El sentido del ocio contemplativo

Pieper describe el mundo contemporáneo como un espacio donde el trabajo, convertido en criterio absoluto, ha ocupado territorios que no le corresponden: la educación, el pensamiento, las artes, la vida espiritual. Todo es medido, evaluado, instrumentalizado. La vida humana corre así el riesgo de quedar reducida solo a función. Pero frente a esta deriva, Pieper propone recuperar la esencialidad del ocio contemplativo, que no es descanso, ni evasión, ni entretenimiento, sino una actividad libre, propia de las artes liberales: un modo de actuar que tiene su sentido en sí mismo y no en la producción de un resultado útil. Es necesario el trabajo, pero solo alcanza su último sentido en el ocio contemplativo.

Artes liberales y artes serviles

Los clásicos distinguieron entre artes liberales y serviles. Las artes serviles —hoy encarnadas en la técnica, la eficiencia, la utilidad— buscan un fin externo; producen algo. Las artes liberales, en cambio, no necesitan justificarse por su utilidad: son una afirmación de la libertad humana. La contemplación pertenece a este segundo orden: es el acto por el cual el alma se abre de forma receptiva a lo que se manifiesta. No observa para dominar ni analiza para controlar; simplemente ve. Pieper, siguiendo a Tomás de Aquino, llama a esta forma de conocer intellectus: la visión simple, silenciosa, sobre todo intuitiva, que acoge la verdad del mismo modo en que el ojo acoge un paisaje. La ratio, que también es conocimiento, se ocuparía de un pensamiento más discursivo y aplicado a fines externos.

La contemplación no es un lujo

Desde esta esta perspectiva, la contemplación no es un lujo incapaz de sostener el mundo, sino su fundamento más profundo. Trabajamos para tener ocio, porque el ocio para Aristóteles es la condición que hace posible la vida teorética (vida contemplativa), la contemplación más alta de la verdad. Si el trabajo existe para sostener la vida, es la contemplación la que da forma y sentido a esa vida. Un mundo que absolutiza la utilidad pierde la capacidad de reconocer el valor intrínseco de las cosas, y con ello pierde la posibilidad misma de la verdad. Nuccio Ordine lo formula desde otro ángulo: el saber gratuito es el mayor antídoto contra la omnipotencia del dinero y del utilitarismo, porque nos devuelve a aquello que no se compra, no se calcula y no se convierte en mercancía.

Recibir el regalo de la realidad

La contemplación exige detenerse. Exige aceptar que la realidad no se fabrica: se recibe. Pieper no desarrolla esta idea de modo técnico, pero su pensamiento bebe directamente de Tomás de Aquino, para quien todo ser creado es participado, y por tanto donado. Nada de lo que es procede de sí mismo: todo remite al Ipsum esse subsistens, el Ser que se da. La actitud contemplativa nace precisamente de esta estructura ontológica: solo quien reconoce que el ser es don puede abrirse a la verdad sin intentar poseerla.

Ciegos para a lo esencial

Desde aquí se comprende la advertencia más grave que Pieper dirige al mundo moderno: cuando la existencia humana queda definida exclusivamente por el trabajo (hoy podríamos añadir el poder y la técnica), se vuelve ciega para lo esencial. No solo para la belleza, sino para el sentido, para la verdad y el bien. El hombre necesita ser liberado del carácter totalitario del rendimiento para volver a encontrar ese espacio donde la realidad puede hablar. Él habla del mundo total del trabajo. Por eso Pieper afirma que es necesario que existan hombres consagrados a la vida no-útil de la contemplación: no porque su papel sea elitista o marginal, sino porque sin ellos la comunidad humana perdería la capacidad de respirar espiritualmente.

Ver el significado de la realidad

La contemplación, entonces, no es huida del mundo, sino su servicio más profundo: el servicio de recordar que la vida no se agota en la función, que no todo se mide por su utilidad, que la realidad es más amplia que nuestras capacidades de producción. Solo un alma que sabe detenerse es capaz de ver (entendido en sentido fuerte), y solo quien ve puede orientar una vida verdaderamente humana.

Acoger la realidad como un don

El ocio contemplativo, celebrado en la fiesta, un encuentro comunitario, no es una excepción dentro de la vida: es su centro. Allí el hombre reencuentra la gratuidad del ser, la paz que hace posible el intelecto, la belleza que despierta la admiración, la verdad que se recibe sin esfuerzo. Allí el corazón se forma para no dejarse absorber por la lógica productivista del mundo. Y allí la comunidad humana se fortalece, no por la acumulación de bienes, sino por el reconocimiento de su vocación más alta: acoger la realidad como un don.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking