Imagen de Dios frente al hombre-máquina
Antonio Barnés defiende en su nuevo libro la dignidad del hombre como imagen de Dios frente al materialismo, la inteligencia artificial y la cultura de la muerte

Antonio Barnés, autor de *Imagen de Dios. Diálogo sobre la dignidad del hombre*.
Antonio Barnés Vázquez, doctor en Filología y profesor del Departamento de Literaturas Hispánicas y Bibliografía de la Universidad Complutense, acaba de publicar "Imagen de Dios. Diálogo sobre la dignidad del hombre" (Ideas y Libros, 2025), una obra breve y densa en la que responde, en forma de diálogo, a la gran pregunta de siempre: qué es el hombre. Frente a las visiones que lo reducen a “chimpancé mal terminado”, máquina compleja o mota insignificante en el cosmos, Barnés reivindica que la verdadera dignidad nace de ser imagen de Dios y que el hombre está llamado a la trascendencia. Desde ahí aborda cuestiones muy actuales –la inteligencia artificial, la eutanasia, la crisis de sentido y una cultura saturada de información pero pobre en sabiduría– y denuncia que las explicaciones materialistas sobre el hombre se quedan dramáticamente cortas.

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- No somos un animal más.
- La inteligencia, la voluntad y la libertad nos elevan a un plano espiritual que no es explicable ni por las ciencias exactas ni por las ciencias de la naturaleza.
- La actitud del hombre ante la muerte nos muestra como seres llamados a la trascendencia, y no solo inmanentes al mundo.
La cuestión es que hoy, erróneamente, se sitúa a Dios en exclusiva en el ámbito de la fe. Pero Dios no solamente corresponde al ámbito de la fe, sino también al de la razón: la mayoría de los filósofos han abordado la cuestión de Dios, una cuestión perentoria cuando se afronta el sentido de la vida humana.
La existencia de Dios y su naturaleza son objeto de la filosofía. Ahora bien, si a Dios se le expulsa de la filosofía y se le ubica solo en la teología o en las religiones, se le excluye de cualquier debate racional.
¿Se puede acceder a la idea del hombre como imagen de Dios? Podemos hacerlo por una vía positiva cuando estudiamos lo que los humanistas del Renacimiento dicen acerca del hombre, teniendo en cuenta que fue fruto de un diálogo de mil años entre la tradición grecolatina y la tradición judeocristiana, y por tanto fruto de un diálogo de mil años entre la fe y la razón.
La mayoría de los pensadores de la Antigüedad creían en la existencia de Dios o de los dioses y diferían en cuestiones relativas a la naturaleza de lo divino. También convenían en que el ser humano pertenece de alguna manera u otra al linaje de los dioses; es decir, que en cierto modo los hombres somos imágenes de los dioses, o incluso que los dioses presentaban una apariencia antropomórfica, porque pensaban que la dignidad y la belleza del cuerpo humano eran adecuadas a los dioses.
Curiosamente, el cristianismo llega a esa misma conclusión, pero no por un proceso ascendente, sino por un proceso descendente: el Hijo de Dios asume la naturaleza humana en Jesús de Nazaret. También en el pensamiento contemporáneo hay filósofos y científicos del más alto nivel que argumentan a favor de Dios. Por ejemplo, Antony Flew, paladín del ateísmo, que al final de su vida aceptó la existencia de Dios mediante la razón.
-Sin referencia a Dios, la dignidad del hombre se torna bastante precaria. Se puede comprobar con el colectivismo contemporáneo, con los regímenes totalitarios, con la epidemia del aborto, con la eutanasia. Fácticamente, sin referencia a Dios, la dignidad humana es muy deficiente.
Lo estamos viendo: en España se protege más a un animal que a un niño o una niña en el seno de su madre. Las explicaciones sobre el hombre que prescinden de una dimensión humanista acaban siendo bastante insuficientes.
Por ejemplo, considerar al hombre una máquina; o como una cucaracha en un estado evolutivo posterior; o como un chimpancé mal terminado; o como una mota de polvo en el cosmos sin ningún valor especial. Todas estas visiones, alternativas a la humanista como imagen de Dios, se tornan bastante pobres y acaban siendo homicidas.
-La inteligencia artificial computa cantidades, como una calculadora. Puede calcular muchísimo más rápido unas operaciones matemáticas que una mente humana, pero lo que administra una calculadora son cantidades.
Sin embargo, lo más importante de la inteligencia humana no es la administración de cantidades, sino la percepción de cualidades. Y esto es lo que una inteligencia artificial nunca podrá hacer.
El conocimiento humano es un conocimiento ético, en el que está comprometida la honestidad. Hay que valorar las fuentes, y no solamente por criterios cuantitativos, que es lo que utiliza, por ejemplo, la ANECA para evaluar a los profesores: se da más importancia a una publicación si tiene más impacto que otra. Eso es ridículo, porque el impacto puede depender de modas y de maniobras orquestadas por grupos de opinión.
Lo más importante de una obra no es qué impacto produce, sino qué está planteando y qué hay de verdad, de bondad y de belleza en ella. La inteligencia artificial administra rápidamente millones de datos; la inteligencia humana razona lentamente sobre lo principal: Dios, yo y los otros.
-La cuestión de la eutanasia es muy sencilla: nadie tiene derecho a matar a nadie. Y no tiene el deber de matar a nadie.
Se puede entender que una persona quiera abandonar la vida. Se puede entender que una persona quiera suicidarse. Pero en ningún caso ninguna persona puede exigir que otra persona le ayude a suicidarse. Puede suplicarlo, puede rogarlo, puede pedirlo, pero nadie tiene el derecho a exigir que se le ayude a suicidarse, porque ayudar a suicidarse es matar.
Nadie tiene derecho a matar a nadie, y menos el deber. Por tanto, ante el sufrimiento humano, la medicina ofrece los cuidados paliativos; y la humanidad debe ofrecer la amistad, el acompañamiento y el amor. Pero en ningún caso es lícito matar.
Si hubiera derecho a ser asesinado, existiría el deber de asesinar, lo cual es una aberración. La cultura de la muerte ha mutado el deber de socorro por el deber de matar: es difícil llegar a mayor villanía.
-El problema es que las ideologías contemporáneas en boga prescinden de la metafísica. Es decir, no hacen las preguntas importantes: qué es el hombre.
La pregunta importante no es cuántos idiomas debe saber un estudiante para incorporarse al mercado de trabajo, o cuáles son las carreras con más salidas, o dónde se puede ganar más dinero. Estas no son las preguntas importantes.
Las cuestiones relevantes son: qué es el hombre, de dónde viene y adónde va. Qué es la muerte y qué hay detrás de ella. Estos interrogantes, que son los acuciantes, están secuestrados por las ideologías en boga y por filosofías que han renunciado a buscar la verdad.
Afortunadamente, los profesores de literatura podemos hablar de estas cuestiones porque la literatura no está secuestrada: las grandes obras de todas las épocas abordan las preguntas importantes.
-El problema es que una frase de cabecera es insuficiente, porque pensar exige argumentar. Precisamente uno de los males de nuestro tiempo es la renuncia al pensamiento, a la argumentación, y se vive en torno a tópicos o clichés.
El hombre es imagen de Dios, pero hace falta un recorrido, argumentar. Sin embargo, una frase de cabecera podría ser: «La explicación materialista del hombre es muy deficiente».