Bárcena: No han podido con los benedictinos
El historiador ve en Cuelgamuros una batalla por la memoria, la Iglesia y el sentido religioso del Valle.

La cruz del Valle de los Caídos se alza sobre los árboles desnudos de Cuelgamuros, símbolo de un lugar donde se cruzan memoria, fe y batalla cultural.
El Valle de los Caídos vuelve al centro de una disputa que ya no es solo política o judicial, sino también espiritual e histórica.
Alberto Bárcena Pérez, uno de los autores que más ha investigado la construcción del monumento, la redención de penas y la historia de la comunidad benedictina, ofrece una lectura de fondo que pone el acento en la resistencia de los monjes, en la presión sobre Cuelgamuros y en el intento de redefinir el sentido de un lugar decisivo en la memoria religiosa de España.

Alberto Bárcena, especialista en la historia del Valle de los Caídos.
-La presión política la llevan soportando desde hace veinte años, desde Zapatero, y no ha logrado debilitarlos, ni siquiera cuando ha llegado al paroxismo. La pérdida de libertad para su vida litúrgica también la conocen: les cerraron la basílica, conviene recordarlo, y reaccionaron con las misas de campaña, que salvaron el Valle, o al menos lograron que Zapatero pospusiera el asalto para mejor ocasión, vista la masiva afluencia de fieles con la que no había contado.
Lo de la erosión de su papel espiritual es lo que su discípulo, sucesor y correligionario Sánchez pretende poner en práctica desde que tomó el poder, mientras alcanza su objetivo final: la expulsión de la orden para reemplazarla, al menos de momento, por otra que le resulte más manejable, aún por determinar. Lo que los socialistas ya saben, si es que lo ignoraban, es que no pueden con ellos, con esa resistencia pasiva que se reduce en la práctica al cumplimiento de sus funciones; las que les han dejado ejercer, porque también debe recordarse que ya en su día el PSOE de Felipe González, al suprimir lo que les quedaba de financiación para el cumplimiento de aquel fin establecido desde la constitución de la fundación de la Santa Cruz, logró que el Centro de Estudios Sociales cesara en su actividad.
Los demás fines que se le asignaron a la comunidad benedictina los vienen cumpliendo contra el viento y la marea de la clase política. Porque ha sido toda esa clase, fraguada en la Transición, la que ha venido socavando hasta el límite la autoridad de abades y priores desde hace ya medio siglo. Sin la asistencia especial de la Divina Providencia es inexplicable que los enemigos de la fe, del color que sea y con distinta intensidad, todavía no hayan alcanzado su objetivo, ni siquiera empleando los métodos de la Segunda República, como hicieron expulsando, sin la menor legitimidad, al anterior prior, el padre Cantera, que les resultaba molesto.
-Los recursos e impugnaciones parecen haber resultado más eficaces de lo que cabría esperar en un régimen como el actual, que aspira a imponer una tiranía totalmente ajena a los sistemas democráticos y al Derecho, nacional e internacional. Si prospera, como debiera, el recurso de los propios monjes, todo el chantaje, las manipulaciones e infracciones cometidas por quienes siguen buscando su expulsión habrían sido en vano.
Y es que, por más que lo intenten, mientras sobreviva, a pesar de las múltiples transgresiones, al menos una parte de nuestro sistema jurídico, y contemos con jueces que mantengan el temple suficiente para enfrentarse al engranaje puesto en marcha desde La Moncloa, es difícil que el demencial atropello se consuma.

Vista de la cruz del Valle desde el interior de la abadía, recordando que el monumento es también casa y lugar de oración para los benedictinos.
-No, en absoluto. El Gobierno de Sánchez pensó sin duda que poniendo en marcha una operación de blanqueo del proyecto contra el Valle que implicara a la Iglesia —que, por cierto, es universal; solo coloquialmente o en sentido figurado puede hablarse de la española— ya no habría marcha atrás, pero volvía a equivocarse al esquivar el camino recto, que no le es útil, y buscar atajos que no llevan a la larga a ninguna parte.
Ni el arzobispo de Madrid, como él mismo reconoció, ni tampoco la Conferencia Episcopal pueden borrar del tiempo las constituciones apostólicas para terminar con la historia de una fundación religiosa ni de un lugar sagrado encomendado en este caso a la orden de San Benito. Ni colaborar en la derogación de los acuerdos Iglesia-Estado, que, dicho sea de paso, han resultado muy dañados en este proceso.
Un Gobierno, por mucha prepotencia que emplee, no está facultado para desacralizar un cementerio o una basílica, aunque solo sea en parte, estableciendo de su propia mano que solo una parte del templo seguirá siéndolo, mientras el resto se utiliza, además, para difamar al fundador y a la mitad, aproximadamente, de los enterrados allí, donde además se encuentran ya medio centenar de mártires beatificados.
Nadie, por otro lado, se preocupa de la vida de esa comunidad. Sería absurdo, si de lo que se trata es de traer a otra orden —dicen que monástica, aunque no es en esa clase de órdenes en la que están pensando—; se trata de reemplazar a esa comunidad, aunque no aclaren por qué otro tipo de orden.
-Del Valle parece que no se está entendiendo casi nada: ni su origen ni el sentido religioso. O quizá sea precisamente lo contrario, que se entienda demasiado bien, y por eso resulte un estorbo para el Gobierno y sus aliados, nacionales o extranjeros —no minimizar el peso de estos—.
En su conjunto, se trata de fuerzas antiespañolas que verían con sumo agrado la desaparición de nuestra nación como tal, y no dudan a la hora de combatir la verdad a cualquier nivel. Lo único que se ve claramente es la exactitud de su última opción dentro de esta pregunta: la instrumentalización política que se está haciendo de este conjunto monumental. Tanto empeño y tenacidad nos dan la medida de su grandeza.

Imagen de una de las esculturas del Valle, símbolo del Señor que protege y acompaña a la comunidad benedictina en medio de la tormenta política.