Religión en Libertad

Ana del Pino

Compasión selectiva: la gran contradicción de nuestra solidaridad

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La dignidad de la vida humana es uno de los pilares más profundos sobre los que se construye cualquier sociedad verdaderamente justa. No se trata de un concepto abstracto ni de una formulación meramente jurídica, sino de una convicción ética que reconoce en cada ser humano un valor intrínseco, independiente de su utilidad, de su estado de salud, de su edad o de sus circunstancias vitales. Cuando esta convicción se vive de manera coherente, se traduce en actitudes concretas de respeto, cuidado y solidaridad, especialmente hacia quienes sufren.

En España, esta dimensión solidaria ha aflorado con fuerza en momentos de desgracia colectiva, como ha ocurrido en la reciente desgracia ferroviaria, revelando una sensibilidad social que merece ser analizada y profundizar en ella.

A lo largo de las últimas décadas, la sociedad española ha dado muestras reiteradas de una capacidad extraordinaria para unirse ante el dolor ajeno. Catástrofes naturales, atentados terroristas, accidentes colectivos o crisis sanitarias han despertado una respuesta espontánea de ayuda mutua, donaciones, voluntariado y acompañamiento.

En esos momentos, las diferencias y la polarización parecen diluirse, y emerge una conciencia compartida: la vida humana importa y el sufrimiento del otro interpela a todos. Esta solidaridad no es fruto de una estrategia política ni de un cálculo económico, sino de una intuición moral profundamente arraigada en la cultura española.

Esta reacción solidaria revela algo esencial: el reconocimiento tácito de la dignidad de quien sufre. Cuando una comunidad se moviliza para ayudar a las víctimas de una tragedia, está afirmando que ninguna vida es indiferente, que cada persona merece ser cuidada y protegida. La dignidad humana se hace visible precisamente en la vulnerabilidad, cuando el ser humano necesita de otros para seguir adelante. En esos contextos, la fragilidad no disminuye el valor de la persona; al contrario, lo pone de relieve.

Sin embargo, esta convicción, tan clara en situaciones de emergencia, parece debilitarse cuando el sufrimiento no es repentino ni mediático, sino silencioso y cotidiano. Existen vidas humanas cuya vulnerabilidad no ocupa titulares ni genera movilizaciones masivas, pero que no por ello poseen menor dignidad. La coherencia ética de una sociedad se mide, en gran parte, por su capacidad para extender la misma mirada de compasión y protección a todas las etapas y condiciones de la vida humana.

La dignidad de la vida humana no es gradual ni condicional. No depende de la autonomía, de la productividad ni de la conciencia plena. Es inherente al hecho mismo de ser humano. Desde esta perspectiva, no hay vidas “más dignas” que otras, ni personas cuya existencia pueda ser evaluada en función de criterios externos. Esta idea, que está en la base de los derechos humanos, corre el riesgo de vaciarse de contenido cuando se acepta que ciertas vidas pueden ser descartadas porque resultan incómodas, costosas o carentes de expectativas según parámetros sociales dominantes.

La solidaridad, entendida en su sentido más profundo, no es solo reacción ante la desgracia, sino compromiso estable con el cuidado del otro. Supone reconocer que estamos vinculados, que la suerte del más débil nos concierne y que el valor de una sociedad se refleja en cómo trata a quienes no pueden defenderse por sí mismos. En este sentido, la experiencia solidaria de los españoles ante la desgracia podría ser una escuela moral para afrontar otros desafíos éticos contemporáneos.

Vivimos en un contexto cultural marcado por una fuerte exaltación de la autonomía individual y de la eficiencia. Estos valores, legítimos en muchos ámbitos, se vuelven problemáticos cuando se absolutizan y se aplican al valor de la vida humana. El riesgo es evidente: quienes no encajan en el ideal de independencia o rendimiento —el enfermo grave, el discapacitado, el anciano dependiente— pueden ser percibidos como una carga más que como personas con una dignidad inviolable. Frente a esta lógica, la solidaridad auténtica recuerda que la interdependencia es una característica esencial de la condición humana.

España, con su tradición de apoyo familiar y comunitario, posee un capital humano y cultural valioso para resistir esta deriva. La atención a los mayores, el cuidado de los enfermos y la sensibilidad ante la exclusión social han sido históricamente signos de una ética del cuidado que no debería perderse. Reafirmar la dignidad de la vida humana implica fortalecer estas prácticas, dotarlas de recursos y, sobre todo, sostenerlas con una visión antropológica coherente.

En este contexto, resulta inevitable plantear una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué esa mirada de compasión y solidaridad, tan viva ante la desgracia visible, no se extiende con la misma claridad al ser humano no nacido, al enfermo terminal, al discapacitado o al anciano frágil? ¿Por qué algunas vidas parecen merecer protección incondicional mientras otras quedan sometidas a debates sobre su “calidad” o su “utilidad”? La dignidad humana no admite excepciones sin erosionarse a sí misma.

Defender la dignidad del ser humano no nacido, del enfermo terminal o del anciano no significa negar el sufrimiento ni las dificultades reales que acompañan estas situaciones. Significa, más bien, afirmar que la respuesta ética al dolor no puede ser la eliminación de quien sufre, sino el acompañamiento, el cuidado y la protección. Cuánta riqueza moral y humana nos daría una sociedad que aplicara la misma mirada solidaria que muestra ante la desgracia colectiva a cada ser humano, independientemente de su circunstancia y condición. Una mirada que no descarte, que no seleccione, que no mida el valor de la vida, sino que la acoja y proteja siempre como un bien digno de ser defendido.

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