Noli me tangere (No me toques). Alexander Ivanov (1835).
Existe otro texto procedente del mismo hallazgo y por lo tanto con idéntica inspiración gnóstica, expresamente dedicado a la figura de una María que se identifica fácilmente con la Magdalena aunque el texto no le dé jamás el apelativo, del que se conocen dos fragmentos, uno copto y otro griego. Hablamos del Evangelio de María. En él leemos como cuando la tal María, informa a los apóstoles de que Jesús ha resucitado, encuentra la incomprensión de Pedro, quien la increpa y le objeta que no tiene sentido que Jesús se haya manifestado a una mujer sin haberlo hecho antes a ellos. Semejante agresión no queda sin respuesta, la cual proviene del mismo colegio de apóstoles: “Entonces Leví [el apóstol Mateo] habló y dijo a Pedro: “Pedro, siempre fuiste impulsivo. Ahora te veo ejercitándote contra una mujer como si fuese un adversario. Sin embargo, si el Salvador la hizo digna ¿quién eres tú para rechazarla? Bien cierto es que el Salvador la conoce perfectamente, por eso la amó más que a nosotros”” (EvMg. 18). El fragmento griego del mismo, relatando la misma escena, pone en boca de Leví estas palabras algo diferentes: “El [Jesús] al verla [a Magdalena] la ha amado sin duda” A ellos cabe añadir un tercero, el Evangelio de Tomás, de antiquísima datación, tanto que según algunos autores sería incluso anterior a los canónicos, cuyo último logión también se refiere a María (una vez más a secas, sin el apelativo Magdalena), y en la misma línea de irremediable enfrentamiento a Pedro que relata el Evangelio de María, relata el siguiente episodio: “Simón Pedro les dijo: “Que se aleje Mariham de nosotros, pues las mujeres no son dignas de la vida” Dijo Jesús: “Mira, yo me encargaré de hacerla macho, de manera que también ella se convierta en un espíritu viviente, idéntico a vosotros los hombres; pues toda mujer que se haga varón, entrará en el reino de los cielos” (EvTo. 114). Un libro que contiene aún otra referencia, la más explícita quizás de las que conocemos por lo que a la relación de Jesús con las mujeres concierne, que es la siguiente, aunque no tenga que ver precisamente con la Magdalena:
“Dijo Jesús: “Dos reposarán en un mismo lecho: el uno morirá, el otro vivirá”. Dijo Salomé: “Quien eres tú, hombre, y de quién? Te has subido a mi lecho y has comido en mi mesa”. Díjole Jesús: “Yo soy el que procede de quien me es idéntico; he sido hecho partícipe de los atributos de mi Padre”. Salomé dijo: “Yo soy tu discípula”” (EvTom. 61).
Los tres libros en cuestión no son sino algunos de los muchos que, procedentes del gigantesco hallazgo de la Biblioteca del Nag Hammadi en 1945, fueron escritos por los miembros de la primera herejía importante del cristianismo, el gnosticismo, herejía con un predicamento, justo es reconocerlo, limitado, y que si bien ha impregnado algunas de las herejías posteriores, el catarismo entre otras pero no sólo, no ha conocido una expansión importante en ningún momento de la historia. Una correcta interpretación de estos libros exige colocar en su adecuado contexto las teorías gnósticas, en las que a imagen de las teorías platónicas, el cuerpo es algo denigrante, la prisión de la que el alma quiere escapar, y en las que el amor es cualquier cosa menos carnal, hasta el punto de que en algunas de las manifestaciones gnósticas más extremas de las muchas que se producen a lo largo de la historia, el acto sexual es repugnante, y los niños la peor de sus producciones. Unas teorías que, por lo que hace a Jesús, nos lo retratan a menudo etéreo, incluso sin masa, carente de materia. Un Jesús en el que las relaciones carnales no es que, como en los evangelios, no se produzcan, sino que incluso carecen de sentido. A estos efectos, y sin salir del propio Evangelio de Felipe, es muy interesante conocer la idea que del amor tiene su autor: “Los perfectos son fecundados por un beso y engendran. Por eso nos besamos nosotros también unos a otros y recibimos la fecundación por la gracia” (EvFe. 31). Una idea que permite a los gnósticos comparar el amor que Jesús tiene por sus discípulos con el que tiene por María en términos de mera intensidad, no necesariamente porque adopte formas carnales o tenga consecuencias diferentes.
©L.A.
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