Un pequeño rebaño que sostiene a todo un país
Mons. Jules Boutros, obispo siro‑católico en el Líbano, explica cómo la Iglesia responde a la guerra con oración, ayuda coordinada, denuncia profética y una vocación de minoría.
El obispo siro-católico Mons. Jules Boutros
Durante seis años, el Líbano ha encadenado crisis casi ininterrumpidas: colapso financiero, explosión del puerto de Beirut, inestabilidad política y, ahora, una nueva guerra que ha provocado un desplazamiento masivo de población y ha llevado el miedo a todos los rincones del país. En este contexto, Mons. Jules Boutros, joven obispo siro‑católico, describe a su pueblo como profundamente cansado, pero enraizado en su tierra, en su historia y en su tradición de fe, con comunidades cristianas que se niegan a abandonar sus aldeas y monasterios que acogen a desplazados cristianos y musulmanes sin distinción.
Lejos de replegarse, las Iglesias católicas del Líbano se han coordinado en torno a Cáritas Líbano como punto de referencia central para la ayuda, desplegando una respuesta en cuatro frentes: oración por la paz, asistencia humanitaria concreta, denuncia profética de la guerra y presencia pastoral en calles y plazas. Desde esta posición de pequeño rebaño, Mons. Boutros subraya que los cristianos están llamados a ser luz de Cristo en las tinieblas y levadura viva en la sociedad, defendiendo la dignidad humana, la justicia y la libertad incluso en medio de las bombas.
-El pueblo libanés está cansado, profundamente cansado. Desde hace seis años atravesamos una sucesión ininterrumpida de crisis y tragedias: desde la crisis bancaria y financiera, a la explosión del puerto de Beirut, hasta la guerra del año pasado. Hoy, por desgracia, esta locura de la guerra se presenta de nuevo con mayor ferocidad y con un sentido todavía más agudo de miedo, marcado también por una invasión terrestre de la que no se vislumbran los límites.
La comunidad cristiana en el Líbano rechaza con firmeza cualquier forma de guerra: no se alinea junto a ningún cómplice de la violencia. Sin embargo, no permanece pasiva. Numerosos monasterios han abierto sus puertas para acoger a los desplazados, sin distinción entre cristianos y musulmanes, testimoniando así la caridad evangélica que no conoce fronteras.
Las comunidades cristianas del sur, además, han elegido en muchos casos no abandonar sus aldeas, a pesar de las amenazas procedentes de diversas partes, de los peligros ligados a los desplazamientos y de las graves dificultades cotidianas —entre ellas la falta de agua, electricidad y medios de comunicación. En esta elección se manifiesta una profunda dignidad: un pueblo enraizado en su propia tierra, en su propia historia y en su propia tradición de fe.
Esta tierra, inserta en la geografía bíblica y cercana a los lugares en los que Cristo reveló su gloria —como en la Transfiguración— y confió a Pedro las llaves de la Iglesia, porta una memoria viva del Evangelio.
Esta tierra, marcada por la presencia misma de Cristo, porta una memoria viva del Evangelio. Es una tierra en la que la fe ha echado raíces profundas y continúa creciendo incluso en las pruebas. Hoy, precisamente en medio de la guerra, nuestras comunidades desean ser signo y testimonio de paz. En ellas la fe en Cristo no solo resiste, sino que madura, hasta configurarse, si es necesario, en el testimonio supremo del martirio.
-A menos de tres meses de la visita del Santo Padre al Líbano —que ha recordado con fuerza las palabras evangélicas «Bienaventurados los que trabajan por la paz»— y nos ha entregado un camino claro para edificar la paz, fundado en el diálogo y en la diplomacia, en la justicia y en la reconciliación, y en el coraje de perseverar a pesar de las dificultades, nos encontramos hoy ante un escenario dramáticamente distinto: guerra, miedo, bombardeos y multitudes de desplazados que viven en condiciones precarias, acampados precisamente en los lugares en los que hemos celebrado la Eucaristía con el Santo Padre en Beirut.
