Religión en Libertad

Gen Z

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Una generación nacida entre escombros

La generación de posguerra recibió una España devastada. Las heridas eran visibles en las ciudades, en las familias y en las conciencias. Aquellos hombres y mujeres crecieron entre la escasez, el miedo y el silencio, y desde ahí levantaron un país casi desde la nada. Lo hicieron con trabajo constante, con una ética austera y con una fe que rara vez se exhibía, pero que sostenía la vida cotidiana. Su religiosidad tenía más de resistencia que de discurso, más de fidelidad que de entusiasmo. Esa generación entendió que la vida se construye con sacrificio y que el futuro exige renuncia.

Precisamente por haber conocido el horror, quiso proteger a sus hijos. Evitarles el dolor se convirtió en una prioridad comprensible. El problema apareció cuando la protección se transformó en sobreprotección y el sufrimiento dejó de tener sentido educativo. En ese contexto histórico, casi sin advertirlo, entraron con fuerza la globalización cultural, el relativismo moral y una revolución sexual que prometía libertad y terminó debilitando los vínculos más básicos.

2. La generación X y la transición sin raíces

La generación X creció en ese terreno intermedio. Heredó una España ya reconstruida materialmente, pero en proceso de vaciamiento interior. Vivió el paso de una sociedad de límites claros a otra donde casi todo parecía negociable. Las grandes certezas comenzaron a diluirse. La familia perdió estabilidad, la autoridad moral se volvió sospechosa y la verdad empezó a percibirse como una cuestión de opinión.

Sociológicamente, fue una generación educada en la comodidad creciente, pero con fundamentos cada vez más frágiles. La ruptura entre fe y vida cotidiana se hizo más profunda. Muchos crecieron con una religiosidad cultural, desvinculada de una experiencia personal de Dios y de una visión coherente del bien. El resultado fue una identidad en construcción permanente, sin anclajes sólidos, expuesta a los vaivenes del momento.

3. La generación Y y la crisis explícita

Con la generación Y, las consecuencias se volvieron evidentes. Aquello que había comenzado como transición se convirtió en crisis abierta. Crisis de identidad, de sentido, de pertenencia. Las promesas de autorrealización ilimitada chocaron con la realidad del vacío interior. La fragmentación familiar dejó huellas profundas. La libertad proclamada no siempre generó personas libres, sino individuos desorientados, cansados y, en muchos casos, profundamente solos.

Desde un punto de vista sociológico, esta generación creció en un entorno de abundancia material y pobreza simbólica. Mucha información, poca sabiduría. Muchos estímulos, poco silencio. Muchas opciones, poca dirección. La fe quedó relegada a un rincón privado o directamente descartada como irrelevante. El resultado fue una generación que percibió con claridad que algo fallaba, aunque no siempre supo ponerle nombre.

4. El retorno del ciclo histórico

La historia humana se mueve por ciclos que se repiten con una regularidad sorprendente. Tiempos duros generan hombres fuertes. Hombres fuertes construyen tiempos estables. Tiempos estables producen hombres débiles. Y los hombres débiles acaban creando tiempos duros. España, como gran parte de Occidente, ha recorrido ese ciclo casi al completo en pocas décadas.

La generación Z irrumpe precisamente en ese punto de inflexión. Ha crecido viendo las grietas del sistema, el fracaso de muchos relatos oficiales y la inconsistencia de ciertas promesas culturales. Lejos de acomodarse, una parte significativa de estos jóvenes reacciona con sobriedad, disciplina y deseo de verdad. Se interesan por el cuerpo, por el orden, por el esfuerzo, por la coherencia. Buscan referentes. Preguntan sin miedo. Sospechan de los discursos prefabricados y desean comprender.

5. El sorprendente despertar espiritual

Uno de los fenómenos más llamativos de esta generación es su apertura a la fe y, en concreto, al cristianismo vivido con radicalidad. Se percibe un interés renovado por la liturgia, por la tradición, por el pensamiento crítico y por una moral exigente que dé forma a la vida. En un mundo saturado de ruido, la propuesta cristiana aparece para muchos como un espacio de verdad, de orden interior y de sentido.

Aquí conviene detenerse en un punto decisivo para comprender el caso español. España es hoy el país de los países con mayor número de santos y el país con mayor número de mártires beatificados y canonizados. Y eso resulta significativo. La sangre de los mártires de la Guerra Civil, derramada de manera masiva y brutal, no pertenece solo al pasado. La tradición cristiana siempre ha entendido que esa sangre es semilla. Semilla silenciosa, paciente, fecunda.

6. La sangre que sigue hablando

Los mártires no construyen ideologías. Engendran vida. Su testimonio atraviesa generaciones, incluso cuando parece olvidado. En España, durante décadas, se intentó sepultar ese sacrificio bajo el silencio o la manipulación. Sin embargo, la gracia actúa con otros ritmos. Muchos jóvenes de hoy, sin haber recibido una transmisión explícita, sienten una atracción profunda por una fe que cuesta, que compromete y que merece ser vivida hasta el extremo.

Desde una perspectiva espiritual y sociológica, este renacer no puede entenderse solo como reacción cultural. Hay algo más hondo. Una memoria que despierta. Una raíz que vuelve a brotar. La fidelidad de quienes entregaron su vida sigue fecundando el presente. Y lo hace, paradójicamente, en una generación que ha crecido en medio de la intemperie moral.

7. Una llamada a la esperanza y a la humildad

Este momento histórico plantea una pregunta incómoda para las generaciones X e Y. Tal vez el camino hacia adelante no pase por mirar con condescendencia a los jóvenes, sino por dejarnos interpelar por ellos. Aprender de su sobriedad, de su búsqueda de verdad, de su deseo de construir algo que permanezca. Aceptar que el despertar puede venir desde abajo y desde fuera de los esquemas habituales.

La esperanza cristiana nunca nace de la nostalgia ni del pesimismo. Brota de la certeza de que Dios actúa en la historia, incluso cuando todo parece perdido. España ha pasado por ruinas antes. Y siempre ha resurgido desde la fe vivida hasta las últimas consecuencias. Quizá estemos, una vez más, ante uno de esos momentos decisivos. Y quizá la generación Z, regada por una herencia que no sabía que llevaba dentro, esté llamada a ser protagonista de una nueva reconstrucción.

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