¿Qué nos dice todo esto? Hoy más que nunca estamos llamados a luchar por la paz con las armas del Evangelio, aquellas que Jesucristo ha confiado a sus apóstoles y que la Iglesia continúa transmitiendo a lo largo de los siglos, hasta el Santo Padre. Es una lucha espiritual, una batalla interior y, al mismo tiempo, es una lucha social y política: contra el mal que corrompe el corazón del hombre, que lo seduce hasta justificar la violencia, y que llega incluso a presentar la guerra como necesaria o justa.
A nosotros se nos confía la tarea de desenmascarar las mentiras del engaño y de proclamar con claridad que la violencia no puede ser nunca justificada. Toda guerra representa una derrota: de la política, de la humanidad, de la fraternidad e incluso de la religión cuando es instrumentalizada.
Y, sin embargo, no perdemos la esperanza. Esta es nuestra fe: que la luz de Cristo resucitado vence las tinieblas. Que los corazones de los hombres puedan convertirse a la Palabra de Dios y no a las lógicas del mal. Que puedan elegir de nuevo el camino de la verdad y de la vida, y transformar sus espadas en instrumentos de paz.
-Como Iglesias católicas en el Líbano, hemos elegido coordinar nuestros esfuerzos de manera que Cáritas Líbano sea el punto de referencia central para las ayudas: lugar en el que convergen las peticiones y del que parten, de modo ordenado y solidario, todas las iniciativas de apoyo.
La acción de la Iglesia se articula en cuatro niveles complementarios:
- En el plano espiritual: hemos promovido vigilias de oración por la paz en todas las Iglesias y en los movimientos eclesiales, en la fe de que este mal puede ser vencido con las armas del espíritu, según la palabra del Evangelio.
- En el plano humanitario: siguiendo el ejemplo del buen samaritano, hemos acogido a los desplazados en numerosos monasterios y estructuras eclesiales, cuidando de las necesidades concretas de las familias, tanto de las que han permanecido en el sur como de las que se han refugiado en casa de parientes o en otras regiones del país.
- En el plano profético: la Iglesia continúa siendo una voz que grita en el desierto, denunciando con claridad la guerra y cualquier forma de injusticia, y anunciando con valentía la paz y la dignidad del hombre.
- En el plano pastoral de proximidad: estamos presentes en las calles y en las plazas, junto a quienes han perdido su casa y no pueden regresar a ella. Así como Cristo se hizo cercano a la humanidad herida, también nosotros tratamos de visitar, escuchar, consolar, rezar y sostener.
Aquello de lo que tenemos hoy más urgente necesidad es de una toma de posición clara a nivel internacional: que la guerra sea denunciada sin ambigüedad, que la comunidad internacional se alce con decisión para detenerla, que se rechace la lógica de la carrera de armamentos y se desenmascare el comercio de armas, que con demasiada frecuencia se construye a costa de la dignidad y de la vida del hombre.
-Siempre hemos sido un pequeño rebaño en este Oriente Medio; pequeño, sí, pero semejante al grano de mostaza que, a pesar de su modestia, crece y da fruto para muchos. Hoy, más que nunca, estamos llamados a ser luz de Cristo en las tinieblas y levadura viva en el interior de nuestras sociedades.
No debemos ceder a la tentación de una “crisis de la minoría”, como si nuestra exigüidad fuera una debilidad. Al contrario, esta puede revelarse una vocación. La verdadera pregunta no es cuántos somos, sino cuál es nuestra misión aquí y ahora.
Y esta misión se manifiesta con claridad: ser presencia viva y fiel, construir fraternidad, sembrar paz, promover educación, ejercer la caridad, favorecer el desarrollo humano integral, abrir caminos de diálogo y de encuentro, defender la libertad y trabajar por la justicia. De este modo, incluso en la pequeñez, la Iglesia continúa siendo signo e instrumento de la presencia de Dios en medio de los hombres.